miércoles, 28 de diciembre de 2011

¡¡¡ FELIZ 2012 !!!

    ¡Me voy!
   ¿Cómo dices?
   ¡¡¡No!!!  ¿Cómo va a ser para siempre? ¡Si soy una blogadicta!
   Volveré el día dos de enero, o puede que el tres; o quizás el cuatro…
    ¿Recuerdas que mi exjefe (¡que bien suena!) me despidió y me indemnizó? Pues en vez de comprarme el 2.55 (lo sé, yo tampoco me lo creo) le he regalado a JC un viajecillo sorpresa por Nochevieja.
    ¡Nos vamos lejos de Madrid, de las campanadas de la Pantoja en Telecinco (¿esto es verdad o mi madre me está tomando el pelo?) y de Anestesia! ¡¡¡Bien!!!
    Como no estoy segura de que pueda conectarme a internet, os lo digo con un poco de antelación:

    ¡¡¡FELIZ AÑO NUEVO!!!
    
Millones de besos y toneladas de felicidad, alegría, y risas para el próximo año.
    Nos vemos a la vuelta :-)

sábado, 24 de diciembre de 2011

Nochebuena 2011

    ¡Me encanta la Navidad!
   Me gustan las luces en las calles, los villancicos, el turrón de yema tostada y las hojaldrinas Maritrini. Pero lo que más me gusta de todo es el espumillón; ya sabes, el de siempre, horterilla a rabiar y en mil colores. Claro que no para mi casa: queda mejor en la de mis padres.
    Y en eso estamos mi sobrina y yo: decorando el salón para la cena de esta noche con espumillones dorados, rojos y verdes y bolas azules.   
    —¿Sabes qué, tita? —me pregunta mientras pega un lazo en el espejo con tiritas (hace rato que nos quedamos sin celo).
    —¿Qué? —estoy a punto de conseguir que la guirnalda de… algo difícil de definir (¿cerezas?, ¿corazones?, ¿formas rojas sin más?) que ha hecho Alicia en el colegio quede simétrica; esto exige mucha concentración…
    —Tengo novio —responde tan feliz.
    Dejo la guirnalda en la mesa y la miro alucinando.
    —¿Que tienes qué?
    —Novio —coge más tiritas y comienza a pegar estrellas en la puerta.
    —¿Novio? —no me lo creo…
    —Sí, se llama Alejandro —¡pero si tiene cuatro años! ¡Madre mía, mi primer novio fue en tercero de BUP!— Era el novio de Julia, pero me dijo que ya no, que ahora es el mío.
    ¡Vaya!
    —¿Y qué dice Julia? —le pregunto con interés. Es obvio que mi sobrina se parece una barbaridad a su tía Lili, pero a mí esas cosas no me han pasado en la vida.
   —¿Qué dice Julia de qué? —mi hermana Sofi aparece en el salón con dos rollos de esparadrapo—. Toma, Ali; dice la abuela que no quedan más tiritas y que no encuentra el pegamento.
    —Tiene novio —informo a mi hermana con la risa en los ojos.
   —¿Tienes novio? —le pregunta Sofi a su hija; Alicia afirma con la cabeza y sigue a lo suyo. Mi hermana se sienta en el sofá, pálida—. ¿Pero tú sabes lo que es eso, cariño?
   —Mmmmm… —lo piensa unos segundos—: No, ¿me lo explicas? —le pide sin girarse; está pegando los reyes magos del belén en la pared con el esparadrapo. ¡Con camellos y todo! Esta chica vale mucho.
    El rostro de mi hermana se relaja y recupera algo de color.
    —Bueno, eso del novio es un poco aburrido, porque si tienes novio no puedes ver los dibujos de Dora Exploradora —contesta—, ni los de Bob Esponja.
    Alicia se vuelve de inmediato hacia su madre.
    —O tienes novio o ves los dibujitos, como prefieras —añade Sofi.
    —No, mamá, entonces no quiero novio. Prefiero los dibujitos —responde Alicia sin vacilar.
    ¡Estoy perpleja!
    ¡Eso es tener claras las prioridades en la vida!
    ¡¡¡Es igualita que yo!!!

    PD.- JC, ¿te estás riendo de mí? Yo tengo clarísimas mis prioridades: primero tú y luego tú, pero como no dejes de pitorrearte, igual las cambio... :-)

   Como dijo Sergio en un comentario, fue una buena noche. Tan buena que no tengo nada que contar que no sean ñoñerías. Y este blog será lo que queráis, pero ñoño no :). Por eso la Nochebuena queda en un solo capítulo :-P. (Don Francisco, verá que aunque me haya dejado un poco de la mano de Dios, no olvido lo que he aprendido:).

jueves, 22 de diciembre de 2011

Verdad verdadera II

    ¡¡¡Tengo un meme-premio!!! ¡¡¡Bien!!! Me lo ha dado la Sra. T (que es un sol). Millones de gracias, preciosa.

    El premio conlleva responder a diez preguntas, así que allá voy:

    1.- ¿Cómo te definirías a ti misma?
    Uf!!! No, yo no puedo hacer eso. Mejor pregunto y os cuento…
    Mama: "Depende del día: hoy tu aura resplandece. Aunque si cambiases esa blusa blanca por una naranja…"
    Papá: "¿Qué pregunta es esa? ¿Estás bien? ¿Te has peleado con JC?"
    Eli (mi hermana pequeña): "Eres muy tú."
    Sofi (mi hermana mediana): "¿En serio quieres que te responda?"
    Alicia (mi sobrina): "Muy guapa y te quiero mucho y muy buena" (¡palabras textuales!).
    JC: "La mejor" (sí, lo sé, es tan objetivo…).
    Yo: Un desastre, despistada, algo caótica y bastante feliz.

    2.- ¿Qué es para ti la amistad?
    Que no me dejen tirada a la primera de cambio.

    3.- ¿Crees en el amor vía internet? Si crees, ¿te ha sucedido alguna vez enamorarte de alguien por este medio?
    Creo en el amor. Sin más.
   
    4.- ¿Qué te gusta más, el día o la noche?
    El día con diferencia (¡están las tiendas abiertas!). Y me encanta madrugar y ver amanecer en la calle. La noche la dejo para dormir.
 
    5.-¿Para ti qué va antes, el amor o el sexo?
    El amor. Y el sexo. ¿No pueden ir juntos?

    6.- ¿Café con o sin leche?
    Café con leche, espumilla y dos azucarillos. O tres.

    7.- Qué elegirías entre dos cosas, ¿recibir un beso de alguien enamorado de ti pero a quien tú no correspondes o  besar a alguien a quien quieres pero que no te corresponda?
    No, no, no, yo me quedo con JC.

    8.- ¿Qué odias y que te atrae de una persona?
    Odio la intransigencia, la soberbia y la altanería.
    Me atrae la inteligencia, la claridad y la complicidad.

    9.- ¿Crees en el amor a primera vista?
    Amor, así, en plan amor, no. En el flechazo que luego puede ir a más, sí.

   10.- ¿A qué tres blogueros pasarías estas preguntas?
    Esta pregunta es la más difícil (¿sólo tres???). 
    ¡¡¡No, no puedo elegir sólo a tres!!! En serio que lo he intentado, pero soy incapaz. ¡Es que tres son muy pocos! Quizás si fuesen treinta...
   Pero como sólo son tres y yo soy una chica valiente, allá van:
    A Sbm: me encanta tu forma de escribir. Venga, chulo, contesta al menos tres preguntillas de nada…
    A Cruela: ¡¡¡no te vayas!!! Pero si te vas, puedes recoger el premio a la vuelta… Me acordaré de ti y te echaré de menos.
   Y a Celia: preciosa, eres muy valiente y generosa compartiendo tantas cosas con nosotros.


lunes, 19 de diciembre de 2011

¡Soy una chica con suerte!

    Podría resumir en tres los hechos que me han abocado a esta situación:

    Uno.- El insomnio. ¿Cuántos días puede resistir una chica de treinta-y algún-más-años sin dormir de tirón una noche completa? ¿En qué momento las ojeras son irreversibles? ¿Es normal mezclar Lexatín con chardonnay (en dosis bajas, no hay que preocuparse) y no pegar ojo?

    Dos.- El despiste. Llevar el mismo vestido gris dos días seguidos sin ser consciente de que lo has repetido es alarmante, pero coger un bolso marrón cuando llevas el abrigo negro es demasiado. Y si a eso añadimos que debajo del abrigo aparece otra vez el vestido gris, es síntoma claro de que algo no va bien. No, nada bien...

    Tres.- La cana. Te acuestas por la noche intranquila y nerviosa pero sin canas, y te levantas, seis horas después, con una cana.

    ¿Por qué?
    Sólo hay una respuesta a eso: ¡¡¡mi jefe me está quitando la salud, la juventud y hasta las ganas de vivir!!!
    Llegados a este punto, no hay marcha atrás. Me voy.
   Y justo en este punto estoy, abriendo la puerta de la oficina, con el vestido gris que no me quito desde hace tres días (no, no arrugues la nariz que no huele mal; soy una chica muy limpia) y deseando decirle a Eduardo: ¡a tomar viento, pequeño dictador sin piedad!
    —Hola, Lili —me saluda Mai, mi compañera de laboral. Es un sol; la echaré de menos—. No tienes buena cara —comenta preocupada, mientras me quito el abrigo—. ¡Y llevas otra vez el vestido gris!
    Afirmo con la cabeza y me dirijo al despacho de mi jefe.
    No hay un segundo que perder. Y la derrota no es posible: tengo el estado de ánimo perfecto, con el recuerdo de la cana fresco en mi memoria y las ojeras a punto de llegarme a los pies que me proporcionan el valor de una heroína…
    ¡Ups! ¿Qué es esto que hay en el pasillo?
    Mmmm..., vale, “esto” es mi jefe.
    —¡Lili, por Dios! —exclama de malhumor—. ¿Es que no miras al andar?
    No puedo flaquear. Me imagino empuñando una lanza y…
    —Me voy —le digo con una entonación digna de Juana de Arco. En mi cabeza, ya sabes; en la realidad sólo me sale un murmullo.
    —¿Qué dices? —pregunta Eduardo sin interés y continua caminando hacia su despacho.
    —Que me voy —repito detrás de él, elevando un poco más la voz.
    —¿Qué te qué?
    —¡Que me voy! —grito, algo alterada. ¿Está sordo o qué?
    Se gira y me clava los ojillos despiadados en la cara.
   —¿Qué te vas? ¿Cómo que te vas?
   —Pues eso —le digo, perdiendo ligeramente la confianza—. Que me voy.
    —¡Esto es lo que me faltaba por ver! —vocifera—. ¡Tres años aguantándote, tres, y ahora dices que te vas? —¿cómo que aguantándome? Uy, uy, uy, que palabra tan mal empleada…—. ¿Tú sabes la de veces que he pensado en despedirte? ¿Y ahora vienes y me dices que te vas? ¡De eso nada!
    —¿Cómo que de eso nada? ¡Claro que me voy! —contesto, completamente alucinada. ¡O me ata o me largo; no hay otra opción!
    —¡No, no te vas! —responde, totalmente fuera de sí
    —¡Sí que me voy! —¿ves cómo está loco?
   —¡Te digo que no! ¡Estás despedida! —se dirige hacia la mesa de Mai y le dice a voces—: ¡Prepara el finiquito de Lili! ¡¡¡Ya!!!
    Mai me mira con la cara blanca y vuelve la vista a Eduardo.
    —¡¡¡Ya es YA!!! —añade mi jefe, tan rojo que parece al borde del colapso—. ¡Y ten cuidado, no te vaya a despedir a ti también! —Mai lo mira esperanzada, pero el bicho se da la vuelta y se marcha—. ¡Cuando lo tengas me lo traes a mi despacho! ¡¡¡Lo quiero en cinco minutos!!!
   
    Media hora después estoy en la puerta de la oficina, con una carta de despido en una mano y el justificante de la transferencia de pago de mi indemnización en la otra. Vuelvo a mirar la cifra y sigo sin creérmelo.
    ¡Me ha despedido en serio! ¡Y me ha pagado!
    ¡¡¡Bien!!!
    Un sentimiento de libertad me embarga y comienzo a caminar feliz. Cojo el móvil y llamo a JC. ¡Estoy deseando contárselo!
    —¿Qué tal ha ido? —pregunta—. ¿Te has marchado de una vez?
    —No —contesto—, en realidad…
   —¿Cómo qué no? —me interrumpe JC—. Lili, guapa, no puedes seguir así. Ya lo habíamos hablado y estábamos de acuerdo en…
    —¡JC, me ha despedido! —exclamo, radiante—. ¡Y me ha dado 45 días por año de indemnización!
    —¿En serio? ¿Justo hoy que ibas a decirle que te marchabas? —mi novio se echa a reír—. ¡Chica, lo tuyo es suerte!
    —Sí, algo así —respondo.
   JC sigue hablando pero ya no le escucho. He llegado a mi destino; aprieto con fuerza en la mano derecha el justificante de mi indemnización mientras todos mis sentidos conocidos y algún otro que no sabía que tenía están concentrados en el escaparate de Chanel.
    ¡¡¡Y en el 2.55!!!
    ¿Cómo dices?
    Ya, lo sé… Estoy en el paro, con un posible aunque no muy probable trabajo de administrativa en una agencia de detectives, en plena crisis…
    ¡Pero es el 2.55! ¡En rojo!
    ¿Qué hago, madre de Dios?
    Sólo se me ocurre una cosa. Cruzo la calle Ortega y Gasset y entro en un bar.
    —Una copita de chardonnay —le pido al camarero, que me mira con cara de "pequeña, son las diez de la mañana y está claro que tienes un problema". Lo ignoro, ¡qué sabrá él!
   ¡Voy a celebrar que no tengo que volver a ver a Eduardo.!
   Lo del 2.55…,  eso ya lo pensaré mañana... De todos modos, nunca podría entrar en Chanel con un vestido gris.


    PD.- Sofi y Eli, sin vosotras tampoco podría hacerlo!!!
 

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Compras navideñas..., otra vez!

    He tomado una decisión que va a cambiar el rumbo de nuestras vidas. A partir de aquí habrá un antes y un después; cuando JC y yo seamos viejecitos reviviremos este momento. Él me dirá que fue una idea increíble y yo sonreiré, mientras horneo un pastel de manzana y espero a que lleguen nuestros nietos…, mmmm…, mejor sobrinos nietos…, y veo mi maravillosa colección de 2.55 colgados en la percha de la entrada…
    ¿Que de qué hablo? Bueno, he pensado que los colocaré ahí, para verlos al entrar y al salir de casa…
    ¿Cómo?
    ¡Ah!... Preguntabas por mi decisión… Espera que me sitúe en el presente…
   ¡Sí, ya lo recuerdo!: este año vamos a hacer las compras de Navidad juntos y con al menos tres semanas de antelación. Nada de correr el último día por los pasillos de El Corte Inglés. Y nada de encargarme yo de todo. ¡Este año JC y yo vamos a ser un equipo!
    —¡Ya estoy lista! —le digo a mi novio, que está inmerso en una cruenta batalla del Battlefield no-se-qué (*)—. Cuando quieras nos vamos.
    —No sé, Lili —responde, sin separar la vista de la pantalla del ordenador—. Me encuentro regular. Creo que tengo un virus —añade, mientras sus dedos aporrean el teclado de forma sistemática.
    —¡Venga ya! —¡todos los años igual, no me lo creo!, pero esta vez no cuela—. ¡Si tienes una cara de salud que tira para atrás!
    —No, en serio, creo que tengo fiebre —añade sin mirarme. En estos casos estoy segura de que no le importaría ser un poco bizco, aunque fuese para disimular: un ojo en el juego y otro en mí.
    Bien, de modo que esas tenemos…
   Voy al baño a por el termómetro.
    Porque nosotros teníamos un termómetro…
    ¿Dónde está el puñetero termómetro?
    ¡Ajá, en la caja de las medicinas!
    Con paso lento me acerco al salón y camino silenciosa hasta el sofá, donde JC continúa en una orgía de tiros y sangre.
   —Toma, guapo —se lo ofrezco.
  —¡Ahhhh! —exclama mi novio, haciendo un movimiento espasmódico con el ratón—. ¡Lili, por Dios, que me acaba de matar un francotirador!
   —El termómetro —adopto un tono de profesora de escuela de los años sesenta (las de ahora son muuuucho más blandas) y le digo—: Póntelo.
    JC mira la pantalla y vuelve la vista hacia mí.
    —¡Ya! —añado.
    No te confundas, no soy una chica mandona; más bien afirmaría que todo lo contrario. Pero en toda relación de pareja existe una línea que no se puede pasar. Y en el caso de que esa línea se haya pasado y requetepasado durante las últimas siete navidades, hay que adoptar medidas drásticas.
    JC, gran chico, el mejor, coge el termómetro y se lo coloca en la axila. Dos minutos después, empiezo a pensar que el universo entero está en mi contra.
    —¿Lo ves? —y anuncia sonriente—: treinta y ocho de fiebre.
    Miro la temperatura por quinta vez y alucino.
    —¿Cómo lo has hecho? —le pregunto. Durante mis años de EGB, BUP y COU nunca logré nada parecido. ¡Ni tan siquiera rocé los treinta y siete!
    —Ya te lo he dicho: tengo un virus —contesta, y vuelve a la batalla online.
    JC es increíble… Y yo me siento fatal. Mirándolo fijamente, igual sí que tiene un poco de mala cara. ¿Cómo he podido dudar de él?
    —¿Quieres que te traiga un Frenadol? —le pregunto con un horrible sentimiento de culpabilidad.
    —No, que me atonta y pierdo reflejos —responde, enfatizando aún más el martilleo de sus dedos sobre las teclas—, y estoy a punto cargármelos a todos.
     Lo observo y de repente lo sé.
    ¡Hay truco! ¡Ha vuelto a escaquearse!
   ¿Pero cómo?
   
    (*) Estimados señores del Battelfield no-sé-qué: he pensado que podíamos dejar que el sentimiento navideño nos embargue a ambas partes y adoptar una tregua: ustedes no cuelgan ningún mapa nuevo hasta el siete de enero, y yo…, yo les estaré eternamente agradecida.
    ¡Ah! Y si pudiesen lanzar un arma especial o algo guay justo para el siete o el ocho de enero, mi agradecimiento ya sería infinito. Sí, coincide con el inicio de las rebajas… Pura casualidad…

¿Estás seguro?

JC, guapo, con lo listísimo que eres y lo mucho que te quiero..., ¿de verdad crees que es buena idea que vaya yo sola a comprar los regalos de navidad?


¡¡¡No, nada de amenaza!!! ¿Por quién me tomas?
Es únicamente una pregunta...
Y de lo más inocente...

sábado, 10 de diciembre de 2011

Teoría de una conspiración

    He quedado a comer con mi cuñado Javi, el hermano de JC, que aparte de ser un tipo estupendo, tener muchísimo estilo y llevar un corte de pelo divino, conoce a todo el mundo y me va a presentar al director de una supergestoría. ¡¡¡Bien!!!
    Sé lo que estás pensando. ¿Y la agencia de detectives? No, no lo he olvidado, que trabajar cerca de un 2.55 tiene que ser muy guay, pero no puedo dejar pasar ninguna posibilidad, y menos con Eduardo, mi jefe, al borde de la esquizofrenia.
    El restaurante está en la acera de enfrente. Miro mi reloj y veo que me da tiempo a comprar un periódico de economía; Javi me ha dicho que eso viste mucho y aporta seriedad y profesionalidad a cualquiera. Sí, lo sé, yo también creo que necesito un poquito de ambas cosas.
    Me acerco a un quiosco y echo un vistazo por encima.
   Mmmm…, no los veo. ¿Dónde están esos diarios?
    —Disculpe —le digo al quiosquero; espero un instante a que me mire…, y espero otro…, y espero otro más…, y continúo—: ¿No tienen algún periódico de economía?
    —Sí, están por ahí —señala un punto lejano en el horizonte, que abarca desde el este hasta el oeste, pasando incluso por el cielo y el subsuelo, y sigue leyendo el Marca.
    Hago un giro con el cuello que habría dejado a mi profesora de yoga alucinando y sigo sin localizarlos.
    —Perdone, pero no los veo —insisto, toda dulzura y educación.
    —Están ahí —y vuelve a marcar un arco de ciento ochenta grados con el brazo.
    La cosa no va bien, no. Abro mi bolso, cojo una piedra rosa que me dio mi madre hace unos días y que equilibra no-se-qué energías y se la lanzo a la cabeza.
    Mentalmente, por supuesto.
    En la realidad, la aprieto fuerte en mi mano y respiro profundo.
    —Si pudiera ser más —amable, simpático, considerado, educado, servicial, cortés…— concreto.
    El tipo levanta la vista del Marca y me mira con hastío.
    —“Ahí” —y dirige el dedo índice hacia un rinconcillo del mostrador—, significa “ahí”.
    —Gracias —contesto, satisfecha por el dominio de mis propios impulsos. ¿Para qué fingir contigo?; si fuese por mí le habría mandado al quinto pino, pero no puedo llegar a la cita con los nervios de punta y el aura llena de oscuros pensamientos.
     Me acerco al lugar que me ha señalado y…
    ¡Arghhhh! ¿Pero qué es eso?
    ¡¡¡Qué asco, por Dios!!!
    ¿Hacer algo así con un…, no sé ni lo que es, es legal?
    ¡Madre mía, si parece una… vaca! (*)
    Me estoy mareando, en serio… ¿Este tío se ha vuelto loco o qué?
   —Señora, disculpe —el quiosquero-depravado sale de detrás del mostrador y se acerca a mí con un pañuelo—. ¿Se encuentra bien?
    Trato de recuperar el equilibrio y lo miro con cautela.
   —Señorita —le corrijo con frialdad, pero de pronto me doy cuenta del error—: Señora, sí, y mi marido me está esperando justo en la esquina.
    —Bien, si quiere le aviso —y se acerca cada vez más, con el pañuelo en la mano.
    En mitad del mareo, mis súper-reflejos se ponen en marcha y veo lo que sucede con absoluta claridad.
    ¡Madre mía, seguro que tiene cloroformo y va a dejarme inconsciente! ¡Y luego me secuestrará y pedirá un rescate! ¡Y JC lo pagará, y yo me volveré a quedar sin mi 2.55 esta Navidad!
    —¡Quieto ahí! —le digo en voz alta. El hombre se queda paralizado—. ¡Ni se le ocurra acercarse o me pondré a gritar!
    —Señora, si quiere llamo a una ambulancia —y comienza a agitar el pañuelo, haciendo que llegue hasta mí una ligera brisilla.
   —¡Señorita! —le corrijo, por la fuerza de la costumbre, pero de nuevo mis súper-reflejos salen a relucir—. ¡Señora, sí! ¡Y no agite el pañuelo! ¿Cree que no me he dado cuenta de lo que pretende?
    ¡Pertenece a una mafia! ¡¡¡Con ambulancias y todo!!!
    —Señora, perdone pero no entiendo nada —y de nuevo inicia la marcha hacia mí.
    —¡Señorita! —insisto—. ¡Señora! —añado.
    —¿Lili? —oigo una voz a mis espaldas. Me giro y es Javi. ¡Salvada! —. ¿Estás bien? ¿Tienes algún problema con este hombre?
   —No, a mí no me meta, que yo sólo pretendía hacerle un poco de aire —contesta el quiosquero—. Se quedó muy pálida de pronto y empezó a gritar —y se lleva un dedo a la cabeza, en clara señal de locura—. ¡Está como una cabra!
    Me abrazo a Javi y le digo bajito, para que no me oiga el psicópata:
    —Ese tipo está loco y quiere secuestrarme y lleva un pañuelo con cloroformo y…
    —Lili —me interrumpe Javi, pero no le hago caso. Necesito que tenga toda la información, antes de que sea demasiado tarde.
    —… y va a pedir un rescate, pero en realidad es el jefe de una cuadrilla de mafiosos que controlan las ambulancias de la ciudad y están experimentando con un nuevo virus de una cepa rarísima y… —un momento…
    ¿Cómo sé yo eso? Levanto la vista hacia Javi, que me observa atónito.
    Despacio, los recuerdos se abren camino en mi cabeza…
    No puede ser…
    ¿Por qué me pasan estas cosas a mí?
    ¿¿¿Con lo normal que soy yo???
    Le hago un gesto de silencio con la mano a mi cuñado y comienzo a caminar hacia el frente. 
    —¡Señora! —exclama el quiosquero, con un ligero mosqueo en su voz —¿Tanto grito y no compra nada?
    —¡Señorita, cacho garrulo! —le grito, sin volver la cabeza y cogiendo cada vez más velocidad en mis pasos
    —¿Qué pasa? —pregunta Javi, que me sigue un metro por detrás—. ¿Llamamos a la policía?
    Mmmm…
    No…, no creo que sea necesario…
   Quizás la clave esté en no leer una novela de misterio y beberme media botella de chardonnay en una sola noche… Así no hay forma de distinguir entre una conspiración real y una imaginaria.

(*) Aclarar, ante ciertas dudillas suscitadas, que la revista que el quisoquero-depravado me indicó (probablemente por error, digo yo), lejos de ser de economía,  estaba orientada a un público un tanto especial..., ya sabes..., JC dice que eso se llama zoofilia... Llámame ignorante, pero yo no sabía que eso existía.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Casi, casi...

    JC está raro, pero que muy raro. Te contaré los hechos para que puedas juzgar por ti mismo.
   
    Hecho número uno:
    Martes, seis de la tarde. Estamos dando un paseo por Goya cuando lo veo. Es un flechazo de los de antes, de los de siempre: un flechazo de verdad.
    —¡Mira! —exclamo, y se lo señalo extasiada—. ¡Es precioso! —JC sigue la dirección de mi dedo y guarda silencio—. Necesito verlo de cerca —y tiro de él hasta llegar a una chica que empuja un carrito con un bebé y lleva el pañuelo más maravilloso que he visto nunca, en tonos ocres y turquesa—. ¿Tú lo ves bien? —le pregunto a mi novio en voz baja. No soy capaz de distinguir la etiqueta, ni el logo, ni nada.
    Quizás si me acerco un poquito más, con disimulo…
    —¡Oh, disculpa! —¡madre mía, casi me cuelo en el carricoche!
    —No te preocupes —responde la chica rubia, mirando embobada un montón de mantitas rosas que ocultan un bulto—. Es una niña. ¿Quieres cogerla?
    ¿Yo? ¿A quién? No se referirá al bebé… ¿Para qué quiero yo coger un bebé? Aunque quizás así vea mejor…
    —Mmmm…, sí bueno —y me pasa el bultito escurridizo. Trato de colocarlo como puedo y me centro en el pañuelo.
    Después de cinco minutos sin conseguir averiguar si es de Uterqüe o de Bimba y Lola (seguro que lo he visto en una de esas dos tiendas), JC me da un codazo.
    —Lili, guapa, devuélvesela —murmura y mueve la cabeza hacia la chica, que me mira con cara de susto.
    —¿Que le devuelva qué? —¡si lo tiene ella! ¡El pañuelo sigue en su cuello!
    La chica rubia estira los brazos hacia mí y…
    ¿Qué es esto que tengo pegado al cuerpo?
    Ups…, el bebé… Sí, mejor se lo doy…

    Hecho número dos:
    Miércoles, siete de la tarde. Vamos a comprar un regalo para Anestesia (ésta es otra historia; ya te la contaré mañana) (o pasado mañana) cuando lo veo en el escaparate de Uterqüe.
    ¡Es mi pañuelo! Oh, es aún más bonito de lo que pensé…
    ¡Te juro que si yo fuera pañuelo, sería justo ese pañuelo! ¡Lo quiero!
    No, eso no es suficiente; esa frase no transmite la intensidad de mis sentimientos. ¡La verdad es que lo necesito con desesperación! ¡No me imagino todo un invierno sin él!
    ¡Ni tan siquiera me imagino una hora sin él!
    —¡JC! —le digo a mi novio—. ¡No puedo vivir sin uno de esos! —y se lo señalo con la emoción pintada en la cara.
    ¡Eh! ¿Qué hace ahí ese crio? ¿No será capaz de coger mi pañuelo con las manos llenas de piruleta?
    ¡Ohhhhh! ¡Lo está dejando hecho una pena! ¿Pero dónde está su madre, por Dios?
    —¿Te lo puedes creer? —le pregunto a JC, que está un poco pálido. Siempre ha tenido mucha empatía con estas cosas.
    —No, la verdad es que no —y me arrastra lejos del escaparate. Hace bien, porque ese crío estaba corriendo un serio peligro…

    Hecho número tres:
    Viernes, hora de la siesta.
    —Lili, despierta —me dice JC, dándome un golpecito en el brazo.
    —Mmmmm…
    —Lili, guapa… —insiste. Me doy la vuelta y lo ignoro; para un puente que tiene una…
    —¡… y eres una madre de m….! ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhh!
    Abro los ojos de golpe y me incorporo. ¿Pero qué está viendo este chico en la tele? ¿Algo de Stallone?
    —Supernnany —me dice, sonriendo—. Un programa interesantísimo.
    —Vale, pero bájale la voz, que tengo sueño —contesto, amodorrada.
    —¿No quieres verlo? Para que sepas de qué va el asunto…
    —¿Yo? —le pregunto, sorprendida—. ¿Yo? —insisto—. No.
   —Siempre es bueno saber a lo que te enfrentas —contesta con tono misterioso—. Y conocer bien lo que quieres —añade, elevando el volumen de la tele.
    —¡JC, baja eso, por favor! —le pido a voces, que se pierden entre llantos y chillidos.
    ¿Ves a lo que me refiero? Mi novio ha perdido la cabeza...
    ¿Qué? ¿Cómo dices?
    ¡No…!
    ¿En serio crees que puede tratarse de eso? Espera, que voy a releer lo que te he contado…

    Eh… Sí, puede ser…
   ¿Qué hago, madre mía? Tanto poder en mis manos me sobrepasa, la verdad. Mejor ir con cuidado, que hay mucho en juego.
    —¿Sabes lo caro que es una guardería? —le pregunto con naturalidad—. Casi quinientos euros —es un decir; entre tú y yo, no tengo ni idea de lo que cuesta, pero JC tampoco.
    —Hay que pensárselo mucho, sí —contesta, prudente.
    —Sí, llevas razón. Y si multiplicas quinientos, o seiscientos, porque yo quiero una guardería bilingüe, por doce meses… —JC se queda blanco y lo veo pensando en números que se vuelven rojos y lo devoran.
    —Ya ves, comparado con eso, dos mil euros no son nada —y cruzo los dedos, con el corazón latiéndome muy fuerte…
    Mi novio afirma con la cabeza y de repente se queda inmóvil. Me mira y lo sé…
    He perdido.
    —¡Tú no quieres un bebé! —exclama, aliviado.
   —¡A lo mejor sí! —respondo, agarrándome a una última esperanza—. Pero me conformo con un 2.55.
    JC rompe a reír.
    Vaya…, con lo cerca que ha estado esta vez…

lunes, 5 de diciembre de 2011

¡¡¡ Yo dimito !!!

   —¡Lili, ha venido un vecino a traerte unas llaves! —me dice JC desde el dormitorio cuando abro la puerta de casa—. ¡Dice que las ha encontrado en el jardín!
   —¿Unas llaves? ¿De qué? —pregunto y me dirijo hacia la voz, que está quitándose la corbata (mmmm…, algún día te contaré lo mucho que me gusta cuando se quita la corbata).
    —De un piso, ¿de qué va a ser? —responde, riéndose.
   Ya, ya, ya… Me olvido de la corbata y me centro en la conversación.
   —¿Y por qué me las trae a mí? —no lo entiendo. ¿Soy “objetos perdidos” o qué?
  —Porque eres la presidenta, guapa —contesta—. Ya sabes, te presentaste voluntaria en septiembre y…
   Pero no sigue, porque llaman al timbre. Envuelta en oscuras meditaciones en torno a lo despacio que pasa el tiempo (¿hace sólo tres meses que tuve ese pequeño lapsus?; ¡venga ya!) abro la puerta.
    —¡Lili, me han robado! —chilla Monikey y se cuela en la entrada—. ¡Tienes que llamar a la policía!
    ¿Cómo ha podido pasar por un espacio tan estrecho? ¡Si sólo he abierto la puerta dos centímetros, por Dios!
    —Buenas noches, Monikey —la saludo cortés, manteniendo las distancias.
    —¡Nada de buenas noches, Lili! —entra en el salón y se deja caer en el sofá—. ¡Me lo han quitado todo! —levanta las manos al techo y recalca—: ¡¡¡Todo!!!
   —¿Todo? —pregunto dubitativa. No me quiero dejar llevar, que esta chica está muy loca, pero una ligera inquietud se abre paso en mí.
   —¡Todo¡ ¡Absolutamente todo! —apoya el brazo en el sofá y comienza a llorar.
   ¡Ay, madre!
   —¿Y por qué no has llamado a la policía ya?
   —Lo he hecho, pero no me hacen caso —dice en voz baja, entre suspiros y gemidillos.
   “No me extraña”, pienso para mí; seguro que tienen miles de millones de llamadas falsas y ahora no se fían.
   —¿No te extraña? —pregunta Monikey, mirándome con ojos llorosos…
   Ups. ¿Pienso en voz alta? ¿O esta pirada lee la mente?
   —No te preocupes, que llamo yo —y marco el 091. ¡Qué no se diga que no me entrego como presidenta!
   Tras unos segundos de espera, una voz de hombre contesta al otro lado de la línea.
   —Policía, ¿dígame?
   —Buenas noches, soy Lili Díaz, presidenta de la comunidad de propietarios de Granada 81 —respondo, el título lo primero.
   —¿Cuál es la emergencia? —me pregunta la voz, desprovista de todo sentimiento.
   —Han robado en casa de una vecina. Se lo han llevado todo —contesto y miro a Monikey, que asiente desde mi sofá.
   —¿Granada 81, me dice?
   —Sí
   —¿La vecina es Monikey Balonso?
   —Ahá —asiento—. Entiendo sus sospechas de falsa alarma, que Monikey es un poco especial —le digo al agente, bajando la voz—, pero esta vez va en serio.
   —Señora Díaz… —responde el agente.
   —Señorita —le corrijo.
   —Sí, lo que sea —continúa la voz—, lo siento, pero no podemos hacer nada.
   —¿Nada? ¿Cómo que no pueden hacer nada? —no me lo creo—. ¡Tengo a esta pobre mujer llorando a moco tendido en mi sofá porque se lo han llevado todo y me dice que no pueden hacer nada?
   —Señora Díaz, por favor…
   —¡Señorita! —¡que tío más torpe!
   —Bien, señorita, cálmese y…
   —¡Estoy calmada! —y añado—: ¡Muy calmada!
   —Bien… —oigo como el agente respira fuerte al otro lado y continúa—: Le he dicho a la señora Monikey Balonso que lo que tiene que hacer es cambiar las cerraduras, pero que no puedo mandar una patrulla de vigilancia porque haya perdido las llaves.
   Un momento… 
   ¡No, no puede ser…!
   —¿Ha perdido las llaves? —pregunto incrédula al teléfono y miro a Monikey—. ¿Sólo has perdido las llaves? ¿Eso es que se lo han llevado todo?
   Monikey asiente con la cabeza.
   —La llave de casa, la del portal, la del garaje, la del trastero…, todo…

   Media hora y media botella de chardonnay después, me siento mejor.
   —Yo dimito —le digo a JC, que me rellena la copa comprensivo y me pasa el plato de pistachos—. Mañana mismo.
   —No creo que puedas dimitir, cariño —responde acariciándome la espalda.
   —¿Y qué hago? ¡Porque yo acabo loca! —o psicópata; la idea de matar a Monikey empieza a tomar fuerza en mi cabeza…
   —Ya queda menos.
   —¡Queda un montón!
   —Bueno, lo que puedes hacer… —comienza JC, y se calla; me dirige una mirada maliciosa que me descoloca— …en la próxima junta…
  —¿Sí? —lo miro expectante.
  —Puedes volver a presentarte voluntaria —y se va corriendo hacia el dormitorio justo a tiempo de escapar de las cáscaras de pistachos que he tirado en su dirección.
   ¡No puedo creerme tan poca solidaridad!

jueves, 1 de diciembre de 2011

Esto es muy fuerte !!! Incluso para mí ...

    ¡Tengo una entrevista de trabajo! ¡Bien!
    ¿Que cómo puede ser? Ya, yo también me lo pregunto…
    Creo que es por mi perfecto dominio del inglés, y por mi amplia experiencia laboral, sin olvidar mi control absoluto del paquete Office y esas cosas. Y quizás también porque un amigo le comentó a mi padre en la panadería que su hija Bárbara iba a abrir un despacho de abogados, y una cosa llevó a la otra, y aquí estoy.
    —Lili, tú sé natural —me aconsejó mi progenitor anoche—, pero no demasiado, ya me entiendes.
    —Sí, Lili, y vístete de naranja, que es un color muy dinámico —añadió mi madre—. Y trata de no disgustarte hasta después de la entrevista, que acabo de limpiarte el aura.
    Los miré a los dos alucinando y me fui a casa inmersa en una profunda meditación: si hay algo raro en mí, la culpa es de ellos, eso fijo.   
    Ahora estoy esperando en el descansillo a que me abran la puerta y los nervios van a matarme. Bueno, quizás sería más exacto decir que estoy esperando a que la mano deje de temblarme para llamar al timbre para que me abran la…
    —¡Ups! —exclama una chica morena y bajita a mis espaldas—. ¿Habías llamado?
    —No —respondo indecisa—. Estaba a punto de hacerlo
    —¿Lili? —pregunta—. Yo soy Bárbara, pero puedes llamarme Barbi —me planta un par de besos en las mejillas—. ¿Me puedes sujetar el bolso mientras abro la puerta? Disculpa que llegue tarde, pero he estado en…
    Me apoyo en la pared mientras trato de que mi respiración recupere su ritmo normal. ¡Me ha dado un 2.55! 
    ¡Auténtico! 
    ¡Y rojo!
    —…y parece imposible que entiendan que una estantería en color blanco roto no es lo mismo que en blanco hueso…
    Continúa hablando pero yo no la escucho. Todos mis sentidos están puestos en el bolso y en cómo salir de allí corriendo con él sin que me pille.
    —… además de ser complicadísimo poner en marcha un despacho, la verdad, de modo que necesito gente de máxima confianza —¿qué hace?, ¿por qué está tirando de mi 2.55?—. Ya puedes devolverme el bolso, gracias —y me mira fijamente.
    —Sí, claro —respondo con el corazón encogido. ¡Qué poco dura la felicidad, pero qué poco!
    —Bien, Lili, si pasas a mi despacho podemos comenzar la entrevista.
    ¡No, no me pidas que te cuente la conversación! Comprenderás que no puedo tener un 2.55 delante y estar atenta a nada más, de modo que me pongo en modo off y lo miro…
    —¡Es fabuloso! —exclama Bárbara, trayéndome de vuelta a la realidad de golpe—. ¡Eres justo lo que buscaba!
    ¿Yo? ¿Habla de mí?
    —Derecho, contabilidad, dos idiomas —bueeeno, entre tú y yo: en un momento de optimismo añadí al currículum “francés, nivel medio hablado y escrito”. ¡Eh!, ¿por qué te ríes?; leo la edición francesa del Vogue y la entiendo perfectamente—… de modo que el puesto es tuyo.
    —¿¿¿Sí??? —la miro sorprendida y feliz. ¿Cómo es posible? ¡Debe de ser la influencia del 2.55, que me vuelve más profesional!
    Bárbara mueve la cabeza en un gesto de asentimiento. ¡¡¡Yupi!!!   
    —Comenzaríamos en enero, si consigo que me traigan el mobiliario y los equipos de escucha y grabación a tiempo —me informa y se pone de pie—. Siempre que no tenga más problemas con la licencia.
    ¿Licencia? ¿Qué licencia?
    —¿Colegiarte, quieres decir? —le pregunto, despistada.
    —No, la licencia de detective privado. ¿Cómo pueden tardar tanto en dármela? Tendré que hablar con papá, a ver si él puede agilizarlo un poco.
    —¿Detective privado? —no lo entiendo; ¿no es esto un despacho de abogados?
    —Agencia de investigación Barbi & Cia, ¿qué opinas? —pregunta mientras me acompaña hacia la salida—. Y el letrero en rosa, por supuesto.
    —Sí… —murmuro bajito. ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado aquí?
    Un momento…, ¡igual no es la Bárbara hija del amigo de mi padre, igual es otra Bárbara! ¡Madre de Dios, me he equivocado de entrevista!
    —Te llamaré la próxima semana para firmar el contrato. Y dale recuerdos a tu padre —no, no me he equivocado; me empuja sutilmente hasta la puerta, me planta dos besos en las mejillas y cierra tras de mí.
    ¡Esto es muy fuerte!
    Mientras bajo en el ascensor, busco el teléfono y marco el número de mi padre.
    —¿Lili? —pregunta al otro lado de la línea—. ¿Ya has salido de la entrevista? ¿Qué tal?
    —Sí, ya he salido y ha ido bien, ¿pero tú no me dijiste que era un despacho de abogados? —le digo, todavía flipando.
    —Sí, un despacho —responde, y oigo la voz de mamá de fondo—. Dice tu madre que de qué color te has vestido.
    —A ver, papá, ¿un despacho de qué? —insisto.
    —De lo que son todos los despachos, de lo tuyo…, espera…, tu madre dice que el azul también va bien con tu aura —me separo el teléfono y lo observo. No parece que él tenga la culpa, de modo que lo apago y lo guardo en el bolso.
    ¿Y ahora qué? ¿Lili, investigadora privada?
    JC no se lo va a creer…
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