jueves, 29 de marzo de 2012

"Una forma de vida", de Amélie Nothomb

    Nunca siento tanta indecisión como cuando estoy delante de una estantería repleta de libros y sólo puedo llevarme uno: los huelo, miro las portadas, ojeo las sinopsis, busco a mis autores favoritos…
    ¡Oh!, y analizo mi estado de ánimo, punto éste importantísimo: si estoy tristona nada de dramas (cuando leí “Posdata: te quiero”, novela deliciosa, estaba un pelín desanimada y a causa de mi exceso de empatía con la protagonista casi acabo con una depresión profunda).

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lunes, 26 de marzo de 2012

Lili entre libros

            —JC —le digo a mi novio y le doy un empujón ligero para que me haga caso. Espero un par de segundos y no obtengo respuesta—. JC —insisto, elevando un poco la voz. Nada, como si no fuera con él—. JC, que estoy hablando contigo… —exclamo, ya un poco disgustada.
            La silueta que duerme a mi lado se mueve ligeramente y hace un ruido con la garganta parecido a un ronquido. Vuelve el silencio.
            Miro el despertador: las tres de la mañana. ¡Por Dios, no pasa el tiempo! Cuatro horas más de insomnio por delante. Me siento en la cama y busco a tientas las zapatillas, pero el frío me hace desistir de irme al sofá. Vuelvo a esconderme bajo las mantas y enredo mis pies entre los de JC.
            —JC, anda, despiértate un ratito, que no puedo dormir —susurro.
       Entre nosotros, mi novio no tiene conciencia, consideración ni empatía en esto del desvelo: pone la cabeza en la almohada y pierde el conocimiento. Y mientras él duerme plácidamente, yo doy vueltas y más vueltas, en la cama y a mi mente, pensando que la culpa de todo la tiene mi adicción.
           ¿Por qué, si no, me iba a tomar dos cafés después de comer, sabiendo que con el de la mañana ya tengo cafeína de sobra en mi sobreestimulado sistema nervioso para todo un día?
            La razón es obvia: soy adicta.
            No, no hablo de adicción al café (en el fondo soy más de chardonnay).
 ¡Eh! ¡Qué cosas tienes, no soy adicta al chardonnay! Nunca bebo antes de las ocho de la tarde, lo cual es prueba irrefutable de que no tengo ningún problema (excepto los fines de semana, en los que se acepta una copita o dos al medio día) (y los festivos, por asimilación) (y cuando me ha pasado algo muy bueno, para celebrarlo) (o algo muy malo, para superarlo) (y no hay más excepciones a mi estricta norma de “nada de chardonnay antes de las ocho”).
No, no, tampoco me refiero a las compras: eso es necesidad. No pretenderás que vaya desnuda por la calle.
 ¿Adicta a los bolsos? ¿Yo?
 Me preocupa tu visión sobre mí. ¿Cuántas adicciones eres capaz de asignarme en cuestión de minutos? Mejor te digo de lo que hablo, no vaya a ser que acabemos mal…
Mi adicción real y la única que estoy dispuesta a reconocer es a los libros.
Son los causantes de mi primera visita al psicólogo (las novelas de Agatha Christie no son lo más adecuado para una niña de once años); de que estudiase derecho (Perry Mason siempre ha sido mi héroe); de que crea en el amor eterno (¿cómo no hacerlo, después de leer y releer “Cumbres Borrascosas”?), de que no crea en él (¿cómo hacerlo después de leer y releer “Las cárceles del alma”) y de que piense que todo es posible con humor (P.G. Wodehouse marca mi forma de enfocar la vida).
Mmmmm…. ¿por qué te estoy contando esto?
Ah, sí… No puedo dormir… Los dos cafés... Y un libro maravilloso que no podía dejar de leer…
¡Oh! ¡Madre mía!
¡Acabo de tener una idea genial!
Espera, voy a despertar a JC para ver que opina: ya sabes que a veces por la noche y en plena vigilia las cosas no se ven de forma real.
—¡JC! —exclamo emocionada, dándole un golpecillo en la espalda.
—¿Mmmmm? —mi novio se gira y trata de abrir los ojos.
—¡Voy a hablar de libros en el blog!
—Mmmmm….
—Sí, ya sabes, un poco de crítica literaria ligera y eso…
—Ahá….
—¿Qué opinas?
Un ronquido por respuesta.
Es obvio: ¡le parece tan guay como a mí!


viernes, 23 de marzo de 2012

La prueba (Vol. II)

    Mmmm, estoy mucho más relajada: tres copas de vino blanco, un cuenco de pistachos y la vida se ve de otro color (ya sabes, tirando al fucsia). Voy a pedir la cuenta al camarero; no quiero ir con prisas, aunque no creo que sean todavía ni las cinco y media….
    ¡¡¡Oh!!! ¡Madre mía, son las seis y veinte! ¿Cómo es posible?
    Saco un billete del monedero, lo dejo en el mostrador y me lanzo a la calle a la caza y captura de un taxi.
   —¡Taxi! —levanto la mano, y veo como uno pasa de largo. Chasqueo la lengua con disgusto; tal vez no me ha oído. Necesito más ímpetu en mi voz, más agresividad. Por ahí viene otro—: ¡¡Taxi!! —¡eh!, ¿por qué me ignora? ¡No me ha hecho ni caso!
    Esto empieza a ponerse feo: miro la hora y observo horrorizada como las manecillas del reloj marcan las seis y veintisiete. Si tenemos en cuenta que lo llevo cinco minutos atrasado…, o adelantado…, ¿o al final lo puse en hora? Da igual: ¡llego tarde!
    Giro la cabeza en ambos sentidos y veo acercarse otro bicho motorizado con la luz verde. ¡Libre! Éste no se me escapa: miro al conductor fijamente y me planto en mitad de la calle. ¡Ja, o se para o me atropella! Y como me atropelle demando al bar, porque es obvio que me han dado vino del chungo: esta audacia cercana al suicidio no es propia de mí.
    El taxista frena de golpe: tipo listo. Abro la puerta, un poco mareada por la impresión, y me cuelo en el asiento de atrás. Él se gira con el rostro pálido y una mirada de incredulidad en los ojos.
    —¡Señora, está usted loca? —me pregunta—. ¡Casi me la llevo por delante!
    —Señorita —le corrijo (la costumbre…)—. No se preocupe, no lo denunciaré —el hombre abre aún más los ojos. Empieza a darme repelús; ¿estará desequilibrado? 
    —¿Que no me denunciará? ¡Pero si se ha puesto delante del taxi! ¡He estado a esto de pillarla! —y junta los dedos índice y pulgar de la mano derecha como medida. Los observo y reconozco que ha estado cerca, sí.
    —Tiene usted unos reflejos increíbles —le digo con admiración. El tipo frunce el ceño y me examina buscando cualquier atisbo de burla (que no va a encontrar porque realmente es alucinante que no me haya arrollado)—. Otro no hubiese sido capaz de frenar así.
    Se sonroja y mueve la cabeza en un gesto de asentimiento.
    —Es cierto. Las nuevas generaciones no saben…
    —No, no saben, lleva usted toda la razón del mundo y más —le interrumpo comprensiva y le doy la dirección del atelier de M. B.
    Cruzo los dedos; con un poco de suerte, llegaré sólo veinte minutos tarde.
    Pero… como soy una chica con mucha suerte, en quince minutos he bajado del taxi y estoy entrando en el atelier. ¡Bien!
                                                                       * * *

    A pesar de que son casi las siete, soy la primera: ni rastro de mi familia. No me sorprende: creo que al final no quedo claro que la cita era a las seis y media. La próxima vez contrataré un espacio publicitario anunciando la hora en Cuore (para mis hermanas), en Pronto (para mi madre) y en Vanity Fair (para Javi y Jon).
    ¡Oh, y en Vogue para mí! (esto igual lo incluyo en la lista de bodas, tengo que…
    —¡Lili, cariño, perdona el retraso! —exclama Javi a mis espaldas. Me giro y lo veo entrar con dos botellas de champán y una bandeja enorme de pastelitos. Detrás de él llegan los demás, con copas, bombones y…, ¿qué es eso que está liando mi madre? ¿¿¿Porros???
    —¡Mamá, por Dios! —exclamo, señalando los papelillos—, ¿has perdido la cabeza?
    —Son hierbas medicinales —contesta sonriendo—. Relajan el espíritu y limpian el aura. Me las ha recomendado el maestro para ti; le he dicho que estás muy estresada y que has perdido tu yo interior.     
    Ah, bueno, si se las ha recomendado su maestro ex profeso para mí, eso lo cambia todo… Claro… En fin…
    Nuria, la encargada del taller, se nos acerca y nos guía hasta la habitación más bonita que he visto nunca. Parece sacada de la película de María Antonieta, con las paredes pintadas en tonos pastel y molduras blancas y doradas, lámparas de araña y varias chaise-longues tapizadas en color crema.
    ¡¡¡Oh!!!
    Al dirigir la mirada hacia el fondo de la habitación me quedo paralizada y el corazón se me acelera: hay un cuarto celeste con espejos en todas las paredes, un taburete forrado de tela blanca en el centro y montones de vestidos maravillosos colgados en perchas alrededor.
    ¡Madre de Dios!
    ¡¡¡Son mis vestidos!!!
    Bien, repasemos la situación: tengo pastelitos, dos botellas de champán y decenas de vestidos increíbles.
    ¡Ea, decidido: voy a quedarme a vivir aquí! ¡Si me tengo que atar a una puerta, me ato, pero de este sitio no me saca nadie! JC puede traerme el Vogue y sushi, y más champán cuando se me acabe.
    —¿Comenzamos? —pregunta Nuria, y me empuja suavemente hacia el cuarto celeste.
    ¿Así, sin más? ¿Sin fotos de este momento? ¿Sin confeti? ¿Sin…
    Otro empujoncito sutil de Nuria y entro en el cuarto. La puerta se cierra detrás de mí.
    Comencemos, pues…

                                                                       * * *

    —Yo me quedo con el segundo, el tercero, el sexto y el noveno —dice Jon, echando mano a la libreta en la que ha ido apuntando los pros y los contras de cada modelo.
    —¿El noveno? —exclama Eli—. ¡El cura no querrá casarla con ese escote!
    Qué disgusto se va a llevar la pobre cuando se quiera enterar (porque yo ya se lo he dicho al menos veinte veces) de que no habrá cura.
    —A mí me han encantado el primero, el cuarto, el décimo y el decimotercero —dice Sofi.
    —No, cielo, ése es el único que no puede ser. El trece no es buen número: aquelarres, apocalipsis y cosas así. Voy a llamar a mi maestro a ver que opina —mi madre se aleja con el móvil en la mano.
    —¿Y a ti cual te ha gustado? —Javi me mira y se ríe. Ya lo sabe.
    Joooo…
    ¿Qué voy a hacer? Cojo otro pastelito de nata y doy un trago a mi copa de champán. Me he probado diecinueve vestidos y es horrible; no pensé que pudiese darse esta situación. Imaginé una especie de flechazo entre mi vestido y yo, con música de violines incluida.
    ¿Cómo dices? ¿Ninguno?
    ¡No! ¿Cómo no va a gustarme ninguno?
    ¡¡¡Lo malo es que me han gustado todos!!!
    

miércoles, 21 de marzo de 2012

La prueba (Vol. I)

    ¡Hace un día precioso, uno de los más bonitos de mi vida!
    Sí, tal vez el cielo esté cubierto de nubes y haga un frío propio del Polo Norte; sí, quizás esté lloviendo a mares, y sí, puede que esta mañana me haya resbalado al pisar un montoncito de nieve que había justo a la salida del portal de casa y me haya hecho un moratón del tamaño de la catedral de Burgos, ¿pero qué importa eso si en menos de dos horas saldré de la agencia e iré a probarme vestidos de novia?
    Lo único que me tiene un poco disgustada es mi pelo: ha cobrado vida propia y amenaza con devorarme lentamente. Tal vez si me lo recojo en un moño informal al estilo de Kate…
    ¡Ups, me llaman al móvil!
    —¿Sí? —pregunto mientras intento alcanzar los rizos que me han salido de forma absolutamente inexplicable. ¿Estaré experimentando algún tipo de mutación?
    —Lili, soy Eli. ¿A qué hora es la prueba?
    —A las seis y media —contesto, y obvio el hecho de que le he mandado cinco correos al respecto; prefiero ir a lo que me preocupa—. ¿Puedes traerte las planchas del pelo? Me están saliendo tirabuzones.
    —Eso es la humedad; siempre has tenido un pelo muy raro —¡eh!, ¿qué significa eso de “raro”? —. ¿Seguro que la cita es a las seis y media?
    —¡Eli, que te puse un montón de correos! —respondo, ligeramente mosqueada. ¿Raro? ¿Mi pelo raro? ¡Rara ella, no te digo!
    —Vale. Te dejo, que tengo mucho lío. Un beso.
    —Otro beso —le digo a la señal de desconectado.
    Miro mi reflejo en la pantalla del ordenador. Mmmm…, no, la humedad no es suficiente para esto que me está pasando en la cabeza. Quizás los nervios me estén provocando algún efecto secundario desconocido. Voy a echar un vistazo en Google...
    ¡Eh! ¿Otra llamada?
    —¿Sí?
    —Hola, soy Sofi. ¿A qué hora es la prueba de los vestidos?
    —A las seis y media —¿nadie lee mis e-mails?
    —¿Seguro? ¿No era a las siete?  
    —¡Sofi, que te puse mil correos y te mandé un WhatsApp hace un rato! 
    —Lili, no pagues tu estrés conmigo —replica mi hermana con tono ofendido—, pero estoy casi segura de que me dijiste que a las siete —guardo un prudencial silencio; mejor eso que mandarla al quinto pino—. En fin, tú sabrás. Un beso. Hasta luego —y cuelga.
    Yo también. Justo a tiempo para que suene otra llamada.
    Miro la pantalla: es mi madre.
    ¡¡¡Joooo!!!
    —¿Mamá?
    —Lili, cariño, ¿la cita es a las cinco y media o a la seis?
    —¡¡¡Mamá!!! —¿será una cámara oculta?
    —Dime, cariño —responde toda inocencia.
    —¿Te estás burlando de mí? ¡Que te llamé hace una hora para recordártelo! —¡no se le ha podido olvidar en menos de 60 minutos! ¡Ni siquiera yo tengo una memoria tan de pez! ¡Es que ni siquiera un pez tiene una memoria tan de pez, por Dios!
    —Lili, no me hables así que soy tu madre —contesta ofendida.
    Hago una respiración completa y profunda mientras repito mentalmente “relax” (truquillos de mi profe de yoga para situaciones límite) y noto como el pulso baja de las 200 pulsaciones a las 150: la amenaza del infarto va desapareciendo.
    —A las seis y media —contesto con algo de calma—. Hemos quedado a las seis y media. Ni a las siete, ni a las cinco. Tampoco a las seis. A las seis y media.
    —Cielo, creo que estás demasiado nerviosa. Te llevaré unas hierbas que me ha dado el maestro yogui y un trozo de piedra lunar para que…
    —Un beso, mamá.
    Corto la llamada. Sí, yo también lo he oído: piedra lunar…. No, yo tampoco sé de qué habla… Sí, la idea de una secta a veces se me pasa por la cabeza, pero…
    ¿¿¿Otra llamada???
    No, no pienso contestar.
    Quince toques después el teléfono deja de sonar. ¡Bien! Voy a apagarlo y…
    ¡¡¡Argh!!! ¡Me llaman de nuevo!
    Paso. Me hago la loca. Ni lo miro.
    El móvil enmudece.
    ¡¡¡Y vuelve a sonar!!!
    ¡¡¡Madre de Dios!!! ¿Hasta cuando va a durar esto?
    Me lío la manta a la cabeza y lo cojo: difícil estar más histérica de lo que ya estoy.   
    —¿Diga?
    —Lili, soy Javi. ¿Quieres que lleve una botella de chardonnay a la prueba? —la voz de mi cuñado es como un bálsamo para mis nervios destrozados—. Jon dice que hay que brindar cuando hayas elegido el vestido.
    —¡Oh, me encantaría! —respondo aliviada. ¡Adoro al hermano de JC y a su marido, son los mejores! Al principio dudé en pedirles que me acompañasen, pero Jon tiene un gusto guay para la ropa y Javi es genial. ¡No pueden faltar! —. ¿Crees que podríamos tomar también unos pastelitos y unos bombones?
    —¡Es una idea perfecta! Llamo a Jon para que los compre —¿ves a lo que me refiero?
    —Gracias, Javi; eres un sol. Nos vemos en un rato
    —¿Al final la cita es a las siete? Jon dice que hemos quedado a las ocho pero me parece muy tarde, y como ya sé lo despistado que es para el tema de…
    No…
    ¡¡¡No me lo creo!!!
   Desconecto el móvil y lo meto en mi bolso. Me pongo el abrigo, la bufanda, el gorro y los guantes y apago el ordenador. 
    Y me bajo a la cafetería de la esquina a tomar tila y a esperar a que den las seis y media. Que es la hora de la prueba de los vestidos. No hay duda.
   

    PD-1.- Sí, voy a acortar un poquito mi jornada laboral, pero las circusntancias me han obligado a ello: tú eres testigo.

    PD-2.- De todos modos, mejor desvío el teléfono de la oficina a mi móvil; no podría perdonarme que llamase el primer cliente y nadie cogiese su llamada. Y menos aún que llamase Bárbara y yo no cogiese su llamada (por Alfonso no hay que preocuparse: tiene la gripe).

    PD-3.- Claro que si tengo desconectado mi móvil...

    PD-4.- Nada de tila; mejor me tomo una copita de chardonnay.


    Continuará…

martes, 13 de marzo de 2012

Primera misión (y un vestido que necesito con desesperación).

¿Qué le pasa a mi falda rosa?  Es una pregunta retórica
que no espera respuesta ;-)))))            


     —Lili, coja sus cosas que nos vamos —dice Alfonso nada más entrar en la oficina. Estoy tan entregada a la lectura de la página de “Novia, flores y mucho más” que no he oído el ruido de la puerta y casi me da un infarto. Cierro internet a una velocidad sobrehumana y me giro para mirarlo. Él hace algo parecido, pero sólo de cuello para arriba, en una especie de escorzo ultra-realista al estilo de Caravaggio (no, nada de metáfora usada al azar: tenías que ver cómo su rostro blanco resalta entre la camisa, la corbata y el traje, todo negro: impresiona una barbaridad).
    —¿Tenemos un cliente? —pregunto mientras cojo mi bolso y meto el móvil y mi libreta—. ¡Qué guay!
    —No, pero he decidido comenzar a instruirla en esto de la investigación; Barbi me ha dicho que su experiencia es nula —y me dirige una mirada intensa por encima de sus gafas de sol. ¿Qué? ¿No te lo he dicho? Sí, también lleva gafas de sol… No, en la oficina no hace sol… No, claro que no, ¿qué le voy a decir? Cada uno tiene sus manías y yo soy muy respetuosa para...— ¡Vamos!
    ¡Ups!
                                                                     * * *
    —Primera lección: lleve siempre ropa poco llamativa —y hace un gesto despectivo hacia mi falda rosa. ¡Eh!, ¿qué tiene de malo?—. Esa…, eso destaca demasiado. Ante la duda, elija colores oscuros —y extiende los brazos mostrándose a modo de ejemplo—: Nadie se fijaría en mí más de dos segundos.
    Mmmm…, tengo mis dudas. Miro alrededor y veo todo lleno de colores pastel, vestidos de flores y camisas blancas. Con pinta de enterrador…, no…, no hay nadie excepto mi compañero.
    Hago un ruidillo poco comprometedor con la garganta.
    —Segunda lección: lleve algo para leer —saca del bolsillo interior de su chaqueta un periódico, lo abre y se oculta tras él—. ¿Cree usted que alguien se percataría de mi presencia?
    ¡Oh, Dios mío! ¿Desde cuándo no compra este hombre un periódico?
    ¡No me lo creo! Tiene que ser una alucinación. Cierro los ojos, cuento hasta cinco y los vuelvo a abrir. Y ahí sigue, ocultando al horatio caine de pega: la portada con la detención de Isabel Pantoja.
    ¡Madre mía, si hace mil años de eso!
    —Totalmente desapercibido, mi querida muchacha —confirma.    
    ¡Venga ya! ¿Un tipo vestido de negro de los pies a la cabeza leyendo un diario con la foto de la Panto entrando en un coche patrulla y escoltada por dos policías, desapercibido?
    Yo repararía en él, seguro; y cuando llegase a casa se lo contaría a JC, y puede que tal vez llamase a Sofi y a Eli (vimos los especiales del arresto en casa de mis padres, comiendo palomitas y bebiendo vino; ¡lo pasamos genial!), pero quizás soy obsevadora en exceso…
     —… y tratar de aprovechar los salientes de los edificios —dice Alfonso.
    Jo, me he vuelto a perder algo interesante. Voy a tener que dejar de hablar contigo mientras escribo; mejor comentamos luego.
    —Perdone, Alfonso, pero estaba pensando en lo del periódico y no he escuchado lo que me ha dicho.
    Mi compañero me dirige una ojeada de reproche, con inclinación de cabeza hacia el lado derecho incluida, y chasquea la lengua.
    —Quiero sus cinco sentidos aquí en todo momento —me señala con el dedo índice y luego lo dirige hacia el suelo—, aquí-pausa-en-pausa-todo-pausa-momento —y vuelve a señalarme amenazador; doy un respingo.
    Tiene más cuento…, pero mejor le sigo la corriente.
    —Sí —contesto y guardo un respetuoso silencio. Horati…, digo Alfonso coloca la cabeza alineada con el cuerpo y me dirige una mirada indulgente (casi espero que diga eso de “ego te absolvo a peccatis tuis in nomine…”)
    —Le explicaba la tercera lección: cuando siga al sujeto aproveche cualquier elemento del entorno para ocultarse. No olvide que el sujeto puede darse la vuelta y pillarla desprevenida —se para de repente y me mira—. ¿Se da cuenta? En este caso, yo la habría cogido in fraganti, en pleno seguimiento.
    ¡Claro, si vamos caminando uno al lado del otro! En fin…
    —Bien, ha llegado el momento de poner en práctica todo lo que le he enseñado —¿en serio?; un cosquilleo de emoción me recorre el cuerpo— Veamos, ¿qué le parece esa chica del vestido rojo? —me pregunta.
    —Guay —¡me encanta ese vestido! ¿Será de Zara? Mmmm…, no, no me suena, ni de h&m, ni de Mango, ni de… ¡Lo tengo! ¡Es de Etxart y Panno! Soy un crack…
    —¡Lili, vamos! —exclama en voz baja Alfonso, que ha comenzado la misión sin mí. Acelero el paso y le alcanzo. ¡Qué emocionante, mi primer seguimiento, y algo me dice que se me va a dar genial!
                                                                  * * *
    Después de media hora de perfecta persecución durante la que nos hemos parado frente a escaparates, ocultado detrás de la cara de la Pantoja y escondido en portales, Alfonso está dando por concluida la misión.
    —¡Querida muchacha, ha sido un éxito! —me ofrece la mano y yo se la estrecho llena de orgullo—. ¡Haremos un gran equipo!
    —¡Eh, tú! —los dos volvemos la cabeza al mismo tiempo (Alfonso olvida la torsión cuasiestranguladora) y vemos acercarse al objetivo vestido de rojo—. El tipo del traje negro —uy, uy, uy—, ¿me estás acosando? ¿Eres un pervertido o qué?
    —Disculpe, señorita, pero…
    —¡Nada de disculpas, que lleva siguiéndome desde hace media hora! ¡Y no se mueva, que voy a llamar a la policía, sinvergüenza! ¡Parece mentira que a sus años…
    Poco a poco voy alejándome de la escena. Primero un paso vacilante, luego otro un pelín más acelerado, y de pronto estoy en la puerta de la agencia. Sin saber muy bien cómo he llegado aquí. Y sin Alfonso.
                                                                 * * *
    —¡Mi querida muchacha, nunca se abandona a un compañero! —me reprocha Alfonso cuando llega al portal de la agencia, dónde lo estoy esperando llena de remordimientos—. ¡Nunca!
    —Ya, pero…
    —Nada de peros. Esto ha abierto una brecha en nuestra confianza. Un comportamiento absolutamente inadecuado —y mueve la cabeza en un gesto de franca decepción.
    Vaya… Odio ese tipo de brechas…
    Quizás…
    ¡Oh! ¡Quizás haya una forma de cerrarla!
    —Es que he pensado que si me marchaba sin llamar la atención —a pesar de mi falda rosa, ejem…—, podría continuar el seguimiento sin que la misión se echase a perder —agacho la cabeza durante un segundo y después la elevo en una suave inclinación hacia él.
    Alfonso baja la barbilla, se la pega al pecho y me mira desde un ángulo de unos 180 grados (si mi profe de yoga lo viese, alucinaba) (¿me dejará hacerle una foto?). Se saca la mano del bolsillo y me señala con el dedo índice.
    —Llegará lejos. Sí, usted llegará lejos. —Pensativo abre el portal, saluda al portero y pulsa el botón del ascensor. Yo vacilo unos segundos; ¿me dará tiempo a ir a Etxart y Panno sin que se entere Bárbara?; ¡el vestido rojo me está llamando a voces!—. ¡Lili, vamos!
    Miro a Alfonso, que me espera con la puerta del ascensor abierta.
    Mejor dejo el vestido para mañana. Hoy ya he cubierto mi cupo de buena suerte. 
    Y de imaginación ;-)))

           

jueves, 8 de marzo de 2012

Tenemos chico nuevo en la oficina :-)))

    —No sé, Sofi, no lo veo claro —le digo a mi hermana mientras sujeto el teléfono con el hombro y navego por Forovogue-Novias.
    —¿Qué no ves? —me pregunta—. ¿Lo quieres o no lo quieres?
    —¡Claro que lo quiero! —¡la sola duda ofende, por Dios!— pero no estoy segura de que funcione.
    —¡Por supuesto que funcionará! —insiste mi hermana—. Yo los he visto y parecen auténticos.
    —Pero no lo son —contraataco—. Y las falsificaciones siempre tienen algo que las delata.
    —¡Éstas no!; ese tipo es un artista y su 2.55 es una pasada —insiste Sofi, extasiada.
    Mmmm…
    Bueno, por echar un vistazo no pierdo nada. Si la copia es capaz de pasar mi estricto y avezado control de calidad, fijo que también pasa el de Bárbara.
    ¿Qué?
    No, no, no, nada de eso… ¿Para qué voy a enseñarle el bolso falso a mi jefa? ¡Lo que voy a hacer es darle el cambiazo! La idea es de Sofi (cuando se centra tiene una mente brillante) y cuanto más lo pienso, más lógica me…
    ¡Eh!
    ¿Qué suena?
    —¡Sofi, oyes eso? —le pregunto a mi hermana y coloco el teléfono en dirección a un ruido de campanillas que sale de un punto indeterminado de la pared de…; vale, foco localizado—. Sofi, te dejo; es el timbre de la puerta. Un beso.
    ¿Cuándo hace Bárbara estas alteraciones en el entorno? Ayer el timbre sonaba como un timbre, y hoy parece que me he tomado un tripi y estoy dando un paseo por el país de las hadas. Menos mal que tengo una capacidad sobrenatural para adaptarme y hacer frente a cualquier eventualidad y…
    Sí, mejor abro la puerta.
    —Buenos días —me saluda un tipo trajeado de unos cincuenta años. Inclina la cabeza hacia la derecha y me mira a través de unas gafas de sol—. Es usted Lili, ¿verdad? —y me ofrece la mano.
    —Sí —respondo, estrechándosela con firmeza—. Pase, por favor. ¿Ha quedado con Bárbara? —le pregunto. Me suena tanto… Creo que lo conozco, pero no consigo recordar de qué.
    —¡Exacto, eso es! —¡ups, que energía!—. Es usted observadora, mi querida muchacha —bueno, tampoco hay que exagerar...—. Tiene buenas cualidades para este oficio, y se lo digo como reconocido experto —abro la boca para contestar pero me detiene con un gesto de la mano tan veloz que casi se estampa contra el lapicero que hay encima de mi mesa—. ¡No!, no me diga nada; deje que se lo diga yo a usted —me mira de arriba abajo y de abajo arriba, y otra vez de arriba abajo, y otra vez de abajo arriba, y habla—: Es usted recién separada y madre de dos niños. El primero probablemente fue un descuido que le impidió terminar la universidad. Rubia, aunque se tiñe de morena para aumentar su autoestima, y está ahorrando para una operación de aumento de…
    —¡No! —exclamo. ¿Qué dice?
    —¿No? —me pregunta sorprendido—. ¿No qué?
    —¡No nada! —menos lo de rubia, que soy rubia de corazón (aunque hace años que dejé las mechas por incompatibilidad con el pelo largo), pero eso es entre tú y yo. A este tipo no le importa.
    —Vaya, me extraña tanto… ¿No está entonces separada?
    —No, ni tengo niños, y terminé la universidad, y ni de broma me operaría de… eso!
    —Bueno, alguna vez tenía que ser la primera que me equivocase —y me dedica una sonrisa bondadosa. Vuelve a inclinar la cabeza hacia la derecha y se quita las gafas de sol.
    Y entonces, justo entonces, sé quien es: ¡tengo ante mí la versión cutre de Horatio Caine, el de CSI! Si le pones un tono pelirrojo en el pelo…, bueno, si le pones pelo y luego le pones un tinte pelirrojo, es clavado. ¡Madre mía!
    Mientras llego a esta asombrosa conclusión, la puerta se abre y entra Bárbara con mi bolso colgado del brazo.
    —¡Alfonso, que alegría verte! —exclama mi jefa y le da dos besos—. ¿Llevas mucho rato esperando? Lo siento, es el tema del aparcamiento, ya sabes…
    —No te preocupes. He llegado hace un instante.
    —Lili, te presento a Alfonso, detective desde hace años, con una carrera intachable y con una experiencia y una capacidad de observación extraordinarias —dice Bárbara—. Es el Sherlock Holmes actual.
    —Bueno, bueno, no me gusta etiquetarme, pero sí, soy bueno —responde Alfonso con falsa modestia, bajando la cabeza—: Universitaria, no separada, sin niños, no se tiñe y no tiene pensado operarse, ¿es así? —y levanta la mirada hacia mí en un ángulo rarísimo (fijo que le provoca una contractura, aunque yo apostaría por una lesión permanente en las cervicales).
    Me he quedado sin palabras, lo reconozco. ¡Qué cara más dura!
    —¡Has acertado en todo! —responde Barbi, feliz—. ¿Es o no es impresionante? —me pregunta; lo es, no hay duda—. Ven a mi despacho para que podamos ultimar los detalles de tu contrato. Lili —me confía en voz baja, cuando mi nuevo compañero no la oye—, con Alfonso podemos estar tranquilas. ¡Es un genio!
    Sí, tranquilas. Seguro. Trago saliva y me trago lo que pienso.
    Pero no sé, chicos, no lo veo claro.
    Bah, qué tontería, claro que lo veo claro: este tipo promete…
 
 

lunes, 5 de marzo de 2012

Lili contra el gen. Segunda parte.

    Móstoles, 12 de la mañana. Lili al volante. En el asiento del copiloto Pepe, profesor de autoescuela. Detrás, el examinador, un señor de pelo blanco y mirada bondadosa/cruel/bondadosa/cruel/bondadosa/cruel (aún no lo he decidido; esperaré a ver si apruebo o me suspende).    

    He ajustado el asiento con precisión milimétrica, he revisado los espejos de forma ostentosa y me he puesto el cinturón de seguridad. Lo único que me tiene un poco desconcertada es la pierna izquierda, que no deja de temblar. ¡Y es la del puñetero embrague! Podía temblar la derecha, que es más sencillo eso de frenar y acelerar.
    ¡No, no y no! ¡Era una forma de hablar! Ya no puedo confiar ni en mi propio cuerpo: ¡ahora son las dos piernas las que han cobrado vida propia!
    Un momento…
    ¡Madre mía, será una trombosis?
    —Cuando quiera puede iniciar la marcha —me indica el examinador desde el asiento de atrás.
    No, no puedo. Creo que me está dando un infarto: tengo el corazón a punto de escaparse y casi no puedo respirar. Abro la boca y trago aire, pero no me llega a los pulmones; se queda atrancado en mi garganta. Empiezo a ver puntitos negros y el ruido de mis latidos es ensordecedor.
    ¿Por qué no hacen nada estos dos? ¡Qué me muero!
    ¡Y soy muy joven, por Dios! ¡Tengo toda la vida por delante!
    ¡¡¡Ni siquiera me he casado!!!
    —Por favor, cuando considere que está preparada… —insiste el tipo de atrás.
    Necesito salir de aquí. Mejor me bajo del coche y me examino otro día, que este estado de preinfarto no me va a ayudar nada…
    —¡Lili, arranca ya! —masculla mi profesor.
    ¡Pero qué inconscientes! ¿No ven que no puedo? Me marcho al hospital a que me salven la vida antes de que sea demasiado tarde…
    Oh, oh, ¡¡¡oh!!!
    ¿Dónde voy? ¿Quién ha puesto el coche en marcha?
    Vaya, he sido yo…    ¡Ay madre!

                                                                                    * * *
    —Cuando pueda, gire a la derecha.
    —De acuerdo —respondo obediente. Pongo el intermitente y…
    ¡Eh! ¿Qué hace ese taxi? ¡No te cruces de esa manera, tío loco, que me voy a estampar!
    Vale, sigo recto; el examinador ha dicho “cuando pueda” y está claro que no he podido (taxista puñetero; ya nos encontraremos, que me he quedado con tu matrícula).
    Inspiro profundamente y vuelvo a poner el intermitente de la derecha.
    Mmmm…, no, esa calle no me convence, que es muy estrecha… Voy a hacer como que no existe y paso a la siguiente. Si acelero un poquito, el examinador igual ni se fija.
    De nuevo el intermitente…
    ¡No, ni de broma!: ésta es cuesta arriba y con un semáforo en plena subida. ¿Por qué están todas las calles en mi contra? ¿Qué le he hecho yo a esta ciudad?
    Mi profesor mueve las manos de forma disimulada y señala hacia la derecha…
    —Disculpe, ¿ha dicho usted que gire a la derecha o a la izquierda? —pregunto al examinador con voz cargada de inocente ignorancia (leí este truquillo anoche en un foro de coches).
    —No se preocupe —contesta el examinador—. Continúe hasta que se lo indique.
    ¡Yupi!

                                                                           * * *
    
    —Señorita, le he pedido que salga de la glorieta por la tercera salida —repite el examinador.
    Hago un ruidillo de asentimiento y me acuerdo de toda su familia. ¡Si no se calla, pierdo la cuenta!
    Que le vamos a hacer: otra vuelta a la glorieta. Espero que el examinador también haya perdido la cuenta… Creo que ya van cinco…

                                                                          * * *
    
    —Estacione a la derecha —me indica el viejo cruel (a estas alturas no le queda ni un atisbo de bondad).
    ¡Tendrá mala idea! Justo ese lado de la calzada está lleno de coches y sólo queda un huequecito minúsculo en el que no cabría ni una Vespa.
    Me hago la loca y pongo el intermitente de la izquierda: una acera con sólo un coche aparcado y kilómetros de espacio libre. Mi profesor me dirige una mirada insistente y mueve la cabeza hacia la derecha. Lo ignoro y comienzo a hacer maniobras. ¡Vamos, hombre!, yo aparco al otro lado como haría una persona normal, y no en diez centímetros como pretende el viejo (que mira que tiene mala uva).
    Cinco minutos después, asumo que no lo he enfocado bien. Me retiro el pelo de la cara y vuelvo a dar marcha atrás.
    ¿Son imaginaciones mías o el coche ese aumenta de tamaño? Porque si me ponen trampas, así no hay forma.
    Meto de nuevo la primera y acerco mi Focus todo lo que puedo al coche–que-crece-para-fastidiarme. Lo acerco tanto, tanto (llevada por mi exceso de perfeccionismo, por supuesto) que noto un sutil golpecillo.
    Joooo…. ¿Ves cómo ese coche crece a traición?

                                                                             * * *
    
    Estoy sudando como un pollo, tengo todo el pelo pegado a la frente y los nervios destrozados, pero creo que la cosa no ha ido mal. Ya vuelvo al centro de exámenes. Sólo me falta subir esta cuesta y hecho.
    Por favor, que el semáforo no se ponga en rojo, por favor, que no se ponga en rojo, que no se ponga en rojo…
    No, no, no…
    ¡El semáforo se ha puesto en rojo!
    Vale. Freno y espero.
    Verde. Levanto con suavidad el pie del embrague y… Se cala.
    No pasa nada. Vuelvo a arrancar, de nuevo embrague y…
    ¡Se cala otra vez!
    Tranquila, que lo he hecho muy bien y no voy a estropearlo todo al final. Cierro un segundo los ojos para entrar en contacto con mi conductora interior (consejo de mi madre, que vale mucho) y…
    ¡Eh! ¿¿¿Qué ha sido eso??? Miro por el espejo retrovisor y veo un autobús muy pegado a mí. Demasiado pegado. Diría que todo lo pegado que podría estar si se me hubiese ido el coche hacia atrás y me hubiese estampado contra él…

                                                                        * * *
    
    ¿Me ha suspendido? ¿En serio el viejo cruel me ha puesto un suspenso?
    ¡¡¡No me lo creo!!!


domingo, 4 de marzo de 2012

Lili contra el gen. Primera parte.

    Mamá: Cariño, deberías tomarte una infusión para calmar los nervios y relajar tu aura, que la noto insegura. Tengo una bolsita de hierbas que me ha dado el maestro yogui que…
    Papá: Nada de decir tacos ni enfadarte con el señor de tráfico. Mira tu hermana Sofi, que aprobó a la cuarta, o Eli, que se lo sacó a la sexta, y ahora cualquiera diría que llevan conduciendo toda la vida...
    Sofi: Relájate, Lili; lo importante es que no atropelles a nadie. Además, mira papá, que se lo sacó a la quinta: nosotras tenemos un gen recesivo que nos dificulta el tema este de la visión espacial; si suspendes no eres tú, es el gen…
    Eli: He puesto diez velas en la parroquia y el padre Rafael rezará unos padrenuestros y un par de avemarías; por cierto, quiere hablar contigo de los cursillos prematrimoniales y…
    Alicia (mi sobrina, la mejor del mundo): Yo ya se montar en bici; si quieres te enseño.
    Yago (novio de Sofi): ¿Te ha hablado tu hermana Sofi del gen?
    Fran (marido de Eli): He leído por internet que el índice de aprobados de chicas con minifalda es superior al de chicas en pantalón….
    JC: ¿¿¿Para qué llamas a toda tu familia???... Sí, dame el móvil y olvídate de él hasta mañana… ¿Qué opino yo? Guapa, tú pon cara de niña buena, que eso siempre te funciona… Ya sabes, cómo el día que te conocí, que parecías tan normal y equilibrada… No, si eso no es malo… Claro, imposible que me aburra… Sí, un poquito excéntrica… No, no creo que en veinte minutos el examinador se dé cuenta de que eres realmente peligrosa…
    
    Pues eso, que mañana me examino del carnet de conducir.
    Ya te contaré ;-)))

jueves, 1 de marzo de 2012

De cómo una mañana tranquila se convierte en... una mañana de las mías

   ¡Madre mía, llego tardísimo!
  No, la culpa no es mía; reniego de todo tipo de responsabilidad. La culpa es del autobusero, que ha decidido pararse delante de todos los semáforos en ámbar en vez de acelerar un poquito. Y del ascensor de mi edificio, que ha tardado en llegar a mi planta al menos veinte minutos. Y del agua de la ducha, que esta mañana no había forma de que se calentara. ¡Oh!, y de mi armario, que ha decidido escoger justo el día de hoy para poner de manifiesto una verdad universal: ¡¡¡no tengo nada que ponerme!!!
    Mmmm, visto así es casi un milagro que haya llegado, aunque sea con media hora de retraso.
    —¿Hola? —saludo con el corazón en un puño cuando abro la puerta de la agencia. Me responde el silencio.
    ¡Bien, nada de jefa! No te imaginas la cantidad de trabajo que se me ha acumulado y no puedo perder ni un segundo. Saco del bolso el Telva Especial Novias, el Vogue Novias, el Vogue normal, el Cuore, el InTouch, los catálogos de Rosa Clará, de Pronovias y de María Barragán y enciendo el ordenador.
    Vale, empecemos por lo más importante: el reportaje de los Oscar del Cuore. Así me tranquilizo un poco, que comenzar la mañana con este nivel de estrés no puede ser bueno, y menos si hay que tomar decisiones tan trascendentales como corte imperio o palabra de honor.
    ¿Qué? ¿No sabes de qué hablo? Eres un chico el que me está leyendo, está claro. Mis chicas saben perfectamente de qué va el asunto (os confiaré que tengo casi decidido el palabra de honor)  (aunque un vestido estilo sirena también me gustaría) (y para el baile, me encantaría uno en plan años veinte) (¿tres vestidos son demasiados?).
    Voy a llamar a mi hermana Eli, a ver que opina.
    ¡Eh! ¿Qué suena?
    ¡Ah, vale, el teléfono de la oficina! No, claro, si me interrumpen no avanzo.
   —Barbi y Cia Agencia de detectives dígame —saludo de tirón mientras tecleo en Google “cantidad media de vestidos de novia por novia”. Si consigo datos objetivos, seguro que JC…
    —Hola, Lili, soy Barbi, ¿qué tal va la mañana? ¿Ha llamado alguien?
    ¡Oh, es mi jefa! Cierro sin pensar Google y escondo las revistas en un cajón de mi  mesa mientras adopto una postura de lo más profesional, con el boli en la mano y mi libreta delante.
    —Hola, Barbi. Va todo bien —contesto—. Tranquilo.
    —¿Nada de llamadas? —pregunta con cierta aprensión en la voz.
    Jo… Odio dar malas noticias (salvo a Anestesia, claro).
    —No, por ahora no, pero es temprano —noto el desánimo al otro lado de la línea—. Con la primavera seguro que llegan clientes —y añado, por si no lo pilla—, con lo de que la sangre altera y eso, ya sabes…
   —Sí, eso espero —la voz tristona me encoge el corazón; ¡con lo bonita que está la oficina, es una pena que nadie la vea! Quizás si ponemos un anuncio en alguna revista guay, o si repartimos papelillos por la calle, o…— y necesito que lo tengas preparado para cuando yo llegue.
    ¡Ups! Ya me he perdido algo importante.
    —¿Preparado? —pregunto.
    —Sí, la lista de hoteles en París, de cinco estrellas como mínimo. Luego te veo. Un beso. —Y cuelga, dejándome con la incógnita del “como mínimo”. ¿Hay una nueva categoría de hoteles de seis estrellas y no me he enterado?
    No sé cómo subsistió la humanidad A.G. (Antes de Google).
                                                                             * * *
    
    Booking.com. Reservas hoteleras online.
    6 hoteles encontrados en Patones (Madrid) o alrededores.
    2 estrellas: 4 hoteles.
    3 estrellas: 2 hoteles.


    ¡No puede ser! ¿Dónde están los hoteles de cinco estrellas? ¿Y los de seis?

    Atrápalo.com.
    Hoteles de cinco estrellas en Patones (Madrid).
    Resultado de su búsqueda: 0 resultados.


    No hay que preocuparse: soy una chica de recursos.

    Ayuntamiento de Patones.
    Secretaría.
   Teléfono: 91…

   
    —Secretaría —responde una voz aburrida después cinco llamadas sin respuesta y cuando estaba a punto de darme por vencida y poner una reclamación en la Comunidad de Madrid.
    —Hola, buenos días. Quería saber las direcciones de los hoteles de cinco estrellas de Patones.
    —Tiene que llamar a la sección de turismo —y cuelga.
    ¡Eh!
    Busco en internet el teléfono de turismo y no lo encuentro.
    Ya, ya, ya… En fin, hay ocasiones en las que una chica tiene que hacer lo que tiene que hacer. Vuelvo a marcar el número de secretaría.
    —Secretaría —contesta la misma voz, más aburrida aún.
    —Hola, buenos días. Quería el teléfono de la sección de turismo, por favor —le pido con una educación exquisita, aunque el tonillo de cabreo se me nota un poco…, pero poco.
    —Sólo están los lunes y los miércoles —y me vuelve a colgar.
    ¡¡Eh!! Aprieto la tecla de rellamada con fuerza y espero.
    —Secretar…
    —¡A tomar viento la secretaría! —respondo. ¡No, no me critiques, que estoy a punto de casarme y no tengo ni vestido, y esta tipa ha decidido amargarme la vida y hacer de ella un infierno! —. ¡Necesito la lista de hoteles de cinco estrellas de ese sitio —ya no me acuerdo ni de qué pueblo hablo; el enfado masacra mi memoria—, y la necesito ya!
    —No hay —¡y cuelga otra vez!
    ¡¡¡Eh!!!
    Vuelvo a llamar y la tecla de rellamada está a punto de salir por la parte de atrás del teléfono.
    —Secre…
    —¿Cómo que no hay? ¡Mi jefa quiere un hotel de cinco estrellas, y usted me dice que no hay y se queda tan tranquila? ¡No me lo puedo creer! ¡Tendrá que darme una solución! ¡¡¡Necesito un hotel de cinco estrellas, y lo necesito ya!!!...

                                                                         * * *
    
    Una hora, dos tilas y una reclamación en la Comunidad de Madrid después llamo a Bárbara. Siento en el alma darle otro disgusto, pero las cosas están así: no hay hoteles de cinco estrellas en Patones. De seis tampoco. Ni de cuatro.
    —Hola, Bárbara… No, no he podido hacer la reserva porque no hay ni un puñetero hotel de cinco estrellas… Lo que oyes, yo tampoco me lo creía… No, ni de cuatro… Sí, increíble… ¿París? ¿Qué dices de París? Yo hablo de Patones… ¿Te vas el fin de semana a París? ¿El hotel es en París, no en Patones?... Sí, claro, en París seguro que hay hoteles de cinco estrellas… Vale… Sí, seguro que me dijiste París… —¡Venga ya! ¡Ella dijo Patones, yo escuché Patones y tú leíste Patones! ¡¡¡Nada de París!!! —. Sí, claro, hago la reserva y te la mando en un email…
    ¡Vamos hombre! ¡¡¡Dijo Patones!!!
    ¿Cómo dices?
    ¿Qué yo he escrito París al comienzo de la entrada? No puede ser, pero voy a ver…
    Mmmm…, sí, escribí París… Qué raro…
    Porque estoy segura de que ella dijo Patones…

    
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