domingo, 27 de noviembre de 2011

La revelación

 Viernes, 25 de noviembre de 2011    
    Me acabo de levantar y casi me muero del susto. ¿Qué me ha pasado en la cabeza?
    —¡JC! —¿pero qué es esto?—. ¡Ven!
    —¿Qué pasa, guapa? —me pregunta mientras se hace el nudo de la corbata.
    —¡Mira! —y le enseño el pelo acartonado. JC se acerca y lo examina, mientras el pánico me recorre el cuerpo.
    ¿Dermatitis? ¿Seborrea? ¿Calvicie? ¡Madre mía, a mis treinta-y-alguno años más y calva! ¡Tendré que comprarme una peluca!
     —Es nata —dice JC.
    ¡Ohhhhhh, una peluca! Puedo aprovechar y probar con un rubio platino, a lo Marilyn, que yo siempre he sido rubia de corazón. O con un pelirrojo estilo Rita Hayworth…
    —Lili —miro a JC, extasiada ante la imagen de una melena ondulada—. Es nata.
    —¿Nata? —no lo pillo.
    —De los profiteroles de anoche, supongo. 
    —¿Y qué hace ahí? —le pregunto, despistada; él eleva los hombros en un signo de interrogación—. ¿No me voy a quedar calva?
    JC suelta una carcajada y se va hacia el dormitorio para terminar de vestirse.
    —¡Por ahora no!
    Me huelo el pelo y…, parece nata. Un poco rancia, quizás. 
    ¡Argh, que asco! ¿Qué hago, por Dios? ¡Qué es tardísimo! Quizás si me lo recojo en una coleta…
   —¡Lili, llaman a la puerta! —grita JC desde el dormitorio
   Ya lo sé, no estoy sorda. ¡Pero no puedo abrir con el pelo así! ¿Y quién llama a las ocho de la mañana?
    Me acerco de puntillas y echo un vistazo por la mirilla.
   —¡Lili, soy Monikey, la antigua presidenta! —sí, es ella, impecable en un traje negro—. ¡Lili! ¿Estás ahí? ¡He visto luz por la ventana! ¡Lili!
    Abro la puerta y la saludo, educada aunque con un punto de frialdad. ¡Qué no son horas!
    —Buenos días, Monikey.
   —¡Lili, tenemos una emergencia! —exclama, con el espanto pintado en la cara; la miro con suspicacia y espero—. ¡Han alterado la fachada del edificio!
    —¿Que han hecho qué?
    —¡La fachada del edificio, la han alterado! —insiste, elevando la voz—. ¡Un horror, no imaginas!
    ¡No me lo creo!
    —¿Cuándo? ¡Si anoche estaba todo bien!
    —No lo sé,  pero es algo terrible —y añade:— ¡Una pesadilla!
    —¿Pintadas, tal vez? ¿Un grafiti? —le pregunto, tratando de situarme. Cuando JC y yo volvimos de cenar estaba todo bien. ¿Qué ha podido pasar en ocho horas? Puede que las copas de chardonnay y el cóctel me nublasen un poco la visión, pero aun así…
    —¿Crees que te molestaría a estas horas por una pintada? —me pregunta Monikey ofendida; me trago el “sí” rotundo y guardo silencio—. ¡Es algo atroz!
    ¡Vale ya me ha asustado, que yo tengo el sentido estético muy desarrollado y una aberración en la fachada de mi casa seguro que me causa algún trastorno nuevo!
    —¡Espera dos minutos, voy a vestirme! —y me lanzo hacia el dormitorio, donde JC  me mira con guasa—. ¡Eh, no te rías! —le digo con cierto rencorcillo, y se le escapa una carcajada—. ¡Nunca vivirás lo suficiente para agradecerme que sea yo la presidenta, ni aunque sean mil años! —y me doy la vuelta cual diva ofendida directa al baño para echarme un poco de rímel (que eso siempre ayuda en situaciones de crisis).
    Veinte minutos después estoy segura de que Monikey ha perdido la cabeza.
    —¿Qué podemos hacer? —pregunta escandalizada.
    —¡Nada! ¿Qué quieres que hagamos? —no me lo creo. ¡Esta chica esta como una cabra!
   —¡Eso no se puede quedar ahí!—y señala las cortinas del vecino del primero, a listas naranjas, verdes y amarillas.
    Feas, sí. Legales, también.
    Miro mi reloj: tengo cinco minutos para lavarme el pelo y quitarme la pegarra de los profiteroles, secármelo, maquillarme, vestirme de nuevo, coger el bolso y llegar al trabajo. Paso de todo menos del bolso.
    Dirijo a Monikey lo que espero que sea una mirada mortal.
   —¡Si me quedo calva, será por tu culpa! —le digo entre dientes, y añado un “¡bicho, que eres un bicho!” mientras echo a correr y pienso que el karma no me está tratando cómo yo esperaba: si para esto soy buena, prefiero ser mala, que me lo paso mejor (*).
    El día transcurre lento entre olorcillo a nata agría y gritos de Eduardo. Cuando estoy decidida a  entrar en el baño con las tijeras y acabar con mi agonía (¡no, hombre, no!; ¡no hablo de suicidio, no seas exagerado!; sólo de cortarme el pelo), el reloj marca las siete. ¡Bien! Cojo el abrigo, el bolso y salgo pitando.
    En el autobús me quedo al lado de dos viejecillos. Calvos. Sin ni tan siquiera un pelo que huela a nada. ¡Qué envidia!
    —Es lo que le decía yo a mi Mari, que los curas no se van a casar nunca —comenta uno—. Eso es imposible.
     —Ya, por lo del celibato —contesta el otro—. Aunque alguno te dirá que celibato y matrimonio es lo mismo —y se echan a reír de buena gana.
    —¡No, no lo digo por eso! —responde el primero, secándose los ojos llorosos de la risa—. Es por la herencia: si el cura se muere y no tiene familia, hereda la Iglesia, pero si tiene mujer e hijos, heredan ellos, y eso el Vaticano no lo puede permitir.
   ¡Madre mía, es cierto; menuda revelación! Miro a los viejecillos con solemnidad (¡cuánta sabiduría!) y lanzo un gracias silencioso al karma.
    ¡Estoy deseando contárselo a JC!
    ¡Y a Eli, que hoy tiene catequesis! ¡Esos niños tienen derecho a conocer la verdad!
    ¡Que paren este autobús!
    ¿Cómo dices?... ¿Mi pelo? ¿Acabo de oír uno de los grandes secretos de la historia y pretendes que me preocupe por mi pelo?
    Mmmm….
   Sí, es verdad… Mejor dejo lo de la catequesis de Eli para mañana, no vaya a ser que los niños me vean aparecer y me confundan con el diablo.

 (*) Buena es poco: ¡una santa, diría yo! Lo digo por el secreto que aún guardo sobre Anestesia...

martes, 22 de noviembre de 2011

Gloria (Relato)

  
  ¡Al fin ha llegado el día, el gran día!
   Lanzo las mantas a los pies de la cama y me asomo descalza a la ventana: hace un día precioso. La primavera brota por todos los rincones del jardín, llenando cada espacio de vivos colores y alejando el duro invierno hasta convertirlo en un recuerdo pasado. Incluso el rosal que plantó mamá hace unas semanas se ha rendido a la vida y luce orgullosos capullos.
    Desde la ventana de mi habitación, en la segunda planta, distingo al ama de llaves, Pilar, mi dulce y querida Pilar. Está dando órdenes a un puñado de hombres que se afanan colocando sillas y mesas para esta noche.
    —¡Pilar, buenos días! —le grito a la vez que agito las manos.
    —¡Niña, métete para dentro, que te vas a acatarrar! —me riñe, haciendo gestos con los brazos.
    Le hago caso: la experiencia me ha demostrado que siempre lleva razón, y por nada del mundo querría caer enferma justo hoy.
    —¡Gloria! —me llama una voz extraña que decido ignorar. Las horas pasan veloces y tengo muchas cosas que hacer.

* * *

    —Estoy tan nerviosa —le digo a Pilar, que me peina frente al tocador.
    —Lo sé, mi niña —contesta sin dejar de acariciarme el cabello—. Hoy empieza todo.
    —¿Y qué haré? —le pregunto asustada.
    —Lo que quieras, Gloria. A partir de hoy eres libre para decidir.
    —Quizás me haga maestra.
    —Buena idea —coincide Pilar, colocando un pasador con forma de estrella entre los suaves rizos rubios de mi cabeza—. Lo harás bien.
    —¡Gloria, por favor, abre la boca! —de nuevo la voz irrumpe, insistente. Y de nuevo la ignoro. Aún tengo que vestirme.
    Los invitados están a punto de llegar: es la fiesta de mi mayoría de edad.


* * *

       Entro en la gran mansión buscando a Pilar. Las risas y el champán me siguen al interior. Y también la felicidad.
    La encuentro en la cocina, tomando un té y unas pastas. Me lanzo hacia ella y la abrazo fuerte.
    —Gracias —le susurro al oído.
    Ella se ríe y me separa suavemente.
    —¿Por qué, mi niña?
    —Por creer en mí; por decirme que los sueños se pueden hacer realidad. Por quererme tanto.
    —¡Gloria, o abres la boca o tendré que llamar al enfermero!
    De acuerdo. Lentamente salgo de la cocina, dejando en ella a Pilar, y atravieso los salones hasta llegar al jardín. Poco a poco los árboles se van borrando y el césped fresco se difumina. La gente enmudece y se vuelve invisible; cesan las voces y la alegría. Y sólo quedo yo.
    Abro los ojos y miro al suelo: las baldosas grises me resultan conocidas. Y las piernas inmóviles y viejas apoyadas en ellas también: son las mías. Alzo la vista y estiro un brazo: la voz me pone unas pastillas en la mano arrugada.
    —Trágatelas —me ordena—. Todas.
    Cojo el vaso de agua que me ofrece y bebo.
    —Deberías bajar a la sala de juegos, relacionarte con la gente. No puedes pasarte todo el día aquí, encerrada en tu habitación —dice mientras sale—. No es sano.
    Que mujer tan estúpida, pienso para mí. Claro que no puedo pasarme todo el día en esta habitación. Pero tampoco en esta residencia llena de tristezas, ni en este cuerpo cansado que cada día me resulta más extraño.
    Cierro los ojos y retorno a mi jardín. Los árboles vuelven a elevarse majestuosos hacia el cielo, sobre el suave suelo verde. Cruzo entre las parejas que bailan felices y busco mi rincón preferido, junto al almendro.
    Y allí me quedo durante horas, pensando en lo que me dijo Pilar.
    —Puedes hacer lo que desees.
    Sólo deseo vivir ese día, antes de que llegase la guerra y se llevase tanto y a tantos; antes de que la muerte, que ahora me elude caprichosa, arrancase a Pilar de mi lado.
    Otra vez la voz:
   —Gloria, es hora de acostarse. Vamos a apagar las luces.
   Me meto en la cama, obediente.
   Mañana será un gran día: el día en que, de nuevo, empezará todo otra vez.

domingo, 20 de noviembre de 2011

¿Hablo en chino?

     —Tengo que cambiar de trabajo —le digo a mi padre pensativa.
     —Aha —contesta, y se mete un trozo enorme de carne en la boca.
      ¿Cómo dices?
     ¡No, qué va! Mamá sigue en fase vegetariana-extrema, pero hoy ha quedado a comer con su grupo de meditación y mi padre ha aprovechado la ocasión para inflarse a proteínas. Pobre…, está cogiendo un colorcillo raro, entre verde y amarillo mostaza. “La lechuga”, me ha dicho.
     —Las cosas van de mal en peor —insisto—. Se ha vuelto loco.
     Papa me mira comprensivo y pincha una porción de morcilla.
     —Hay que tener paciencia —murmura con la boca llena.
    —No, no puedo más. ¡El viernes se puso a chillarme por no sé qué factura de la tintorería! —sí, lo que lees; me ha dejado flipando—. ¡Amenaza con limitar el uso de internet! —¡y eso sí que no! ¿Qué va a pasar con mi blog?
    —¿Te ha gritado? —pregunta mi padre con incredulidad—. No, imposible Tu madre no grita —niega con la cabeza—, y tampoco lleva la ropa al tinte por algo de los detergentes y el medio ambiente. Y no me gusta que digas que se ha vuelto loca —me riñe con tono serio. Coge un cuscurro de pan y se hace un montadito de tocineta—. Es tu madre, Lili.
    ¿Pero quién habla de mamá? ¡Que yo hablo de Eduardo, mi jefe! En fin…, supongo que tanta proteína se le está subiendo a la cabeza. Bajo la mirada y me centro en mi plato de lasaña.  ¿Cómo encuentro otro trabajo? ¡Y lo necesito ya, para mañana como muy tarde!
     —¡Manolo,  qué tal? —levanto la vista y veo que mi padre se dirige al ocupante de la mesa de al lado, que nos mira de refilón y sigue leyendo el periódico.
      —¿Quién es? —le pregunto en voz baja. No me suena de nada.
      —El marido de Pili, la vecina del noveno —contesta.
    —¿Manolo? —¡qué despiste de hombre, pero qué despiste!—. Papá, el marido de Pili se llama Paco.
     —¿Y por qué no me avisas antes de que le llame Manolo?
     —¿Y por qué le pones nombre? ¡Si nunca aciertas! —¡y no aprende!
    —¡No, Lili, no empieces como tu madre! ¡A la gente hay que llamarla por su nombre! ¿Qué quieres, que le diga “hola” sin más? —niega con la cabeza y se mete otra porción de morcilla en la boca—. ¿Se llama Manolo o no se llama Manolo?
     —¡No, claro que no! —respondo un poco alterada. ¡Pues no saludes y hazte el loco como todo el mundo! Pero no se lo digo, que mi padre es muy suyo.
     —¿Paco, entonces? —afirmo con la cabeza. Mi padre mueve la mano en dirección a la mesa de al lado—. ¡Paco, qué tal está Pili?
     Paco lo mira sin comprender y vuelve a centrarse en el periódico. Mi padre chasquea la lengua y ataca el plato de chorizo que acaba de aparecer por arte de magia.
    —La gente ya no es como antes, Lili —comenta apesadumbrado—. Ni entre vecinos nos saludamos, una lástima.
      —Es cierto —aunque a mí no me parece mal. Sobre todo, si la que no me saluda es Monikey; pero esa sí saluda, claro—. ¿Y qué hay del trabajo, se te ocurre algo?
      —¿Qué trabajo?
      —¡El mío, papá! —¿es qué no me escucha ni un poquito?—. Necesito un trabajo nuevo.
     —¿Te han despedido, Lili? —me mira preocupado, dejando durante un segundo de masticar—. ¿Y cómo no nos lo has dicho?
    —No, no me han despedido —la mirada de mi padre se relaja y vuelve al chorizo—. Pero necesito cambiar.
     —Mala época para eso —masculla.
    No, hoy no es nuestro día. Está claro que el canal de comunicación padre-hija está roto. Hecho pedazos, diría yo.
      Nuestro vecino de mesa se levanta y se acerca a la barra.
     —How much is it? —le pregunta al camarero, que lo mira desesperado.
     —¡A ver, quién de aquí sabe inglés y qué dice este tipo? —nos mira a mi padre y a mí, implorante.
     —¡Lili sabe inglés! —responde mi padre a la velocidad del rayo—. ¡Pero no hace falta, si es Paco!
     —¿Qué Paco? —el camarero frunce el ceño.
     —El marido de Pili, la del noveno —la voz de mi padre pierde seguridad—. Aunque ahora que lo veo mejor… ¡Lili, por qué me dices que es Paco, si Paco es moreno y ese tipo es rubio?
     —No, no, no, a mí no me líes, que ya sabes que no me quedo con las caras —y añado—: ¡Eres tú el que ha dicho que era el marido de Pili!
    —No —levanta la mano y mueve el dedo índice de izquierda  a derecha—. Yo he dicho que se llamaba Manolo; lo demás te lo has inventado tú.
    —¡Papá, qué dices? —lo miro completamente alucinada. Definitivamente, tanta proteína  de golpe le está haciendo mucho daño.
     —¿Saben inglés o no? —insiste el camarero, impaciente.
     —¡Sí, ella sabe mucho! —contesta mi padre.
    —¡No, no sé! —y le digo a mi padre en voz baja—: El inglés es sólo para el currículum, por Dios. ¡Yo no sé inglés, y menos para hablar con un inglés! —o con un americano, que es peor.
     —Anda, Lili, no seas tonta, claro que sabes —y me empuja en dirección a Paco-que no es Paco-y encima habla en un idioma extraño.
     Mejor me despido aquí. Me niego a que me oigas hablar inglés. No, de ningún modo, no insistas.
    En cuanto a mi padre, ahora pienso que se merece una semana más de lechuga y cremas raras de las de mi madre. O dos. ¡O incluso un mes!
     Y el trabajo…, ¡uf, el trabajo! Ya te contaré mañana.

     Si lees esta entrada y trabajas en Vogue: ¡por supuesto que hablo inglés!
     Nivel alto, hablado y escrito.
     Prácticamente bilingüe.



jueves, 17 de noviembre de 2011

Uf, sardinas!!!

     Soy una superwoman: trabajo fuera de casa ocho horas y dentro de casa al menos dos. Adoro la mopa, el trapo del polvo, el estropajo y la fregona. Me encanta el olor del Pronto y, si pudiese, en vez de colonia me echaría Cristasol. Sólo tengo un punto débil entre tanto dechado de virtudes: odio cocinar. No llego a captar la gracia de pasar toda una hora entre grasa y olores a fritanga para que el resultado se disfrute sólo durante veinte minutos o, si JC está especialmente hablador, durante treinta.
    Hoy estoy mareada y tengo nauseas… No, nada de embarazo: sardinas.
    ¿Cómo se le pudo ocurrir a mi suegra traerme esos bichos crudos? ¿Qué le he hecho yo?
    —¿Qué es eso? —me preguntó JC cuando llegó de trabajar, señalando el bulto envuelto en cinco capas de papel albax  que estaba a punto de meter en una bolsa de plástico.
    —No sé de qué hablas, cariño —contesté acelerada, tratando de esconderlo detrás del microondas.
    —Eso —insistió, acercándose y cogiéndolo con cierta suspicacia.
    —¡Ah, esto! —intenté quitárselo de las manos sin éxito: ya lo estaba desembalando—. Lo ha traído tu madre.
    —¡Mmmm, sardinas! Genial, porque tengo un hambre tremenda.
    Lo miré aterrada. ¿No estaría pensando en hacerlas para cenar? ¿Y el olor? ¿Y el humo? ¡Nos tendríamos que ir a dormir a un hotel!
    —¿No prefieres algo de ensalada? ¿O un sándwich? —pregunté esperanzada.
    JC me miró con sorpresa.
    —¡Qué dices! —contestó, echando a andar hacia el dormitorio—. Tú no te preocupes; quédate en el salón, que me cambio y las frío en un segundo.
    Y hoy, dos días después, lavados hasta los estores y las fundas del sofá, puedo prometer y prometo que mi casa sigue oliendo a sardinas.
    Comprenderás que tengo cierto rencorcillo hacia la causante de mi malestar: mi querida Anestesia. Y el destino me ha puesto la revancha en bandeja.
    Al salir de trabajar esta tarde he pasado por La Sirena, ya sabes, la tienda de congelados, y he divisado una figura familiar. He parpadeado varias veces alucinada hasta convencerme de que no era una visión provocada por la intoxicación olfativa de los últimos días: efectivamente, allí estaba ella, delgada y morena, con un traje divino de tweed en tonos ocres, rebuscando en el congelador de las verduras.
    Mi mente ha volado al fin de semana pasado, cuando fuimos a comer a su casa.
    —No comprendo la gente que come congelados, con lo sano que es la verdura fresca —comentó con voz firme—. Si se tiene tiempo para ir de compras, también se ha de tener para preparar una buena comida casera.
    Me quedé callada. Aunque veía claramente lo absurdo del razonamiento, la cosa no iba conmigo.
    —Pues Lili compra mucho en La Sirena y no está mal —dijo JC, llevándose otra cuchara de cocido a la boca—. Mmmm…, aunque no se puede comparar con esto, claro.
    Mi suegra sonrió con serena superioridad.
    Y ahora la tengo justó ahí, con la cesta llena de bolsitas de cebolla picada y pimientos tricolor. Hasta distingo un paquete de judías verdes.
    Dudo unos segundos y me doy la vuelta, antes de que me vea y sepa que he descubierto su secreto.
    Salgo a la calle sonriendo, embargada por un sentimiento de virtud y santidad.
    Que no se diga que soy una chica rencorosa…

lunes, 14 de noviembre de 2011

Tiro al pato (sin querer. . .)

     Domingo, 13 de noviembre,  en un campo de golf cualquiera de Madrid
    
     —¡No, no, no! —me dice Borja, nuestro profesor (un rubio de treinta y tantos que me cae cada vez peor)—. ¿De verdad crees que ese palo es el adecuado para el golpe de salida?
     Sí, ¿no? Tiene una S bien clara en la parte de abajo y la S, de toda la vida, es de salida (y no, no hablo de la rubia de la esquina).
    Borja se echa las manos a la cabeza y suelta un gemido ahogado.
    —¿JC? —le pregunta, con tono suplicante.
   —Lili, la S es de sand, y es el palo para sacar la bola del bunker —lo miro desconcertada; esa palabra me suena, pero no termino de situarla—, de la tierra, ya sabes.
    —¿De la Tierra? —esto sí que me ha dejado flipada—. ¿Del planeta Tierra?
   —Lili, por Dios, de la arena, de los terraplenes —exclama JC—. ¡De eso! —y extiende la mano hacia un trozo de terreno sin césped
    Dedico a JC una mirada ofendida (siempre se pone de parte de Borja, el muy traidor) y me dirijo hacia la bolsa a escoger otro palo. Después de echar un vistazo a todos, me decido por una P…
     No, mejor un 7…
     No, mejor la P…
     No, mejor…
    —¡El 7! —chilla Borja. Lo miro sobresaltada y veo cómo trata de relajar el rostro—. El 7 es más adecuado si tenemos en cuenta la distancia —explica con un tono de voz cercano a la normalidad. Más vale que se relaje, porque bajo presión no juego muy bien…
    Cojo el palo, me sitúo en el punto de salida, cierro los ojos para entrar en contacto con mi golfista interior (esto es un consejo de mi madre) los abro y golpeo la bola con todas mis fuerzas.
    —Me parece que va hacia el lago —comenta JC, siguiendo la pelota con la vista. Espero que no, porque ya he perdido seis en dos hoyos y sólo me quedan tres para el resto.
    Contengo la respiración y de repente oigo un ruido raro, como un “cuac” agonizante.  
    Uy, uy, uy…
    —¿Qué ha sido eso? —pregunto a JC, y echo a andar hacia el agua.
    JC me adelanta corriendo, seguido de Borja, y en dos segundos están en la orilla.  
    —¡Esto es inconcebible! —chilla Borja—. ¿Cómo ha podido darle a un pato?
     ¿Qué? ¡No puede ser!
   —JC, ¿en serio le he dado a un pato? —le pregunto estremecida. ¡Si yo adoro los patos! Me encantan Donald, el pato Lucas, y el tío Gilito, ¡y en el chino siempre pido pato laqueado!
    —Le has dado un poco, sí, pero no te preocupes —contesta JC—. Seguro que se va a poner bien.
   —¿Cómo se va a poner bien? ¡Casi le arranca el cuello! —grita Borja fuera de sí—. ¡Unos patos milenarios, que han conocido a los mejores golfistas del mundo! ¿Cómo has sido capaz de algo así? —y me dirige una mirada más cruel que de costumbre.
     Yo permanezco a unos diez metros de la orilla y me pregunto lo mismo. ¡Si mis bolas siempre salen a ras de suelo, cómo han podido pasar por encima de los matorrales y acabar en el agua?
    —¡La culpa es del lago, que tiene algo maligno! —me defiendo—. ¡Corrientes magnéticas para atraer las bolas o yo qué sé! ¿Y a quien se le ocurre poner un lago en mitad de un hoyo? ¡Eso es tener muy mala idea!
     —No puedo, no puedo… —murmura Borja, mientras se quita la chaqueta y envuelve al pato.
    Respiro profundamente para calmarme y comienzo a andar hacia él: al menos le pediré disculpas al pato. Pobre…, me siento fatal.
    —¡No, no te acerques! —brama Borja enloquecido—. ¿Qué pretendes, rematarlo?
   —¿Estás insinuando que lo he hecho a mala idea? —me sube la ira por el estómago y llega a mi garganta—: ¡La culpa es tuya, que yo siempre he tenido una coordinación por encima de la media y te la estás cargando! ¡Podría haber sido una deportista de élite si hubiese querido! —lo observo con mirada impacable y lanzo mi último dardo—. ¡Y esas mechas que llevas son un horror, hortera!
     Una hora después volvemos a casa en coche.
    —¿Crees que se pondrá bien? —le pregunto a JC.
    —¿El pato? —me mira de refilón—. Seguro que sí.
    —No, no hablo del pato. Me refiero a Borja —no sé qué me pasa últimamente con los profesores. ¡Si yo he sido de lo más aplicada en mi vida académica! Pero entre el golf y las clases de conducir me van a coger manía en el gremio.
     ¡Madre mía, igual envían un e-mail con mi foto para que nadie me dé clases! ¡A lo mejor me catalogan cómo peligro público! ¿Y cuándo decida apuntarme a piano? ¿Habrá alguien dispuesto a…
    —No lo sé, guapa —responde JC—. Si no te ve durante un tiempo, igual lo acaba superando.
    —¡Pero si yo soy muy buena! —no sé que me ha pasado, la verdad...
    —Claro que sí, Lili, un cachico de pan —me dirige una mirada burlona—. Sólo que a veces se te olvida.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Lili al volante, peligro constante

    —Lili, ya sabes que te puedes apuntar a la autoescuela cuando quieras —dice mi padre, generoso.
    —Sí, gracias, ya veremos —y soplo las dieciocho velas de mi tarta de cumpleaños.
    
     Tres años después:
    —Lili, cielo, te vendría bien tener el carnet de conducir, que nunca se sabe cuándo lo vas a necesitar —comenta mi madre, mientras echamos un vistazo a la sección de cine clásico de Fnac.
    —Puede que el mes que viene —o el siguiente, o al otro…
   
     Cinco años después:
     —¿Has pensado en sacarte ya el carnet? —me pregunta mi padre por teléfono—. Tu hermana Eli se ha apuntado a la autoescuela y podríais ir juntas.
     —No sé, papá, no me veo conduciendo. ¿Puedo cambiarlo por un 2.55?
  
      El domingo pasado:
     —JC, ¿nos vamos a Las Rozas Village a dar una vueltecilla? —propongo, estirándome en el sofá para espabilarme.
     —¿De compras un domingo por la tarde? —me dirige una mirada asustada—. ¿Y tan lejos? No, no, no, no…
     Lo pienso detenidamente y siento que ha llegado el momento. Voy a tomar las riendas de mi vida, voy a ser una mujer completamente independiente,  moderna y segura de mí misma (esto me suena que lo he leído en algún libro… ¿Bridget Jones, quizás?). Voy a sacarme el carnet de conducir. ¡Bien!
     
     Ahora estoy en el asiento del conductor de un Peugeot con un hombre moreno de aspecto despiadado que no deja de hablar:
    —Pedal izquierdo, embrague; medio, freno; derecho, acelerador. Éstas de aquí son las marchas: primera, segunda, tercera…
     Uy, uy, como me diga tantas cosas de golpe no me entero. ¿Qué pedal es el acelerador? Porque yo ése ni lo rozo.
     —… el freno de mano. Para comenzar la marcha tienes que asegurarte de que está quitado. Coloca bien los retrovisores —se calla de repente y me dirige una mirada feroz—. ¡Venga, colócalos!
     ¿No están bien? Les doy un par de golpes para disimular y espero.
     —¿Ves el final del coche por el espejo de la izquierda? —me pregunta con impaciencia.
    ¿Debería verlo? Hago un ruidillo con la garganta que no me compromete.
    —¿Y tu posición es correcta con respecto al volante, de acuerdo con lo que te he explicado? —la irritación comienza a notarse en su voz.
     Hago examen de conciencia y no recuerdo nada del volante. ¿Cuándo ha hablado de eso? Guardo un silencio a medio camino entre el susto ligero y el pánico.
     —Pues arranca —dice, mirando al frente—. ¡Vamos, arranca!
     —¿Que arranque? ¿Cómo? —¡este tipo está loco! —¿No deberíamos repasar lo de los pedales y eso? —le insinúo atemorizada.
     —Izquierda, embrague; centro, freno; derecha, acelerador. Recordado. Y ahora arranca —gira la cabeza y clava en mí dos ojos desalmados—. ¡Ya!
     —¿No podría escribírmelo en un papel y ponerlo aquí? —y le señalo el salpicadero. Los nervios paralizan mi memoria, y este hombre me está poniendo histérica.
     —Gira la llave y arranca —contesta despacio y con voz contenida—. ¡En marcha!
     Sin darme cuenta le doy una vuelta a la llave y el coche comienza a andar. ¡Ay, madre!
     —Vigila los tres espejos continuamente, y no quites la vista del carril —me ordena.
     ¿Y eso cómo se hace? ¡Necesito cuatro ojos con visibilidad independiente! ¡Y sólo tengo dos, que encima miran a la vez! Me estampo, fijo que me estampo…
     —… recuerda que si miras el obstáculo, irás directa hacia él —y señala una furgoneta aparcada en doble fila.
     Por supuesto que la miro, y mucho, además. En el último segundo un giro de volante de mi profesor impide el impacto.
     —¿Por qué miras? —grita, indignado.
     —¡Porque la señalas, pedazo de animal! —le contesto mentalmente. En voz alta sólo suelto un “¡¡¡que me estrello!!!” que seguro que has oído. Sí, aunque estés en Barcelona, en Galicia, o en Valencia.   
     —Vista al frente y gira a la derecha. ¡Pero mete segunda! —no, las dos cosas a la vez no. Primero giro a la derecha… —. ¡A la derecha, no a la izquierda! ¿No ves que es dirección prohibida? ¡Para!
     Piso el freno y oigo ruido de neumáticos y miles de cláxones detrás.
     —¡Aquí no! —chilla mi profesor, transformado en un demonio colorado y con el pelo encrespado—. ¡No puedes parar aquí!
     —¡Pero si me ha dicho que pare! —replico, totalmente alterada.
     —¿Qué te he dicho que pares? —me observa fijamente e insiste —. ¿Qué yo te he dicho que pares? ¿Aquí?
     No, no puedo. Esto es demasiado, y más ahora que estoy entrando en una época zen de ausencia de reclamaciones y peleas y cosas de esas. Me quito el cinturón y abro la puerta.
     —¿Dónde vas? —me pregunta a voces—. ¡La clase aún no ha terminado! ¡Sube al coche inmediatamente!
     Ni de broma, que este tipo es un psicópata. Además, estoy tan nerviosa que me va a dar un ataque. Necesito encontrar un sitio en el que poder calmarme.
     —¡Vuelve al coche! —oigo la voz airada detrás de mí. No pienso contestarle. Igual mañana, en frío, voy a la autoescuela y les pido explicaciones de por qué tienen a una imitación de Hannibal Lecter dando clases de conducir. Y luego me voy al juzgado y lo denuncio por loco.
     Pero eso será mañana. Ahora necesito volver a encontrar un poco de paz interior, y allá a lo lejos veo el lugar perfecto.
     ¿Cómo dices? ¿Yo, a una Iglesia?
     ¡Qué cosas tienes! Estoy hablando de Zara… 

martes, 8 de noviembre de 2011

Día D: EL DEBATE

     Día D, 10:00 a.m.
     —Hola, Eli —saludo a mi hermana, cuando consigo rescatar el móvil del fondo del bolso—. ¿Qué tal estás?
   —¿Por qué tardas tanto en coger el teléfono? —responde enfadada. Lo paso por alto: está embarazada de cuatro meses y las hormonas están siendo especialmente crueles con ella.
    —El bolso, ya sabes —contesto a la ligera—. ¿Llevas tú el postre?
    —No, no, por eso te llamo. Mejor me ocupo de la comida, que si no sólo compráis jamón y lomo —y añade, alterada—: ¡Qué poca consideración tenéis conmigo! ¡Si me descuido ponéis hasta sushi, y ya sabéis que no puedo tomar sushi!
     —Vale, voy a llamar a Sofi para que lleve ella el postre. Un besito —cuelgo con rapidez. Mi dulce Eli está poseída por los efectos secundarios de las náuseas y la toxoplasmosis y a veces no la reconozco. ¡Que ganas de que nazca el bebé, por Dios!
     Marco el número de Sofi y espero… Y sigo esperando… Y espero un poquito más… Señal de desconectado. Vuelvo a intentarlo, que su bolso es aún más grande que el mío.
     —Lili, no puedo hablar; tengo mucho lío. Luego te llamo —suelta de un tirón y sin respirar.
    —¡No, espera! —consigo decir antes de que cuelgue—. Sólo es para decirte que esta noche lleves tú el postre; Eli prefiere ocuparse de la comida.
     —Vale, el postre. Hecho. Un beso.
     —Otro.
     ¿Cómo dices?
     ¿Qué de qué me ocupo yo? De que va a ser: de la bebida. Y llevaré también un poquito de jamón (entre nosotros: no me fio de lo que lleve Eli, que últimamente le da asco todo menos las aceitunas y el regaliz).
      Día D, 19:00 p.m.
     —Que sí, papá, que ya vamos… No, JC va directamente desde el trabajo… Estoy esperando el autobús… ¡Claro que llegaré a tiempo, papá, que faltan casi dos horas!... Sí, JC lleva el vinillo y las cervezas… No, de la comida se encarga Eli… No, no tengo valor para discutir con ella, que está muy embarazada… No creo que piense llevar mojama… ¡Díselo tú, que es tu hija!
     ¡Que paciencia tengo, pero que paciencia!
     ¿Me dará tiempo a ir al quiosco a comprar unas revistas mientras llega el bus? Mmmm…, creo que sí; sólo es cruzar la acera…
     ¡Bien! Tengo Ser padres hoy, Guía del bebé, El mundo de tu bebé, Mi bebé y yo (que no se diga que no me involucro en el embarazo de Eli) y la edición francesa del Vogue (es una buena forma de comenzar a aprender francés, ya sabes, por si cuando mande el currículum a Chanel me cogen; mejor estar preparada).
    ¡Y llego justo para coger el autobús!
    ¡Eh!... No…, si el semáforo se pone en rojo no…
   ¡Tiene tela! ¡Se me ha escapado el autobús en las narices! ¡Y el autobusero me ha visto, el muy bicho!
    ¿Qué suena, por Dios?... Vale, es mi móvil.
    —¿Papá?... No, aún no ha pasado el 9 —mentira piadosa—. Ya, una vergüenza… Espera, a ver si lo veo en la marquesina… No, no pone ningún teléfono de reclamaciones… Sí, igual si lo buscas en Google… No, yo no le digo nada al autobusero cuando llegue, que me estoy quitando de reclamar… ¡Que no, papá!

    Día D, 20:00 p.m.
    ¡Yupi! ¡Tengo mensajillos del blog en la BlackBerry!
    ¿Cómo? ¿Que Take (*) me abandona por la bandurria? Ya sabía yo que era una cosa grave… Igual si hubiese tocado la guitarra...
  
     Día D, 21:30 p.m.
    —Cariño, tienes el aura alterada —dice mi madre cuando me abre la puerta.
    —Es por la bandurria, mamá —contesto, dándole un beso en la mejilla —. Necesito el ordenador un segundillo —y me lanzo hacia el despacho de mi padre.
    —Claro, cielo, pero no tardes. Ya estamos todos en el salón y el debate está a punto de empezar.
    Me encanta mi madre: si le hubiese dicho que mi aura estaba afectada por el ovni que se había estrellado en el portal, habría dicho lo mismo. Ya imagino lo que pensaras: a mí también me cuesta ver el límite entre esa espiritualidad tan suya y la locura. Mejor lo dejamos…
    Y me centro en los mensajes del blog. No pueden estar sin respuesta toda la noche, y menos con el asunto de la bandurria…

    Día D, hora H: El debate.
    —¿Qué es eso? —pregunta Sofi recelosa, mirando la crema de color sospechoso (entre el gris y el marron, no me decido) que ha preparado mi madre para cenar.
    —Ya sabéis, un poco de esto, un poco de aquello… —contesta ella, mientras le pinta las uñas de los pies a Alicia, mi sobrina de cuatro años.
     —Abuelita, las de las manos también, por favor —le dice, entusiasmada con el resultado.
    —No puede ser. Ya sabes que la seño no os deja ir con las uñas de colores —responde mi hermana.
    —Sí que nos deja, que se lo preguntó Jimena esta mañana y le dijo que sí —contraataca Ali.
    —No, cariño, no os deja y punto —fin de la discusión.
    Le doy un traguito al chardonnay y me acerco al sofá, donde JC, Eli, Fran (su novio), Yago (el marido de mi hermana Sofi) y mi padre están viendo el debate.
     —Rubalcaba se lo está merendando —dice Yago convencido—. ¿Qué pasa con las pensiones, eh? Míralo, si ni contesta.
     —Pero si ha dicho Rajoy que van a mantener el nivel adquisitivo, ¿qué más quieres que le diga? —responde Fran acalorado.
    —Ya, pero eso qué significa, ¿las baja o no? Porque si no las baja, que lo diga claramente —contesta Yago, sin separar los ojos de la tele.
     —¡Si lo está diciendo! —insiste Fran.
    —Rubalcaba no tiene posibilidades. Me da hasta pena, es como ver un corderillo acorralado —añade Eli.
    No sé… Don Francisco, mi jefe del periódico (**), siempre dice que Rubalcaba es peligroso (políticamente hablando, por supuesto). Igual se guarda un as en la manga para el final. O Igual se lo guarda Rajoy (no nos olvidemos de “la niña”).
    —¡Es una vergüenza, no deja de mentir! —exclama mi padre, y se mete en la boca sin pensar la crema desconocida de mi madre. ¡Es un hombre valiente! Yo prefiero centrarme en los pastelitos de nata que ha traído Sofi.
    ¿Qué dices? ¿Que estás intrigado por la aportación de Eli a la cena? Pues nada, nada de nada.    Vamos, que no ha encontrado nada que no le diese un asco mortal (no, ni tan siquiera un poco de pan; sí, a mí también me parece extraño, pero no me atrevo a comentarlo). Menos mal que JC ha traído bebida y patatas fritas como para una boda gitana y Sofi millones de pastelitos de nata. La sustancia de aspecto raro que ha preparado mamá no me atrevo a incluirla en la categoría de alimento.
  
     Día post-D, 01:00 am.
     —¿Qué opinas? —me pregunta JC de camino a casa. Hace muchísimo frio y subo la calefacción del coche al máximo.
     —Ha estado bien —respondo, feliz y ligeramente mareada por el exceso de azúcar. No, no culpes al chardonnay: de eso nunca hay exceso.
     —Bien, ¿no? —me mira con la risa en los ojos—. Venga, Lili, si no lo has visto. Habéis estado todo el rato cotilleando Sofi, tu madre y tú.
     —¡Eh, claro que lo he visto! ¡Soy una chica muy involucrada en todas esas cosas de la política y eso! —¡faltaría más! —. ¡Hasta leo periódicos serios! —a veces; si los leo todos los días me mustio—. ¡Y tengo una opinión bien formada! —¡toma ya!
     JC me dirige una mirada burlona.
     —¿Y cuál es? La curiosidad me está matando.
     Lo pienso con detenimiento, que es cosa importante, y se lo digo:
     —Rubalcaba no me gusta, la camisa no le pegaba con la corbata y el traje le estaba grande. Y si no sabe vestirse adecuadamente para aparecer en la tele, ¿crees que sabrá sacarnos de este lío?
     —No, claro, si miramos el traje, es obvio que te quedas con Rajoy —coincide JC.
     —Pse, no sé. Tampoco lo veo claro —muevo la cabeza dubitativa—. El pelo no me convence. ¿Has visto que no tenía ni una cana? Se han pasado con el tinte marrón y el tono no le iba con la barba gris y llena de canas. O te tiñes todo o nada —JC me mira sin comprender. Se lo aclaro: — Es que parece que es un tipo de medias tintas, que va a dejar las cosas a la mitad.
     —Resumiendo, que no te gusta Rubalcaba por el traje y Rajoy por el pelo —concluye JC con tono guasón, y aparca el coche en nuestra calle. 
     —Sí, algo así —aunque yo lo he explicado muchísimo mejor.
    —¿Y a quien vas a votar? —pregunta al tiempo que abre la puerta del coche, dejando entrar el frío de la noche. Salgo de un salto y me cuelo en su abrigo. JC es como una estufita: a su alrededor nunca hay menos de cuarenta grados y eso es genial (en invierno, claro).
     —¡No te lo pienso decir, que el voto es secreto! —ea, que sufra, por no tomarme en serio, hombreyá.
     Pero lo tengo clarísimo: si estáis en una mesa (Ana Pepinillo, la tuya no me corresponde, una pena) y al contabilizar los votos encontráis uno que pone AMANCIO ORTEGA, así, en mayúsculas, ese es el mío.
     Ya, ya sé que no se presenta. Estoy pensando en hacer un movimiento tipo 15-M, pero más serio y profesional; si el asunto prospera, os informaré. Mientras tanto:
     ¡AMANCIO PRESIDENTE!

(*) ¡Take, no te vayas!
(**) Espero que siga siendo mi jefe y no me haya despedido, porque hace un par de semanas que no le mando ni una línea, aunque supongo que para despedirme tendría que decírmelo, ¿verdad?, y no me ha dicho nada.
Por si las moscas lee usted esto, don Francisco, que sepa que es el mejor jefe del mundo (la única pega es que no me paga, pero todo se andará). No, no es peloteo para que no me despida; es verdad.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Verdad verdadera

    Lo sé, comenzabais a pensar que me iba a escaquear y no os iba a contar las tres verdades, pero de eso nada.  Soy una mujer de honor y siempre cumplo mis promesas, de modo que allá voy.
     
     Mis tres verdades son... tachán, tachán...
     
     1. Me gusta la comida picante: adoro la guindilla, la pimienta cayena, el wasabi, y los pimientos de Padrón (los que pican, los otros no). No es que no me pique, que sí, no vayas a creer que la lengua se me ha insensibilizado o algo así; simplemente me encanta. Me sienta fatal pedir alguna salsa picante y que luego no pique casi nada….
     ¿Cómo dices? Mmmm, no,  no pensaba contar eso… Vale… JC dice que os cuente que hace un par de fines de semana puse una reclamación (cortita y muy educada) en un mejicano por eso (¡es que la salsa de los nachos no picaba nada de nada!; ¡ni siquiera hacía cosquillas en la lengua!), pero me estoy quitando (de las reclamaciones, no del picante).
 
     3. Tocaba la bandurria en la rondalla del colegio: ¡es cierto! No, Take, no me juzgues tan a la ligera: ¡no podía hacer otra cosa si tenemos en cuenta que mi padre era el director de la rondalla!
     Pudo ser peor, porque empecé con el laúd, pero era muy grande y casi no me daban los brazos (estaba en segundo de EGB y era bastante canija) así que mi padre me pasó a la bandurria. ¡Y se me daba genial, en serio! Tocaba Clavelitos, Si Adelita se fuera con otro, Santa Fe, y muchas más sin mirarme los dedos (cómo una auténtica profesional). Luego pasé al instituto y comprendí que el tema de la rondalla era incompatible con el de ligar, por lo que obviamente me decanté por lo segundo. A veces aún siento nostalgia… JC dice que a él le hubiera gustado a pesar de la bandurria (no sé, no sé, yo tengo mis dudas).
 
     4. Me gusta mucho limpiar, poner lavadoras, planchar, lo que sea menos cocinar. Pues sí, para qué engañaros, me muero por un bote de Cristasol y una mopa nueva. A veces paso la línea que marca lo lógico de lo desquiciante (cuando limpio el polvo dos veces al día, o le doy al baño tres). Llegados a este punto (que suele coincidir con una nueva remesa de facturas sorpresa de mi jefe o un plazo de presentación de impuestos) me someto a una cura de desintoxicación Reconozco que lo hago por imposición de JC, que me prohíbe hacer nada en la casa durante al menos un día; su meta es que aguante dos pero eso es imposible: las pelusas comienzan a hablarme y no tengo más remedio que coger la mopa y acabar con ellas.
     Lo único que no soporto es cocinar: tanto manchar cosas para que luego nos lo comamos en quince minutos (veinte, como mucho) me da mucha pereza, y los olores y… ¡uf, no puedo! De modo que o cocina JC o comemos precocinados (estoy segura de que contribuimos con el sueldo de al menos dos empleados de La Sirena).
 
     Por todo lo anterior ya lo sabréis pero aun así, y para que quede constancia por escrito:
 
     Las mentirijillas son:
 
     2. Adoro las joyas: no, no me gustan, ni grandes ni pequeñas. No llevo pendientes ni anillos ni na-de-ná; cualidad ésta, por cierto, que no valora JC en su justa medida (y que me hace merecedora del 2.55 por Reyes, porque se ahorra una pasta en regalos, que los trapillos de Zara no se pueden comparar con un anillo de Bulgari).
¿Cómo dices? ¿Qué por qué de Bulgari? Llámalo intuición, pero algo me dice que si me gustasen las joyas me gustarían esas joyas…
 
     5. Me encanta que me hagan fotos: mentira y de las gordas. Me aburre muchísimo y siempre salgo mal. JC se echa a temblar cuando le pido que me haga una para el blog; lo mejor en esos casos es que tenga cerca una copa de chardonnay…
 
     6. Tengo 32 años. No, nada de treinta y dos (pero tampoco treinta y siente, Sandler!) (aunque, entre nosotros, os confiaré que me falta poco para cumplirlos). 
     
     Una última verdad que quiero confiaros es que cuando comencé a escribir el blog no había leído uno en mi vida y no imaginaba lo que era esto ni lo que me iba a aportar. Ahora os echo de menos cuando alguno de vosotros no comenta y quiero leer vuestros blogs todos al mismo tiempo. Habéis pasado a formar parte de mi vida. Muchas gracias.
 
     Y ya está. ¡Madre mía, que montón de cosas os he contado! Y todas verdad verdadera.
 

jueves, 3 de noviembre de 2011

Me han dado dos premios !!!!!!!!!!!

     ¡No os vais a creer lo que me ha pasado! Es algo guay y que me ha hecho muy muy feliz: ¡me han dado dos premios! ¡Bieeen!

     El primero es de Cristina, de El rincón de...  ¡¡¡Gracias de nuevo, guapa!!! Es un premio-tag y tiene dos partes. La primera consiste en contestar diecisiete preguntas sobre mí, de modo que... ¡allá voy!

     1. Mi canción favorita: "Non, je ne regrette rien", de Édith Piaf. Significa “No me arrepiento de nada”, y aunque yo sí que lo hago (arrepentirme de algunas cosas), no las cambiaría, porque todo lo que me ha pasado me ha traído hasta aquí.

      2. Mi postre favorito: tarta de merengue (no hay nada más empalagoso en el mundo, lo sé, pero me chifla; lo malo es que ya no la hacen casi en ningún sitio) (y no, los merengues no son lo mismo).

     3. Qué me molesta: la intransigencia.   

     4. Cuando me molesto: más vale que no te pille cerca, porque a veces me pierdo…, y no hay quien me controle. Me pasa poco, eso sí.     

     5. Mascota favorita: no, de eso no tengo. ¿Vale la mopa?    

      6. Blanco o negro: el negro, que es más chic.

     7. Tu mayor temor: esto que os voy a contar es muy raro, y muy mío, pero… lo que más miedo me da es que haya algo después de la muerte y tengamos que estar por aquí PARA SIEMPRE. Eso es mucho tiempo, y me agobio una barbaridad cuando lo pienso.

      8. Tu mayor rasgo: soy buena gente.

      9. Actitud de todos los días: siempre pienso “¡hoy es tu día, corazón!”. Muchas veces acierto.

      10. ¿Qué es la perfección? Una meta inalcanzable. Y el 2.55, por supuesto.

      11. Color favorito: el amarillo.

      12. Animal favorito: el koala.

      13. Número favorito: el cinco.    

     14. Perfume que estoy usando: Lolita Lempicka (desde hace mil años)

     15. ¿Prefieres recibir o dar regalos? Hacerlos, sin duda. Disfruto como una loca yendo de tienda en tienda, pensando que le puede gustar al destinatario, envolviéndolo (soy muy de lazos)…

    16. Ultimo día que usaste sombra de ojos: Hace mucho tiempo; ahora soy más de kohl.

    17. Día de la semana favorito: el sábado, cuando madrugo y tengo todo el día por delante para pasarlo con JC.

     Bueno..., ahora me toca nominar a cinco blogs, y esto sí que es difícil, porque os nominaría a todos los que me leeis (y a muchos que aunque no me leen). Pero las reglas son las reglas, y yo soy muy obediente, así que mis nominados son:

    -Merluca (Una soltera a diario), mi primera seguidora.

    -Sweety (Dulce sin azucar); me encanta tu blog.

    -Ana Pepinillo (Alucina Pepinillos): guapa, eres mi debilidad.

    - Isa (El mundo de Floris): mi paisana :)

    -Fle (Achilipú, apú, apú): estás como una cabra y eres genial

    -Celia (Si es gratis, ponme dos!): estoy enganchadica a tu blog!

   ¿Cómo dices? ¿Que he puesto seis? Mmmm..., no, yo sólo cuento cinco :) Bueeeno, sí, hay seis, pero no puedo hacer más. Suerte que no haya puesto veinte.

     ¡Eh, dónde vas, que tengo otro premio! Este me lo ha dado Elvis, de Graceland  ¡¡¡Mil gracias, guapetón!!!

    También tiene dos partes: la primera consiste en contar tres verdades y tres mentiras sobre mí, y vosotros tendréis que adivinar cúal es cual (las soluciones las pondré en el próximo post). ¡Concentraros que yo soy muy rara!

     1. Me gusta la comida picante (pero que pique de verdad)

     2. Adoro las joyas, y cuanto más caras y más grandes, mejor.

     3. Tocaba la bandurria en la rondalla del colegio.

     4. Me gusta mucho limpiar, poner lavadoras, fregar, planchar..., todo menos cocinar.

     5. Me encanta que me hagan fotos.

     6. Tengo 32 años (Sandler, esta va por ti).

     La segunda parte es otorgar este mismo premio, con sus dos condiciones, a cinco blogs. Espero que os haga tanta ilusión como me ha hecho a mí (sí, son todos chicos, pero no penséis mal :)

     -El independiente digital (elindependientedigital). 

     -Adam Sandler (toscanablues).

     -Sbm (Sobremorir)

     - :( (Sad, really sad life)

     - Take (Take Your Mama Out)

    ¡Madre de dios, que lio con los enlaces! Voy a descansar un ratillo, que tengo hasta mareo.

     ¡Feliz jueves!

     PD.- Y doy un premio honorífico a El españoleto. Me encantan tus comentarios!

     PD.- ¡¡¡Y mando besos a la doctora Anchoa, a Cruela, a Rebeca, a la Sra. T., a Cocci, a Rorschach, a Ojizarka, a Jana, a Doctora, a Yum, a Metamorfosis, a Toni, a Mi casa de juguete, a Walden, a Poemas, a Valenciana en Dresden, a Yum, a El canto de la luna, a Maria Oliver, a Pilar, a Exter, a Volvoretinha, a Fiebre, a Jo, a Fran, a Fiona, a Expediente X, a Embrujo, y a todos los que me leeis!!! ¡Me siento como en la Ceremonia de los Oscars! Sólo me falta cambiar el vestido de Zara por un diseño maravilloso de Elie Saab, los botines por unas sandalias de Jimmy Choo y ...

     Lo voy a dejar ya, que se me está yendo la pinza.
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