lunes, 30 de enero de 2012

Y todo por una camiseta... ¡¡¡ de los Ramones !!!

    Sábado 28 de enero, 11 de la mañana.

    JC ha ido un rato al despacho y yo estoy dando un paseo virtual por los foros de moda cuando de repente las veo.
    Doy un grito ahogado y casi me caigo de la silla de emoción. ¡Las camisetas de los Ramones han vuelto!
    ¡Madre mía, no me lo puedo creer: la vida me ofrece una segunda oportunidad cuando ya había perdido toda esperanza!
    Pero tengo que darme prisa. No hay muchas y me consta que no soy la única que esperaba su regreso…

                                                                               * * *

    Sábado, 28 de enero, 5 de la tarde.

    Me desperezo sigilosa en el sofá debajo de la manta y decido actuar con rapidez. Saco un pie, luego el otro y los pongo en el suelo. Contengo la respiración y miro a JC, que sigue durmiendo. Me incorporo despacio y voy al dormitorio; me pongo unos vaqueros y un jersey, rodeada del silencio más absoluto, cojo el bolso y vuelvo al salón. Sólo me falta sacar el abrigo del armario de la entrada y…
    —¿Adónde vas? —pregunta una voz somnolienta a mis espaldas.
    —¡Ahhhh! —¡por Dios, que susto! Me giro y veo a JC dar un respingo.
    —¿Por qué gritas?
    —¡No puedes darme estos sustos! —contesto, aún aturdida por la impresión—. ¡Me quitas segundos de vida!
    —Pero si sólo te he preguntado dónde vas —responde un poco mosqueado. Uy, uy, que mal despertar de la siesta tiene a veces…
    —A dar una vueltecilla —contesto como si tal cosa mientras me pongo el abrigo y las botas.
    —Si me das cinco minutos me voy contigo —y se levanta de un salto del sofá.
    ¡No!
    —Bueno, voy a andar mucho y eso —¿por qué quiere venirse conmigo justo hoy? —, de tiendas, rebajas, con gente en todos sitios…
    —¡Ya casi estoy! —grita desde el dormitorio.
    —…y empujones, y codazos, y… —¿qué más?— mucha gente, muchísima gente, gente por todos lados —y sentencio—: Más gente que nunca.
    —Me pongo las zapatillas y nos vamos —contesta sonriente.
    Vale, lo asumo: JC se viene conmigo.

                                                                          * * *

     —¿Qué estás buscando? —pregunta mi novio cuando llevamos quince minutos dando vueltas entre percheros.
    —No sé, nada en concreto… —contesto con naturalidad, aunque mi cerebro no deja de funcionar buscando una solución para alejarlo de la tienda un ratito—. Quiero verlo todo para hacerme una idea; creo que me llevará una hora o quizás más.
    —¿Una hora? —JC me mira espantado—. ¿En una sola tienda?
    Asiento con la cabeza: esa mirada me ha marcado el camino.
    —Puedes esperarme en el Vips —insinúo—, con un periódico o una revista de golf.
    —No, no importa —y me sigue a medio metro, trasteando con el iPhone —. Mientras reviso los correos —    ¡jooooo!; ¡no puede ser! —. Aunque no hay mucha cobertura aquí. Voy fuera un momento, pero vuelvo rápido.
    —¡No! —exclamo—: No hay prisa —y feliz veo cómo se aleja hacia la salida.
    ¡Bien!
    Ahora sólo necesito localizar las camisetas, encontrar una de mi talla y pagar. ¡Vamos allá!
    Cinco minutos después estoy en la cola de caja, con unas quinientas personas por delante y una pelirroja que no me quita ojo. Hemos mantenido un duelo a muerte junto a las camisetas y yo he sido más rápida: las he cogido todas y no las he dejado hasta que he encontrado una de mi talla, la última que quedaba. ¡Ja, conmigo no se juega! ¡Hay ciertos terrenos en los que soy invencible y si se trata de …
    —¿Ya has elegido algo? —pregunta JC a mis espaldas.
    —¡Ahhh! —¡me va a dar un infarto!
    —¿Qué te pasa? —se pone frente a mí y me mira de forma rara.
    —¡Es que me hablas a traición! —respondo alterada mientras trato de esconder mi presa entre el bolso y el brazo.
    —¿Qué es eso? —señala con la mano el bulto negro que no pienso soltar pase lo que pase: la chica pelirroja sigue al acecho.
    —Una camiseta para yoga —contesto.
    Entre tanta pregunta insidiosa de JC y las miradas codiciosas de la pelirroja me estoy poniendo histérica.
    —¿Por una camiseta vas a hacer toda esta cola? —y señala las ahora dos mil personas que tengo delante. Sospecho que mientras hablábamos alguna que otra se me ha colado.
    —No tengo prisa —contesto con ligereza. Sé que está a punto de derrumbarse; cruzo los dedos y contengo la respiración.
    —Ya… Bueno, quizás sí que te espere en el Vips —dice JC mientras observa agobiado la cola de gente que casi no se mueve.
    —Claro que sí —le animo—. Pero no vuelvas, que no merece la pena—, mejor dejar las cosas claras…—. Cuando pague voy para allá.
    —Vale —responde, con el alivio en los ojos. Me da un beso despistado y se marcha.
    ¡Yupi!
    Veinte minutos después estoy pagando la camiseta de los Ramones. ¡Al fin es mía!
    ¿Cómo dices?
    ¿Que por qué tanta intriga con JC?
    Bueeeno, mi novio es un poco especial en este punto. Cada vez que nos cruzamos con una chica que lleva una de estas camisetas la critica de una forma espantosa. No te lo creerás, pero hace medio año, en un paso de cebra, le preguntó a una rubia monísima (que, por cierto, la había combinado con una minifalda vaquera y unas botas color cámel; iba guay, en serio)…
    ¿Qué te estaba contando? ¡Ah, sí!: le preguntó a la pobre chica que si conocía alguna canción de ellos. La rubia lo miró alucinando y JC le dijo (casi, casi, podríamos decir que le gritó un poquito) que ya estaba bien de tanta tontería. Creo que es uno de esos grupos que lo marcó en su juventud y… En fin, que considera que nadie es digno de llevarla (ni siquiera él, que tiene una de un concierto de los ochenta y la guarda como si fuera una reliquia) y se mosquea una barbaridad porque se ha puesto de moda.
    Y como yo soy una chica muy a la moda pero de lo más pacífica, ¿qué quieres que haga? Es obvio, sí: comprarme la camiseta sin que se entere JC.
    ¡Y ya la tengo! ¡¡¡Bien!!! La pelirroja me dirige una mirada de envidia. Le dedico una sonrisa radiante y hago el signo de la victoria con los dedos. No, no digas nada: eso no me hace menos pacífica.   
    Salgo a la calle y todo se intuye diferente. El sol brilla más, las nubes han desaparecido y el aire parece menos contaminado. Veo a un tipo con el pelo largo y una chupa con cremalleras al lado de una moto y estoy a punto de acercarme y charlar con él: ¡tenemos tantas cosas en común que se quedaría alucinado! Pensarás que no es más que una camiseta, pero yo sé que es uno de esos momentos que cambiarán mi vida: ¡a partir de ahora todo mi vestuario de fin de semana girará en torno a ella!
    Observo de nuevo al hombre de la moto para tomar nota mental de lo más básico: necesitaré una cazadora de cuero, unos vaqueros más desgastados, unas botas con tachuelas…  ¡Madre mía, necesito un fondo de armario completamente nuevo! Hasta puede que me anime y escuche una cancioncilla de los Ramones, que a mí el rock siempre me ha gustado.
    ¿Qué dices? ¿Cómo que no son rockeros? ¿Banda de punk?
    Sí, claro, a eso me refiero: a mí siempre me ha gustado el punk. Mucho. Muchísimo, diría yo.
    En cuanto a cómo se lo explicaré a JC cuando me la vea puesta…
    Eso…, ya lo pensaré mañana (*)

    (*) Puedo prometer y prometo que si Scarlett O´Hara no se hubiera adelantado, esta frase sería mía.
   

martes, 24 de enero de 2012

Dependiente cruel - Lili. Segundo asalto


   

    Lunes 23 de enero de 2012, 10:00 AM.
    Calle Ayala, número xx.

    Agencia de detectives Barbi & Cía.
Tercera foto de las carpetillas
después de que JC criticase sin piedad
las dos anteriores.
J, guapo, sabes cuanto valoro tu opinión
pero si ésta tampoco te gusta, te aguantas :-P

    Por ahora, nada de Barbi; sólo estoy yo. Y las carpetillas color vainilla, claro. Después del disgusto del viernes pensé que sería incapaz de verlas y no sufrir un infarto, pero hoy me encuentro mejor: el fin de semana me ha relajado el ánimo.
    Ya, sé que no te he contado mi reencuentro con el dependiente cruel y el cambio de las carpetillas rosas por éstas, pero no soy una chica de tacos-insultos-palabrotas y es imposible que te lo narre y no se me escapen unos cuantos (miles). Sólo te diré que salí tan indignada que ni tan siquiera la segunda reclamación que puse y en la que volqué todo mi cabreo consiguió calmarme (no creo que nunca jamás pueda escribir algo parecido, con tanta rabia y tanto sentimiento; de lo mejorcito que ha salido nunca de un bolígrafo, estoy segura).
    Cuando volví a la agencia Barbi ya no estaba, de modo que aún no ha visto…
    —¡Oh, que horror! —exclama la voz de mi jefa a mis espaldas—. ¿Qué es eso?
    ¡Madre mía, qué susto! ¿Cómo ha entrado? Me giro y la veo, con un traje de pantalón marrón chocolate y una camisa rosa. Y mi 2.55 rojo colgando indolente de su brazo. ¡Si Coco levantara la cabeza se lo quitaba de un tirón y me lo daba a mí! ¿Rosa, marrón y rojo? Venga ya, ni siquiera…
    —¡Lili, son feísimas! —dice con voz aguda—. No puedo con algo así a mi alrededor —¿de qué habla?—. Eso no es color vainilla, es color… terrorífico.
    No puede ser… Separo la vista del 2.55 y la dirijo hacia sus ojos, que están fijos en las carpetillas.
    Uy, uy, uy…
    —Pero son color vainilla, Bárbara —le digo, manteniendo la calma.
    —No, eso no es color vainilla —niega con la cabeza—. El color vainilla es mucho más claro, más suave, más chic. ¡Eso parece amarillo pollo! —se retira un mechón de pelo amarillo pollo de la frente (sí, mi jefa es rubia de bote, y no al estilo Marilyn; se acerca más al tono Belén Esteban) y vuelve a mover la cabeza de derecha a izquierda—. ¡No, no y no! ¿Qué pensarán nuestros clientes cuando vean esta monstruosidad? —mmm…, ya…, clientes, sí… —. Tienes que volver a la papelería y cambiarlas por las rosas —¿qué?— ¡Venga, ve cuanto antes, no vaya a ser que llegue alguien y no tengamos las carpetillas preparadas! —¿¿qué??—. ¡Lili, por Dios, que no tengo todo el día para esto! —¿¿¿quéeeeeee???

                                                                        * * *
   
     Miro a través del cristal del escaparate y lo veo: ahí está, el puñetero dependiente cruel detrás del mostrador.
    Respiro profundo y abro la puerta de la papelería con el hombro, mientras intento que los 20 kilos de cartulina color lo-que-sea no se me caigan al suelo. A veces la rabia me hace ser increíblemente fuerte y equilibrada: aunque sudando y con el bolso arrastrando por el suelo, lo consigo y coloco las carpetillas encima del mostrador con un golpe seco.
    —¿Puedo ayudarla, señora? —me pregunta el puñetero dependiente cruel con una sonrisa falsa.
    —Señorita, si no le importa —que no se diga que no lo intento; soy una chica educada—. Quería cambiar estar carpetillas por las rosas —y le entrego el ticket de compra; cuanto antes acabe esto, mejor. Sin conversación, sin tacos, sin insultos… Todo muy civilizado.
    —De acuerdo —coge el ticket y lo observa; lo deja al lado de la caja y me pregunta—: ¿Qué tipo de rosa quería?
    —El que me llevé el viernes, una especie de rosa raro…, profesional —contesto sin apartar mis ojos de los suyos. Él me mira impasible, los ojillos indiferentes y una cierta curvatura en sus labios de prepotencia infinita.
    —No recuerdo haberla atendido el viernes —contesta, y se gira para coger las carpetillas—. Tenemos estos tonos de rosa, señora…
 
                                                                            * * *

    —No lo entiendo, guapa —dice JC, mientras me tomo una tila doble y un lexatín—. ¿Cuál es la urgencia? ¿Las carpetillas? ¿Me has sacado de una reunión para que cambie estas carpetillas por otras? —afirmo con la cabeza—. ¿Y tú no puedes hacerlo?
    —No —murmuro.
    —¿Por qué? —me pregunta, con la incomprensión pintada en su cara.
    Uf…
    —Verás, hay un dependiente cruel… —comienzo, y bebo un sorbo de tila—… que igual te comenta algo de una chica que se ha puesto un pelín nerviosa y le ha dado un empujoncillo de nada y lo ha estampado sin querer contra…
    JC abre los ojos alucinado.
    —¿Has sido tú? ¿Te has peleado con un dependiente por unas carpetas?
    —¡No, claro que no! —¿cómo voy a hacer yo algo así?
    Ha sido porque se ha empeñado en llamarme señora…

viernes, 20 de enero de 2012

De rosas, carpetillas y mala gente

    —Buenos días, Lili —me saluda Bárbara cuando llega a la oficina a las once de la mañana.
    —Buenos días —contesto y busco el 2.55 con la mirada.
     ¿Dónde está? No lo veo.
    ¿Se lo habrá dejado en el coche? ¡Esta tipa no se merece un bolso así, cómo puede abandonarlo en…?
    ¡Madre mía, y si ha venido en autobús? ¡Será imposible recuperarlo! ¡¡¡O en metro!!! ¡Por Dios, igual ya lo está vendiendo un mantero mezclado con imitaciones cutres!
    —Bárbara, ¿tu bolso? —consigo preguntar, con el pulso acelerado y el corazón a punto de escaparse de mi cuerpo. ¡Ese 2.55 tiene que volver a mi vida! ¡Tendremos que contratar a un detective para encontrarlo!
    ¡¡¡No, nada de contratar, que mi jefa es detective!!!
    ¡Vale, estoy perdiendo la cabeza, dónde…?
    —Aquí —contesta y me enseña un Miu Miu celeste—. Ven a mi despacho, que hay que ultimar el asunto de las subcarpetas.
    —Voy —contesto, con la decepción abriéndose paso en mi ánimo. ¿Cómo voy a pasar todo un día sin verlo? Tengo que revisar mi contrato; me suena que había una cláusula al respecto.
    Cojo una libreta y un boli y quito la página de ForoVogue de la pantalla del ordenador. ¡Eh!, no me llames vaga; es que no tengo nada que hacer. No hay clientes, no hay expedientes, no hay jefa hasta media mañana… ¡No hay nada!
    —¡Lili! —me llama Bárbara—. ¿Te has perdido por el camino? —y suelta una carcajada. Mmmm, chistosilla…
    —Ya estoy —contesto, sentándome en una silla al otro lado de su mesa de al menos una hectárea de superficie.
    —Lo he pensado mucho y detenidamente —comienza—, y he decidido que las subcarpetas sean rosas —¿en serio ha pensado mucho?; yo se lo habría dicho en dos segundos—. Pero no un rosa cualquiera. Nada de rosa pavo, ni rosa palo, ni rosa salmón, ni fucsia, ni rosa bebé, y ni pensar en un rosa fuerte —gira la cabeza y me mira fijamente—. Quiero un rosa profesional.
    Vaya… Es increíble, tratándose del color rosa, pero no tengo ni idea de a lo que se refiere.
    —Vale, rosa profesional —apunto en mi libreta.
   —Creo que con doscientas tendremos para empezar —añade y me pasa la tarjeta de crédito de la empresa. Ya…, doscientas… Sí, creo que a este paso igual nos duran un milenio.

                                                                     *  *  *

    He preguntado en cinco papelerías y no tienen subcarpetas de color rosa. Después de llamar al 118no-sé-qué y pedir la dirección de más papelerías cercanas, asumo lo inevitable: tendré que volver a la del primer día, con aquel dependiente tan antipático que se empeñó en llamarme señora, a pesar del aspecto tan…, tan joven que tengo.
    Me consuela el pensamiento de que no se acordará de mí y entro con paso decidido.
    —¿En qué puedo ayudarla, señora? —me pregunta el muy puñetero, que se ha materializado a mi lado en plan X-Men (*).
     —Señorita —le corrijo con calma; nada de alterarme—. Estaba buscando subcarpetas rosas.
     —¿Cafeteras rosas? —me pregunta, de lo más inocente.
     Es obvio: se acuerda de mí.
     —Subcarpetas —le clavo una mirada de advertencia, ya sabes, del tipo “cuidadito conmigo”.
    —Sí, claro, subcarpetas —me observa con ojillos hostiles—, rosas.
    —Eso es —confirmo, y contengo la respiración.
    —Sí, tenemos de varios tonos —dice y se gira para buscarlas.
    ¡Bien! Lo observo mientras rebusca entre montones de carpetillas de cartulina y de repente presiento que nos vamos a llevar genial. Sí, hemos tenido un mal comienzo, pero creo que lo superaremos y dentro de unos años, cuando nos tomemos un café y…
    —Aquí tiene, señora —y me muestra cinco tonos de rosa.
    No, nada de amistad. Ese “señora” ha sonado a declaración de guerra. ¡Será posible!
    —Señorita —le insisto. ¿Está sordo o qué?—. ¡Señorita! —recalco elevando la voz, por si acaso sí que está sordo.
     Me centro en las subcarpetas y…uf, no sé. Hay una fucsia, una rosa salmón, una rosa clarito, una rosa normal y una rosa coral. Cierro los ojos y hago memoria, pero no recuerdo que en ningún artículo de Vogue de los últimos quince años se hablase de un rosa profesional.
     Las vuelvo a mirar y no me dicen nada. Esperaba que alguna de ellas destacase del resto y se mostrase seria, capacitada y competente pero no, por mucho que las observo no dejan de ser carpetillas rosas. Bonitas, sí; profesionales…, buf, ahí está mi duda…
     —¿Cuál le parece más profesional? —le pregunto al dependiente, llevada por la desesperación.
     A pesar de estar frente a mí, consigue torcer el cuello y mirarme por encima del hombro con aire de superioridad.
     —Ninguna —responde, conciso.
     —¿Ninguna? —¿cómo que ninguna?, ¿qué respuesta es esa?—. ¿Por qué?
     —El rosa no es profesional —se da la vuelta y coge una subcarpeta en tono vainilla—: Esto es profesional —me la ofrece con una sonrisa—, señora.
     ¡Y dale! ¡Pero que mala persona, por Dios! ¡Ni Anastasia es tan bicho!
     —Señorita —mascullo entre dientes, mientras trato de controlar a la bestia que comienza a despertarse—, y necesito carpetillas rosas profesionales.
     —El rosa no es profesional —insiste.
     Ya…
     —¿¿¿Y??? —le pregunto a gritos—. ¡Mi jefa quiere carpetas de color rosa profesional! ¡Me importa un pimiento que a usted no se lo parezcan, porque es obvio que tiene un gusto horrible! —señalo la carpetilla vainilla a modo de ejemplo—. ¡Y no me llame señora, que todavía no he cumplido los treinta y tantos y no estoy casada! ¡Y quiero la hoja de reclamaciones! —se va a enterar; me voy a explayar. ¡Voy a escribirle una novela en esa puñetera hoja! —¡Y me llevo doscientas carpetillas de éstas! —elijo un rosa al azar; ¡a tomar viento! ¡No salgo de aquí sin mis carpetas, y si yo no sé si es profesional, Bárbara tampoco puede saberlo!
 
                                                                        * * *

     —No me convencen, Lili —dice Bárbara cuando vuelvo a la oficina, completamente histérica y cargada con al menos veinte kilos en cartulina rosa. Las vuelve a mirar y niega con la cabeza—. No, definitivamente no; tienes que devolverlas —de repente su mirada se ilumina—. ¡Oh, ya sé! —se levanta emocionada—. ¿Qué opinas del color vainilla?
    No lo dirá en serio…
    —No —respondo muy seria.
    —¡Sí, mejor en un tono vainilla, ya sabes… —que no lo diga, porque no respondo de mí…—: profesional! —me hace gestos con el brazo—. ¡Corre, ve a cambiarlas cuanto antes!
    Me levanto en estado de shock, me pongo el abrigo, cojo el bolso y salgo por la puerta con los veinte kilos a cuestas.
    ¿Por qué me pasan estas cosas a mí?
    ¿¿¿Por qué???
   

     (*) JC dice que existe un X-Men con este poder, el Rondador Nocturno. De vaqueros Diesel, vestidos de Maje y botas uGG no sabe mucho, pero de superhéroes se lo sabe todo :)

martes, 17 de enero de 2012

Retorno al mundo laboral, ¡¡¡ bien !!!

    —¡Lili, esto es justo lo que necesitas! —exclama mi madre, poniéndome una camiseta de listas verdes y lilas en el brazo a la vez que me arrebata de un tirón una blusa blanca preciosa.— Y suelta esta camisa, cariño, que tienes mil iguales y tu aura se aburre.
    La miro con incredulidad.
    —¿Quieres que me disfrace de duendecillo? —pregunto con ligera ironía—. Y no tengo ninguna camisa como ésta —añado, recuperándola del montón de ropa arrugada dónde la ha dejado. Que algo así lo diga JC tiene un pase, pero que lo diga mi propia madre es terrible —: ¡Por Dios, mamá, que es de manga francesa!
    —¿Como la que llevas hoy? —pregunta y me lanza una falda naranja que de ningún modo pienso coger; me aparto y la dejo caer al suelo mientras echo un vistazo a la camisa que llevo puesta.
    Vale…, es blanca…, y mmmm…, sí, de manga francesa…, pero dejando eso al margen, ¡no se parecen en nada!
    ¡Ups! Me llaman al móvil.
    Lo rescato del fondo del bolso y miro la pantalla.
    —¡Es Bárbara! —le digo a mi madre, que rebusca en un perchero lleno de pantalones color frambuesa.
    —¿Qué Bárbara? —me enseña un par de mi talla—. Estos te los regalo yo, cariño.
    —Ya sabes, Barbi, la hija del amigo de papá —mi madre me mira fijamente y vuelve a buscar en un remolino de colores—: ¡La de la agencia de detectives! —aclaro, emocionada.
    —Creo que has engordado un poquito esta Navidad, y te sienta muy bien, pero mejor te cojo una talla más.
    —¡Mamá! —esto es demasiado—. ¡No he engordado! —bueeeno, quizás un kilillo, ¿pero quien no lo hace en vacaciones? Además, eso ahora es lo de menos—: ¡Me está llamando Bárbara!
    —No, cariño, ya no —responde, y se dirige hacia una montaña de jerséis amarillos.
    ¿Qué?
    ¿Me ha colgado?
    ¿Por qué? ¡Si sólo ha sonado un par de veces, o tres como mucho!
    Voy a llamarla.
    —¿Bárbara? Soy Lili. Disculpa que…
    —¡Lili, cómo estás? —me interrumpe—. Yo muy liada, nadie hace nada de lo que necesito y como lo necesito. Y el señor de las estanterías es el peor: ¿desde cuándo un tono caoba es lo mismo que un tono nogal? —¡por Dios, desde nunca!; pero no me da tiempo a responder—. Te espero en la agencia en media hora para firmar el contrato. Necesito poner todo esto en marcha y…
    ¿Firmar el contrato? ¿En serio? Me apoyo en la pared aturdida por la impresión.
    ¡¡¡Es increíble!!! ¡Y eso que a ella le envié el currículum incompleto! (en una versión nueva y mejorada, inspirada por mi reciente encuentro con Loli-llámame-Lola, he añadido conocimientos básicos de japonés. ¡No, no me llames mentirosa: me encanta el sushi y el sake! ¡Oh!, y tengo un baúl chino en el salón, eso también cuenta, ¿no?)
    —… tengo preparada una lista de tareas pendientes, de modo que cuanto antes llegues mejor.
    —No te preocupes, en media hora estoy ahí —¡bien!
    Busco a mamá con la mirada y la veo cargada de bolsas.
    —Me tengo que ir —le digo feliz—. ¡Tengo trabajo!
    —¡Cielo, eso es maravilloso! —exclama emocionada—. ¿Qué trabajo, cariño? ¿Y cuándo empiezas?
    —¡Mamá! —me indigno—. ¿No me escuchas? —¡cuando JC me haga esta pregunta, le diré que la culpa es de mi madre y que lo llevo en los genes; que lo hable con ella!—. Era Bárbara, la hija del amigo de papá, ¡y empiezo ahora mismo!
    —No, no, no —responde mi madre, espantada—. No puedes ir así; tienes que cambiarte para transmitir optimismo y… —rebusca en una de las bolsas y saca unos pantalones verdes y un jersey celeste.
    Me giro y echo a andar a buen ritmo. Vuelvo la cabeza y le lanzo un beso.
    —¡Luego te llamo! —grito, cuando estoy fuera de su alcance. De ningún modo voy a aparecer mi primer día de trabajo como si me hubiera escapado de un circo mientras me fumaba un… algo.

* * *

    Una hora después estoy en el despacho de Bárbara y he firmado el contrato y una cláusula de confidencialidad larguísima (¡qué guay, seguro que tenemos clientes famosos!), todo bajo la atenta mirada de su 2.55, que preside la estancia cómo si de un monarca se tratara. 
     ¿Cómo dices? ¡No, claro que no le he hecho ninguna reverencia! Mmmm…, bueno, puede que quizás una pequeñita al entrar; pero tendrías que verlo, tan acolchado y tan rojo y tan bonito y tan… ¡de Chanel!
    —Ésta es la lista de lo imprescindible para empezar a funcionar, y aquí tienes una tarjeta del despacho —dice Bárbara al tiempo que me pasa una libreta rosa de Ordnin&Reda y una tarjeta de crédito en una funda de Salvador Bachiller. ¡Vaya!—. Cuando vuelvas, empezaremos con los expedientes.
    Podría llevarme el 2.55, para airearlo un poco y…
    —¿Llevarte qué? —me pregunta Bárbara.
    ¿Desde cuando pienso en voz alta?
    —Mi bolso, ya sabes —murmuro. Empiezo a retirarme y me despido con desenfado. De Bárbara, por supuesto. Del 2.55 me despido como si no fuera a verlo nunca más. Nunca se sabe lo que puede ocurrir durante mi ausencia: un incendio, un robo…
    ¡Madre mía, lo tendrá asegurado? ¿Habrá una caja fuerte para guardarlo en caso de necesidad? Si hace falta, estoy dispuesta a defenderlo con mi vida. ¡Haría lo que fuera por él! ¡Ni una pandilla de cientos de miles de atracadores podrían conmigo! Lo único que me preocupa un poco es el color: con tanta cosa rosa que tengo no me pega. Es obvio que necesito renovar mi vestuario centrándome en el rojo como punto de partida. Mmmm…, igual le escribo una carta a Amancio Ortega para que saque una línea especial con el rojo como el nuevo negro de la temporada. ¡Sí, qué buena idea! Ya, ya sé que se ha jubilado o algo así, pero seguro que sigue mandando y fijo que comprende mi situación…
    Entro en la primera papelería que encuentro.
    —¿Puedo ayudarla, señora? —me pregunta un dependiente.
    —Señorita —le corrijo—. Necesito todo esto —y le paso la libretita con la lista de material.
    El chico le echa un vistazo y me la devuelve, negando con la cabeza.
    —No tenemos nada de eso —me dice.
    —¿Nada? —¡venga ya!, que necesito volver rápido a la oficina para echarle un ojo a mi bolso… de Bárbara—. ¿Nada de nada?
    —Nada, señora —confirma y se gira para atender a otro cliente.
    —¡Señorita! —le corrijo de nuevo. ¡Y vaya asco de papelería, que no tienen de nada!
    El chico se gira y me mira retador. Oh, oh…, creo que he vuelto a pensar en voz alta.
    —¿Sabe lo que es una papelería? ¿Y sabe lo que vendemos aquí —me pregunta—, señora?
    —¡Señorita! —uy, uy, uy, me estoy mosqueando…—. ¡Y por supuesto que lo sé!
   —¿Y realmente esperaba encontrar una cafetera, cápsulas no-se-qué, toallas y no sé que más tonterías?
    —¡Claro que no! —respondo, alterada. ¿Este tío se cree que soy tonta o qué?
    —¿Ha leído la lista —y añade, para rematarlo—, señora?
    Ups…
    Bajo la vista y lo hago:
    “Máquina Nespresso, cápsulas Volluto y Capriccio, cinco toallas de lavabo color malva y cinco color beige (de Zara Home), dos juegos de escritorio de Salvador Bachiller (uno en tono rosa para mí; el otro es para ti, elige el color, pero nada de amarillo), (ni de naranja), (ni marrón), cuatro tazas de café (¡que no sean de los chinos!) y alguna cosa que quede bonita en la oficina. Barbi.”
    ¡Madre mía, he encontrado el trabajo de mis sueños!
    Levanto la mirada y ahí está, el dependiente, esperando con una sonrisilla de superioridad en los labios. No pasa nada, sólo tengo que salir de aquí con dignidad, y a mí de eso me sobra.
    —Señorita —le digo con calma y me doy la vuelta, como una diva de los años cincuenta, aunque echo en falta una falda vaporosa y el gorro de lana no me deja dar un golpe de efecto con el pelo—. Nada de señora; se-ño-ri-ta.
   Y me marcho, toda digna y feliz.
    ¡De compras! ¡Y me van a pagar por ello!
    ¡¡¡Bien!!!

jueves, 12 de enero de 2012

¿Celos yo? De eso nada... Pero nada de nada.

    ¡He quedado con mi hermana Sofi y nos vamos de rebajas, bien! Y lo tengo todo perfectamente planificado para no perder la cabeza: llevo una lista de lo que voy a comprar dividida en tres apartados, de mayor a menor importancia (cosas imprescindibles, cosas absolutamente necesarias y cosas sin las que no podría vivir), una ruta con las tiendas clave (¡el año pasado me olvidé de Etxart y Panno!; aún me duele cuando mi hermana me lo recuerda) y un par de barritas de cereales.
    ¡Va a ser un día glorioso! Hoy voy a dar lo mejor de mí; voy a recorrer cada rincón de cada tienda, cada perchero, cada montón de ropa y no voy a desistir, por mucha adolescente inexperta que se interponga en mi camino. ¡Me siento como Juana de Arco dirigiendo un ejército frente a…
    —¡Lili!
… frente a quien fuese! ¡O como el capitán Alatriste en una de sus…
    —¡Lili!
… batallas! ¡Estoy armada con mi tarjeta y soy peligrosa! ¡Nada podrá detenerme!
    —¡Lili! —una chica rubia y delgada se acerca corriendo—. ¡Que casualidad verte también a ti precisamente hoy! —y me lanza dos besos—. ¿Cómo estás?
    Me suena de algo, pero no consigo situarla…
    —Bien, ¿y tú? —respondo mientras trato de hacer memoria.
    —¡Divina! —exclama—. Acabo de tener la última entrevista con JC y me ha confiado que, aunque aún tiene un par de candidatas más, el puesto es prácticamente mío. ¿Qué te parece? ¡JC y yo juntos de nuevo, como en los viejos tiempos!
    ¡Vaya! De pronto, a través de las lentillas azules y el rubio de bote, la reconozco.
    —¿Loli? —pregunto, para mayor seguridad.
   —¡No, cielo, llámame Lola, que Loli es muy… ordinario! —y se quita de la frente un mechón de pelo con un gesto tan pijo que me deja sin aliento.
¡Madre mía, si la viese JC ahora no la reconocería! En vez de zapatillas de deporte lleva unos tacones de al menos 8 cm y ha cambiado el vaquero roto por una falda de tubo ideal (¡tengo que apuntarla en mi lista!).
    Un momento… ¿Qué ha dicho de JC?
    —¿Qué haces por este barrio? —y añado, como si tal cosa—: ¿Has visto a JC?
    No es que me importe. Loli-llámame-Lola es una antigua amiga de JC, de la época anterior a que yo lo conociese. Y sí, puede que estuviesen saliendo un tiempo. Y sí, puede que la dejase al conocerme. Y sí, puede que ella lo acosase un poquito, con cartas un pelín dramáticas y algo de terrorismo telefónico. Pero nada de eso me afecta. No soy una chica celosa.
    Para nada. Para nada de nada.
   —¡Claro que he visto a JC, cielo! —contesta, y suelta una risita coqueta que no tiene nada que ver con las carcajadas histéricas que yo recordaba—. No puedo creerme que no te haya dicho nada —mueve la cabeza en gesto desaprobador—: Hombres.
    Consigo sonreír con un sutil aire superioridad.
    —Sí, por supuesto que me lo ha comentado, pero no sabía que ya estaba hecho —digo, mientras pienso en ¡¡¡cómo es posible, por amor de Dios, que mi novio no me lo haya contado!!!—. Tengo prisa, ya nos veremos —le devuelvo los besos volátiles y añado, toda dulzura—: Loli.
   Echo a andar hacia la parada de autobús mientras trato de calmarme. No puedo llamar a JC en este estado; pensará que…
   —Hola, guapa —me saluda JC al otro lado de la línea.
   —¿Por qué has quedado con Loli? —no sé en qué momento he sacado el móvil del bolso y he llamado a mi novio: a veces mi cuerpo y mi mente tienen vidas completamente separadas.
    —¿Con Loli? —repite, y guarda silencio—. ¡Ah, con Lola! Cariño, no he quedado con ella, es que va a ser mi nueva secretaria.
    ¿Qué? Espera que me siente un momento en un banco y…
    —¿¿¿Qué??? —¿esa hortera reconvertida en pija?; nada de celos, me baso en criterios puramente estéticos— ¿Y por qué no me lo has contado? —le pregunto, con marcado tonillo acusador.
    —¡Claro que te lo he contado! —replica, ofendido—. ¡Llevo una semana diciéndote que estaba haciendo entrevistas y que probablemente la contratase a ella, y me dijiste que perfecto! —ups…, ahora que lo dice, quizás lleve razón; me suena haber oído algo de una Lola, ¡pero es que Lola no es lo mismo que Loli!—. ¿Es que no me escuchas cuando te hablo?
    Uy, uy, uy…
   ¿Pero que hombre, madre de Dios, es capaz de creer que a su novia no le importa que su antigua novia, que ha pasado de ser una hortera zarrapastrosa a una divina-de-la-muerte, vaya a ser su secretaria? ¿Y en qué mundo vive ese hombre?
    ¿Y por qué justo ese hombre tiene que ser mi novio?
    Necesito toneladas de calma y madurez para afrontar esta situación.
    —¡Claro que si, yo siempre te escucho!—inicio la ofensiva, aunque estarás de acuerdo conmigo en que no debería decirme cosas importantes la semana previa a las rebajas (cuando estoy en permanente elaboración mental de mi superplan de ataque infalible)—, pero no creí que lo dijeses en serio. Ese tipo de secretaria no va contigo —me callo y siento como la mente de JC trata de adivinar a lo que me refiero—. Parece un adorno y tú necesitas alguien más serio —creo que va pillando la idea—, con más carácter, con más presencia, más…—no doy con la palabra…— más masculino. Y mayor, que los años dan mucha sabiduría.
    ¡Eso es! Y no una rubia de bote que seguro que al final me acaba tocando las narices. Todo esto dicho sin celos, obviamente. Y desde un punto de vista objetivo y completamente racional.
    —Ya... —responde JC, meditabundo—. ¿Y no crees que Lola encaje?
    —Loli —le corrijo—. No, nada. Ni un poquito —se lo voy a dejar claro, por si no lo ha captado—: No.
    —No sé; estaba dudando entre ella y una señora… —oigo ruido de papeles—, Ana, con mucha experiencia, cincuenta años, un par de idiomas… Creo que podría encajar, pero Lola también habla japonés, y eso es…
   —Loli —insisto—. Bah, seguro que se lo ha inventado —y mmmm…, sí, creo que voy a hacer lo mismo; le da mucha vidilla a un currículum en estos tiempos tan grises; además, quién va a averiguar si es cierto o no, si nadie habla japonés. No, no digas que tú sí, porque no me lo creo…
    —No me decido… —dice JC, para mi desesperación.
    Necesito el master touch, pero me he quedado en blanco. Si todo fuese cuestión de celos sería más fácil, pero ya sabes que no es así (porque yo no soy una chica celosa en absoluto). Miro alrededor en busca de inspiración y de repente lo veo.
    ¡Un taxi! ¡Madre mía, la idea me viene tan de golpe que me deja sin respiración! Trato de calmarme, respiro profundamente, y…
    —Es una decisión difícil —afirmo comprensiva—. De todos modos, no creo que espere tu llamada hasta mañana. Creo que me ha dicho algo así mientras paraba un “taxis”.
    —Taxi, Lili —replica JC—. Si es un taxi, uno solo, una unidad de taxi, es un taxi, no un taxis.
    He aquí, querido lector, la prueba irrefutable de que mi novio tiene alguna que otra extravagancia (de lo más oportuna, eso sí): le he visto retirar el saludo a un amigo de la infancia durante dos días completos por llamar “taxis” al taxi de toda la vida. Esa palabra ejerce un extraño efecto en él; sólo puedo compararlo con el de la kryptonita en Superman, o el de una imitación cutre del 2.55 en mí: realmente impresionante.
    —¡Yo lo llamo taxi, por Dios! —le digo, escandalizada—. Ha sido Loli quien lo ha llamado “taxis” —hago una pausa y añado—: dos veces. —Y remato—: o puede que tres.
    JC mantiene un tenso silencio durante unos instantes.
    —Contrataré a Ana; por la experiencia, ya sabes —comenta—, es un punto a su favor.
    Nada que ver su decisión con la palabra “taxis”, por supuesto.
    —Me alegro —¡¡¡¡bieeeeeen!!!!—. Creo que es lo mejor.
    Nada que ver mi estado de ánimo con la palabra “celos”, por supuesto.
    Porque, y esto es muy importante, ha quedado claro que no soy una chica celosa. Para nada. Para nada de nada.
 

viernes, 6 de enero de 2012

¡ Feliz día de Reyes !


Dos normas de las chicas  Bl...s  para afrontar este día en particular (y la vida en general):

1.- Nunca nunca nunca nunca dejes escapar un regalo.
2.- Siempre hay hueco para el postre.

Feliz día de Reyes :)

martes, 3 de enero de 2012

¡¡¡ A renovarse !!!

    ¡Que bien me sientan las vacaciones! Aunque vayan disfrazadas de despido; eso es lo de menos.
    ¡Al fin tengo tiempo!
    Ahora podré mejorar mi nivel inglés para que mi currículum no mienta de forma tan descarada, leer a los clásicos, hacer potajes para JC, aprender a coser aunque sea un botón, ponerme al día con la actualidad política, echar un vistacillo a las tiendas…
    Mmmm…, lo de los potajes no sé si será buena idea, que las chicas de La Sirena me caen muy bien y no quisiera romper esa relación. Además, la lasaña parece casera y perder medio día en hacer algo que ya está hecho es absurdo. Y el arroz negro que venden está delicioso, y nadie (ni siquiera Anestesia) puede pretender que vaya a comprar calamares, y tinta, y cebolla, y arroz y luego cocine… ¡No tendría tiempo para nada más en todo el día!
    Sí, mejor me olvido de los potajes.
    Vale, me centraré en leer a los clásicos.
    ¿Cómo dices? ¡No, nada de Cela y cosas de ese tipo, que me mustio! ¿Vogue es un clásico? Para mí es obvio que sí, pero lo comentaré con don Francisco...
    Bien, pasemos a otra cosa…, coser.
    ¿¿¿Yo he escrito coser??? Voy a releerme…
    Sí, lo he escrito. ¡Increíble! Las vacaciones forzosas tienen efectos extraños en mí.
    Sólo se me ocurre una cosa; espera que encuentre el móvil… Porque anoche tenía un móvil…
    No importa, espera que busque el fijo…
   ¡No me lo creo! ¿Pero qué ha hecho JC con los teléfonos de esta casa?  ¿Y si me pasa algo y no puedo llamar al 061? ¿O al 091? ¿O al…?
    ¡Ups! Bien, móvil localizado.
    Marco el número de mi hermana Sofi y espero…, y espero un poco más…, y un poco más.
    —¿Sí? —al fin suena la voz al otro lado de la línea.
    —Sofi, ¿si se me cae un botón me lo coserás? —le digo, yendo al grano. Estos temas es mejor abordarlos así, con sangre fría y sin preliminares.
    —¿Lili? —pregunta Sofía—. ¿Estás bien?
    —Sofi, es sencillo —la interrumpo, que mi hermana tiene tendencia a irse por las ramas—: sí o no.
    —¿Sí o…?
    ¡Bien! Cuelgo justo a tiempo. Un sí claro, sin fisuras. Asunto “botón” arreglado.
    ¿Qué me queda?
    Actualidad política…
   Ya…, bueno, puedo aprovechar cuando me compre el Vogue y pillar el Hola. De una ojeada me pongo al día con el asunto Urdangarín: una imagen vale más que mil palabras.
    ¡Genial, “actualidad política” zanjado!
    Espera un segundo que repase lo que me falta…
    ¡¡¡Vaya, es impresionante!!! ¡En media hora he completado casi toda la lista! Cuando me centro no hay quien me detenga.
    Mmmm..., tengo pendiente lo del inglés y echar un vistacillo a las tiendas.
    Inglés…, sí...
    Uf…, inglés…
   ¿Quién decide la barrera entre el nivel medio y el nivel alto en lo que se refiere al dominio de un idioma? Tienes que reconocer que es una valoración bastante subjetiva y muy personal. Otra cuestión es la palabra “bilingüe”; eso ya es más objetivo.
    Aunque me suena que puse “prácticamente bilingüe” en el currículum…
    Mejor lo miro y salgo de dudas.
   No, nada de “prácticamente bilingüe”, puse "bilingüe" a secas; parece que cuando preparé el c.v. estaba especialmente optimista. Hoy me siento más realista; voy a añadir el “prácticamente” delante y solucionado.
    ¡Y ya sólo me queda una cosa de mi lista de propósitos!
    ¡¡¡Me voy de tiendas!!! 
    ¡¡¡Bieeeeeen!!!

    (*) JC se va a quedar alucinado cuando le cuente lo muchísimo que me ha cundido la mañana.

   (**) ¿¿¿Desde cuándo mi tarjeta tiene un límite??? ¡Esas cosas deberían estar prohibidas en estas fechas, van completamente en contra del espíritu navideño!
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