domingo, 30 de octubre de 2011

TÚ Y YO (capítulo dos)

    Madrid, barrio de Prosperidad
    1 de noviembre de 1997
Eres mi persona preferida del mundo mundial

    Después de un par de horas de duro trabajo con la base de maquillaje y el quitaojeras, me miro al espejo entusiasmada. ¡Vuelvo a ser yo! ¡Y en versión mejorada!
     —¡Eli, eres la mejor! —le digo agradecida mientras corro de nuevo al dormitorio a ponerme las lentillas. Porque yo, con gafas, no salgo ni a la puerta de la calle.
    Abro el tarro y ahí están las pobres, hechas un churro. Cojo la del ojo izquierdo y trato de darle forma pero no lo consigo. Después de cinco minutos de reanimación la dejo en su huequecito y, con el corazón en un puño, cojo la del ojo derecho.
    —¡Venga, pequeña, tú puedes! —la animo mientras intento que se recupere. Tras diez minutos de echarle líquido y dedicarle todo tipo de piropos, me doy por vencida. Mis lentillas han muerto.
    ¿Y ahora qué?
   ¿Cómo dices? No, con gafas no puedo ir, que anulan mi autoestima y mi confianza. Y sin gafas tampoco, que tengo seis dioptrías y sólo veo bultos.
    Lo único que se me ocurre es…
    —¡Eli! —espero unos instantes, pero no oigo nada—. ¡Eli!
   —¿Qué? —mi hermana me dirige una mirada digamos… torva—. ¿Qué quieres ahora? Hoy me tienes amargada, en serio.
   —No me puedo poner las lentillas, y con gafas no soy capaz de ir…
   —¿Y? —me interrumpe Eli—. No querrás que te dé mis ojos, porque eso ya es demasiado y hasta aquí podíamos llegar.
    ¿Pará que voy a querer sus ojos? ¿Y eso puede hacerse? A veces mi hermana me desespera.
    —No digas tonterías, claro que no —muevo la cabeza nerviosa—. He pensado que quizás podrías llevarme en coche y acompañarme hasta donde esté Jorge, o José, o como se llame, y luego ya me apaño yo —problemas para ver de cerca no tengo.
    —¡No, Lili, que estoy hecha polvo! —exclama mi hermana—. ¿Y cómo lo voy a reconocer?
    —Por favor, Eli —le suplico—. Y ya te he dicho cómo es: moreno, y guapísimo, y… pues eso. No puede haber muchos chicos morenos y guapos esperando en la puerta del cine.
    Una hora después estamos en la Vaguada. ¡Bien!
    —¿Lo ves? —le pregunto a Eli. Estoy tan emocionada, y tan nerviosa, y tan histérica que no puedo estarme quieta—. Igual no viene, o igual me deja tirada, o igual me ve y no le gusto, o igual te ve y se piensa que tú eres yo y no le gustas, o igual…
    —¡Ahí está! —me interrumpe Eli, exaltada—. Moreno y guapo.
    —No, guapo no. Tiene que ser guapísimo.
    —Sí, es guapísimo de verdad. ¡Guau! ¿Y dónde lo conociste? —me pregunta.
    —En un bar; me parece que se llama La Trama o algo así.
    —Vaya, igual me doy una vuelta esta noche por allí… —le doy un tirón del brazo—. ¡Ay! ¿Qué?
    —¿Es el segundo bulto empezando por la derecha?
    —Sí, ése es. Suerte —me da un beso en la mejilla e intuyo cómo se marcha.
    ¡Bien, aquí estamos! Como-se-llame y yo (lo tengo en la punta de la lengua, pero no caigo).
    —Hola —le saludo cuando me acerco, y le doy dos besos—. ¿Qué tal estás?
    —¡Eh, has venido! Tenía mis dudas, porque conocer a una chica así … —sigue hablando pero yo desconecto: que decepción a plena luz del día (bueno, del centro comercial, pero ya me entiendes). No digo que este chico no sea mono, pero de ahí a lo guapísimo que me pareció anoche… Nada que ver con lo que recordaba—… y casi no llego. ¿Pasamos?
   Afirmo con la cabeza y le sigo al interior del cine. La culpa es del bar. Les voy a poner una reclamación que se van a enterar: lo de anoche era garrafón del cutre.
   —¿Quieres palomitas, Adela? —pregunta y me quedo paralizada.
   —¿Cómo me has llamado? —le digo con un rayo de esperanza.
   —Esto… Adela, ¿no? —responde mi acompañante dubitativo—. ¿No te llamas así? Lo siento, no te molestes, pero es que tengo muy mala memoria: imagina que estaba convencido de que eras rubia.
    —¿Y tú cómo te llamas? —cruzo los dedos y contengo el aliento.
    —Ramón —contesta, ahora un poco receloso.
    —¡Yupi! —grito feliz—. ¡No eres mi J!
    Ramón me dirige una mirada alucinada.
    —No entiendo nada, Adela.
    —No —niego con la cabeza—. Yo no soy Adela, soy Lili —nos señalo a ambos con la mano y le digo—: nos hemos confundido: tú de chica y yo de chico.
    —¡No fastidies! ¿En serio no eres Adela? ¿Estás segura?
   —Ahá, segurísima. Adela estará fuera, y J, mi cita, también —lo pienso detenidamente unos segundos—. Creo que si salimos por separado y nos hacemos los locos, igual no se dan cuenta del lío.
    —Si quieres, podemos ver la peli tú y yo —contesta Ramón.
    No, de eso nada. Yo quiero verla con J.
    —Que te vaya bien—le digo en voz baja, y me despido con la mano.
    Me asomo a la puerta del cine y me pongo las gafas, oculta detrás de un cartel de Full Monty. El corazón deja de latirme cuando lo veo: moreno y guapísimo. Ahí está J.
    Salgo cuidando de que no me pille y me acerco por detrás. Le doy un golpecito en el hombro y se gira.
    —¡Lili, estás aquí! —me planta dos besos y me sonríe feliz—. Ya pensé que no venías. Mi amigo Kike me dijo: JC, te da plantón seguro. —¡eso es, JC! —. Pero no. ¡Estás aquí!
    Y aquí seguimos, catorce años después.
    
    ¡Feliz aniversario!

viernes, 28 de octubre de 2011

TÚ Y YO (capítulo uno)

     Madrid, barrio de Prosperidad.
    1 de noviembre de 1997
    
     Me encuentro fatal. La cabeza está a punto de estallarme y tengo náuseas. Estoy segura de que he cogido un virus mortal. No sé si voy a poder mover las piernas… ¡Sí, puedo, y los brazos también! Pero…
    ¡Madre mía, no puedo abrir los ojos! ¿Por qué?
     ¿¿¿Qué me pasa???
    —Eli —aunque trato de gritar de mi garganta sólo sale un murmullo. Lo intento de nuevo—: ¡Eli! —ahora sí. Pero no: mi hermana, que duerme en la cama de al lado, ni se inmuta—. ¡Eli, socorro!
    Oigo un ruido de sábanas y un golpe contra el suelo.
    —¡Lili, tía, que susto! —contesta mi hermana—. ¡Que me he caído!
    —Eli, no puedo abrir los ojos y me encuentro supermal y creo que me voy a morir y tengo la boca pastosa y me duele la cabeza y…
    —¡Puaj, tía, apestas a botellón! —me interrumpe, olisqueando a mi alrededor—. Yo así paso de compartir habitación contigo. Voy a decirle a mamá que ahora le toca a Sofi aguantarte. Mira, me he hecho un cardenal.
    —¡Que no veo, Eli! ¡Estoy ciega! —¿mi hermana está sorda o qué?
    —¡No digas tonterías! Lo que tienes es una resaca tremenda.
    —¡No, Eli, si ayer casi no tome ni una copa y… —me interrumpo al tiempo que vienen a mi mente imágenes de una copa y…, sí puede que otra..., y otra, y otra…—. Bueno, tal vez bebiese un poquito, pero por eso no puedo abrir los ojos? —¿me habrán envenenado? —. ¡Dios mío, Eli, creo que me echaron algo en la bebida!
    —¡No seas dramática! Seguro que se te olvidó quitarte las lentillas, y encima tienes pegotes de rímel por toda la cara —oigo cómo se aleja—. Voy a hablar con mamá del tema de las habitaciones. No entiendo por qué tengo yo que compartirla contigo y Sofi dormir sola. Al final voy a acabar con algún síndrome raro, ya verás...
    Con cuidado y lentamente para no perder el conocimiento, me incorporo y me siento en el borde de la cama; separo el párpado del ojo derecho y…, sí, aquí está la lentilla, echa un gurruño. La del ojo izquierdo está aún peor, tipo acordeón.
    Tambaleándome llego al baño y me lavo la cara. Poco a poco voy volviendo en mí. La cosa no parece ya tan grave.
    ¡Argh! ¿Qué es eso?
    —¡Eli! —llamo a mi hermana a voces—. ¡Eli, ven! ¡¡¡Eli!!!
    —¿Ves lo que te digo, mamá? —la oigo acercarse por el pasillo—. Está como una cabra y yo así no puedo. ¿Qué pasa? —me pregunta desde la puerta del baño.
    —¡Mira! —y le señalo el espejo—. ¿Qué es eso?
    —¿El qué? —me pregunta.
    —¡Eso! —y vuelvo a señalárselo.
    —¡Tía, Lili, eso eres tú! ¡Hecha un asco, pero tú! —y se va indignada. Es obvio que hoy se ha levantado con el pie izquierdo; ella sabrá porqué.
    Pero sorprendentemente lleva razón: ese ser ojeroso y con el pelo encrespado que me mira con mala idea soy yo. ¡Qué mal me sienta beber, pero que mal! La última vez que me tomo una copa, lo juro por el 2.55 que espero tener antes de cumplir los veinticinco (*). La culpa la tuvo el chico moreno que conocí anoche y…
    ¡Oh, Dios mío! No puede ser…
    —¡Eli!
    —¡Yo me mudo! O Sofi duerme con ella o me echo a las calles a buscarme la vida —dice Eli con tono enfadado—. ¡Mamá, que me ha despertado a gritos y me he caído de la cama de la impresión! ¡Y no hay derecho, que hoy es sábado!
    —Ten paciencia, que está en una edad muy mala —contesta mi madre, comprensiva.
    —¡Pero si tiene más de veinte años y sigue con el pavo!
    —¡Eli! —insisto. Sé que no es buen momento, pero esto es realmente grave—. ¡¡¡Eli!!!
   —¡Lili! —mi hermana aparece de repente en el cuarto de baño y doy un respingo—. ¡Deja de llamarme, que me estás poniendo histérica!
    —Es que es superimportante: tengo una cita.
   La expresión de mi hermana se suaviza: desde que vimos Candy Candy, hace mil años, somos adictas al romance.
    —¿En serio? ¿Con quién? ¿Y cuándo? ¿Y dónde habéis quedado?
    —Con un chico guapísimo, moreno …—trato de hacer memoria pero su rostro se me escapa—, y guapísimo, y…, moreno, sí.
    —¿Cuándo? —me pregunta—. ¿El próximo fin de semana? Para entonces seguro que ya estás bien, o sea, normal, porque bien yo creo que no vas a estar nunca, la verdad.
    Paso por alto la daga envenenada y niego con la cabeza. Ese es el problema… 
    —Es esta tarde y creo que para ir al cine —estrujo mis recuerdos en busca de más datos—. En La Vaguada a las cinco, me parece… O quizás a las seis…
    —No puedes ir, estás hecha un cromo —sentencia Eli con rotundidad.
    —¡Pero tengo que ir, que es guapísimo!
    —Lili, de verdad que estás horrorosa y se va a asustar cuando te vea. Podéis quedar otro día —dice más animada.
    —No creo que me diese su teléfono, no lo recuerdo.
    —Vaya —Eli me mira fijamente—. ¿Y cómo se llama?
    —Mmmm…, Jorge, o Juan, o algo así… Empezaba con J, seguro —y era guapísimo, eso también es seguro—. ¿Puedes hacer algo?
    —Es un gran reto, no te engaño —rebusca en el armario y coge su neceser de maquillaje—. Pero tengo todo lo necesario y… ¡qué demonios! ¡Si han podido hacer que Dustin Hoffman parezca una mujer, yo puedo conseguir que tú parezcas una persona!
     Continuará...

(*) Ilusiones de adolescencia: han pasado 14 años y sigo sin él (sin el 2.55, me refiero).
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