viernes, 30 de octubre de 2015

El lado creativo de la vida se estampa contra la obstinada realidad


Viajemos al pasado.
La cosa comenzó realmente a finales del año pasado. Fue justo el 31 de diciembre cuando, con las células grises empapadas en champán y chocando unas con otras, decidí ocuparme de los propósitos de año nuevo de mis padres.
—Mañana te abro una cuenta en Twitter —le dije a mi madre, cogiendo su copa y bebiéndomela de un trago—. No, no, no, no digas que no, que te va a encantar. Está lleno de gente así como tú, con mucha vida interior y muy espiritual. Seguro que te conviertes en una especie de sacerdotisa de la red —continué—, tienes un algo como muy… de conectar con el mundo. ¡Va a ser guay!
Un brillo demente cruzó sus ojos. ¡Ay, si lo hubiera visto! Quizás habría intuido el futuro feminaz…ista que se aproximaba, que soy sorprendentemente intuitiva, pero no lo vi. Mis borrachinas células grises estaban volcadas en definir los propósitos de año nuevo de mi padre.
—¿No crees que deberías hacer algo creativo? —le pregunté—. Clases de canto, o de guitarra, o de cocina… —apuré su copa y lo vi clarísimo—: ¡Madre mía, clases de pintura! ¡Sí, que tú siempre has sido muy de pintar! —me miró por encima de las gafas, despistado—. ¡Papá, la reja del apartamento!—le recordé—. ¡Si la pintas todos los veranos y te queda preciosa! —y añadí, feliz—: Mañana te busco por internet unas clases y no se hable más.

De vuelta al presente…
—Es tan… tan… —no doy con la palabra—tan… tan… ¿especial?
Mi madre suelta un bufido.
—Y fíjate cómo le da la luz sobre el lomo—dice mi padre, que me acerca el cuadro en cuestión a la cara: un retrato de una rata gris sobre un cojín de flores—. Me ha quedado fenómeno —sentencia.
—Sí —contesto, sin atreverme a apartar los ojos de la rata, que parece esperar un despiste para abalanzarse sobre mí y devorarme a mordiscos.
—¡Es monstruoso! —clama mi madre—. ¡No puedo compartir mi espacio vital con eso! Lo siento pero no puedo, ¡es que me quita las ganas de vivir!
—¡Mamá! —la interrumpo, horrorizada—. ¡Es un cuadro precioso!
—¿Ves lo que te digo, Lili? Así no hay manera de ser creativo —mi padre mira el cuadro con ternura y se gira—. Toma, para tu salón.
Doy un respingo y retrocedo hacia la pared.
Uy, no; no me fío de la rata, que acaba de entornar los ojos y me dirige una mirada de extrema maldad. ¿Cómo me voy a llevar semejante peligro a casa? ¿¿¿Y si le da por comerse mis bolsos??? 
No, no me digas que sólo es un cuadro, que tú no lo estás viendo. Esa rata está viva…
—¡Saca ese perro de aquí, Lilipordios! —chilla mi madre—. ¡¡¡Llévatelo!!!
¿Perro? Mmmmm… Con precaución me acerco al cuadro que sostiene mi padre y lo examino, entornando los ojos para difuminar la imagen. Sí, bueno… Podría ser…
—¿Un perro? —pregunto a mi padre, señalando al bicho.
—Claro, ¿qué iba a ser?
* * *
Aquí estamos, el perro-que-casi-es-una-rata y yo subiendo al autobús. Es tarea compleja porque el cuadro mide al menos unos veinte metros de ancho por unos cincuenta de alto, pero soy extraordinariamente fuerte, ya sabes, y consigo sujetarlo con un brazo mientras busco el metrobús en el bolso.
—¡Mami, mira! —grita una desagradable vocecilla infantil—. ¡¡¡Mamááááááááááá!!!
Encuentro los pañuelos de papel, el móvil, cinco bolis, tres botes de Carmex,  unas tijeras, un rulo de pelo y un ovillo de lana (¿¿¿???) en este bolso gigante que llevo, pero justo el metrobús no aparece.
—¡¡¡Mamá, una rata!!! —chilla el niño—.¡¡¡ Una rata, mamiiiiiiii!!! ¡¡¡Quiero bajarme!!!
¿Una rata? ¿Dónde? Saco la cabeza del bolso y miro alrededor. Un niño pecoso y regordete ahogándose en un mar de lágrimas y mocos me señala mientras una cierta intranquilidad comienza a extenderse por el autobús.
—¿Ratas? —pregunta un chico joven, apartando la vista del móvil.
—¡Ratas! —confirma un señor calvo, moviendo la cabeza con desdén.
—¡¡¡Raaataaaas!!! —grita una señora de unos ochocientos años—. ¡Ay, Señor, llévame pronto!
—¡¡¡Ehhhhh!!! —exclamo, indignada—. ¡¡¡No es una rata!!!—qué bajito nivel artístico-cultural tenemos, pero qué bajito…—. ¡¡¡Es un perro!!!
Nadie me oye. Varias chicas se han puesto de pie en los asientos y chillan histéricas y una señora se desmaya en medio de un grupo de colegiales, que aporrean la puerta trasera del autobús.
—¡Señores, por favor, bajen del autobús, que tenemos una plaga de ratas! —dice a voz en grito el conductor, frenando en seco y abriendo las puertas.

* * *
EL PAIS @el_pais . 29 oct
¡Vuelve el terror! Miles de ratas toman al asalto autobuses de la EMT. El pánico se desata entre los ciudadanos.

EL MUNDO @elmundoes . 29 act
Ratas entre los viajeros en los autobuses de Madrid. ¡La peste amenaza con asolar la capital!

Esperanza Aguirre @EsperanAguirre . 29 oct
Ratas en el gobierno de Manuela Carmena. Esto conmigo nunca habría pasado. #rememberesperanzaeslamejor



lunes, 26 de octubre de 2015

Perdices que van y vienen.

Siempre he pensado que mi vida acabaría con millones de perdices que JC y yo comeríamos tan contentos, y que por muchos obstáculos que nos encontrásemos, los saltaríamos con la grácil desenvoltura de una pareja de felices saltamontes.
Ahora, sin embargo, hay un par de obstáculos que me hacen pensar que de perdices nada de nada…

Primer obstáculo.-
—¡¡¡Madre de dios, qué es eso??? —exclamé hace unos días al llegar a casa, golpeada por el impacto visual más atroz que recuerdo. Créeme si te digo que sentí cómo mis neuronas, que tienen una gran sensibilidad estética, se llevaban las manos a los ojos, presas del pánico.
—¿Te lo puedes creer? —dijo JC—. Me los ha traído mi madre. ¡Tienen más de veinte años y aún me valen! —y me lanzó una mirada cargada de orgullo.
Me aferré a la pared que me mantenía erguida e intenté desviar la vista, pero era imposible. ¡Qué visión tan terrorífica! ¡Iba a necesitar meses de terapia para poder vivir con ella!
—Son… —inspiré profundamente—: ¡son la cosa más abominable, horrible, hortera, repulsiva, monstruosa y... y feísima que he visto en mi vida!
JC dio un respingo y se metió las manos en los bolsillos de… ese algo atroz que casi me mata de la impresión: un pantalón de pana, de pata ancha y (siéntate, querido lector, porque igual te da un soponcio) ¡¡¡NARANJA!!!
Madre mía…
Desde entonces una oscura bruma se interpone entre sobre nosotros. JC insiste en ponerse esa cosa naranja y yo insisto en no poder soportarlo. Y mentalmente juro y perjuro en hebreo contra mi suegra, que debe padecer un caso extraordinariamente grave de síndrome de diógenes para haber guardado semejante basura durante 20 años.

Segundo obstáculo.-
—… y me ha pedido que vaya a una de esas reuniones para que puedan ver y analizar mis microgestos de machismo para nosequé artículo de nosequé revista, y le he dicho que yo no tengo de eso, y se ha reído y me ha dicho que soy un microgesto machista andante —JC hizo una pausa, evidentemente ofendido—. Y eso sí que no, Lili, que es tu madre y todo lo que tú quieras, pero hay límites.
Conseguí apartar la vista de los pantalones naranjas (¡¡¡naranjas!!!), que también llevaba ese día, y asentí en un gesto de comprensión.
—Así que voy el miércoles a la reunión a que…
—¿Le has dicho que sí? —lo interrumpí, sobresaltada.
¡Madre mía, se lo iban a comer vivo!
Con suerte también se comerían el pantalón, pero no sé yo si el precio sería quizás un poco excesivo…

Miércoles, 07:30 de la mañana. Quedan 12 horas para el aquelarre.
—¡Lilidemivida, que es tu madre! —exclama JC—. ¡Invéntate algo y habla con ella!
Doy un mordisco a la galleta y niego con la cabeza, tristona.
—Es que no puedo pensar en otra cosa que no sea en eso —señalo los pantalones naranjas que lleva puestos—. No puedo, de verdad que no. Es como si absorbieran mi creatividad.
—¡Esto es increíble! —sale de la cocina, dejando una estela naranja que trato de borrar de mi retina a base de parpadeos histéricos. Vuelve a los dos segundos con unos vaqueros y me da los pantalones naranjas hechos un gurruño—. ¡Aquí tienes!
Vaya… Vistos así de cerca, son aun peor… Conteniendo el aliento y con los ojos entornados para no desmayarme los meto en una bolsa que dejo al lado de la puerta y miro a JC, con la esperanza de nuevo asomando tímidamente a los ojos. Igual, después de todo, sí que tenemos perdices…
—Móvil —pido con la resolución de un cirujano y extiendo la mano. JC me pasa el teléfono. Me recojo el pelo en una coleta, me remango el jersey y marco el número de cierta madre-que-era-medio-normal-pero-que-ha-perdido-la-chaveta, con la creatividad empapando de nuevo mis células grises.
—Mamá, ¿cómo se te ocurre pedirle a JC que vaya a…..… No, si él está encantado…………. Me parece malísimo para vuestro movimiento feminaz…ista, pero malísimo malísimo……….. Sí, malísimo, eso……… Él dice que ya imaginaba que al final recurriríais a un hombre……¿Micro gestos?...... Oh, vaya, creo que no lo ha entendido bien..…… Algo de una conferencia sobre el papel fundamental del hombre en las organizaciones feministas…..… Sí, se lo está contando a todo el mundo……….. ¡Mamá, no lo insultes!............ ¡¡¡Mamá!!!

Dos semanas después.
JC acaba de salir del trabajo y camina rápido: ha recibido una convocatoria para un asunto importantísimo, de vida o muerte, y no quiere llegar tarde. Mentalmente va haciendo una lista de lo que necesitará: cerveza y… cerveza. De pronto un destello naranja entra en su campo visual y frena en seco. Gira la cabeza y ahí están, en el escaparate de Humana: ¡¡¡sus pantalones naranjas!!!
Se queda sin aliento y trata de recordar qué sucedió y porqué no están en su armario: algo de su suegra y Lili… Se indigna: seguro que ha sido su mujer quien los ha llevado a la tienda. ¡Sus pantalones!
Mira la hora en el móvil: aún quedan quince minutos para que comience la partida online del Battlefield. No quiere arriesgarse a llegar tarde, es extremadamente formal en sus batallas virtuales… Hace un rápido cálculo mental (cinco minutos para llegar a casa, 10 segundos para sacar la cerveza de la nevera y coger el abridor, 2 segundos para sentarse en el sofá) y decide que hay tiempo.
Con paso firme, entra en Humana, dispuesto a recuperar sus pantalones naranjas.

A su espalda, un par de perdices comienzan a agitar las alas. Pero… no, no salen volando.
Vaya…
Parece que una chica previsora las ha pegado al suelo para que no se escapen.

(*) Humana es una tienda que recoge ropa usada y la vende muy baratilla, y lo que saca lo destina a proyectos humanitarios (las malas lenguas dicen que también financia una secta nórdica…)

  

lunes, 19 de octubre de 2015

No sé yo si eso es feminismo o una pecular alteración de la percepción de la realidad

—¡Y tenemos que decir “hasta aquí”!—afirma mi madre con rotundidad—. De hecho, nuestras madres tenían que haber dicho “hasta aquí” hace años. ¡O nuestras abuelas, que si ellas hubieran dicho “hasta aquí” no estaríamos como estamos! ¡¡O nuestras bisabuelas, que ya te digo yo que…!!
—Sí, ya—contesto, conciliadora.
—Siempre lo repetimos en nuestras reuniones, que esto es un patriarcado que nos asfixia, Lili, nos va quitando el aire a lo tonto y…
—Sí, sí, sí.
—Porque el machismo nos invade y tenemos la responsabilidad de rebelarnos, no…

Voy a desconectar un ratito, que aguantar a mi madre desde que ha descubierto que el feminismo extremo es lo que da sentido a su vida, es prácticamente imposible.
 No es que yo tenga nada en contra del feminismo, más bien al contrario, siempre pensé que era una chica tirando a feminista, pero no hay ideal, dogma, credo, fe o lo que sea que justifique que una madre someta a su hija a semejante calvario.
—… y tú también tendrías que venir, porque te noto muy perdida, Lili, y ya no eres tan joven y cuando…

Vale, vuelvo a desconectar.

Mmmmm… Qué sospechoso… Estamos haciendo la compra en el supermercado y fíjate… Las Coca-Colas en el estante de arriba y las Pepsis al alcance de la mano… ¡Las represalias por un ERE son imprevisibles!
Me estiro para coger un paquete de Coca-Cola y no hay forma, no sólo están en la parte superior de la estantería, sino también pegadas al fondo (maquiavélico, lo sé).
—¿Se las alcanzo?
Doy un respingo y me giro para encontrarme con un tipo de al menos cinco metros de altura. Sin exagerar.
—¡No, gracias! —responde mi madre—. ¿Ves a lo que me refiero, hija? ¡Machismo, machismo por todas partes! ¿Por ser una mujer no puede coger su propia bebida?
—No, señora, si es que no llega —dice el chico, con la sorpresa pintada en la cara.
—¿Cómo que no llega? ¿Estás tratando de inducirle a mi hija un complejo para someterla? —pregunta, un pelín desquiciada, mi feminista progenitora—. ¿Es así como pretendes dominar a una mujer?
—Que no, señora, yo sólo quería…
—¡Por ser una mujer no puede coger unas latas de Coca-Cola! —mi madre me mira—.¡Lili, coge las latas! Habrase visto semejante machismo…


Diez minutos después salimos del supermercado cargadas de galletas,  botes de Cristasol y latas de Pepsi. Y con una notable carencia de latas de Coca-Cola.
—¡No se puede permitir, Lili! —dice mi madre— ¡Esa actitud es la que nos ha puesto en esta situación de absoluta dominación patriarcal, pero he decidido decir “hasta aquí”, y “hasta aquí” es “hasta aquí”, que si mi madre hubiese dicho un “hasta aquí” a tiempo, las cosas serían muy…!

Desconecto de nuevo porque estoy a punto de soltarle un taco, y a una madre eso está muy feo. Aunque esté perdiendo el norte. Recuerdo casi con nostalgia aquellos tiempos en los que se enganchó al incienso y al yoga.

—¿Me permite?
Levanto la vista.
—¿Cómo dice? —mi madre se dirige a un señor que está sosteniéndole amablemente la puerta del supermercado para que salga.
—Que le sujeto la puerta —contesta el hombre, sonriendo el pobre sin saber lo que se le viene encima. Cuanta felicidad hay en la ignorancia…
—¿Cree que no puedo abrirla yo sola? —oh, oh—. ¡Porque igual piensa que como soy una mujer, no estoy capacitada para abrir una puerta! ¿Ves, Lili? ¡Es intolerable! ¡¡Absolutamente intolerable!!
—No, señora, pero como va tan cargada…
—¿Y cree que no puedo hacer dos cosas a la vez? ¿Cree que no puedo llevar bolsas y abrir puertas al mismo tiempo porque soy una mujer? ¿¿¿Y usted, cómo es un hombre, sí puede???
—Bueno, yo no llevo bolsas —se defiende el hombre, echando un paso atrás y buscando una escapatoria.
—¡¡¡Claro que puedo!!! —chilla, completamente poseída por el espíritu de Simone de Beauvoir —¡¡¡Lili, ábreme la puerta!!! — ­­porque, obviamente, con dos bolsas en cada mano, no puede—. ¡¡Y que sepa usted que tengo twitter!!¡¡¡Soy Nancypeligrosa y tengo 67 seguidores!!!

Ahí deja eso. Y el que no se asuste...



                       Nancy is the danger @nancypeligrosa . 15 oct

                      ¡Aléjate hombre que pretendes llegar más alto 
                       por ser hombre y abrirme puertas para que yo, 
                       mujer, salga! ¡A-LE-JA-TE!  


                     Extracto del Twitter de mi madre.
                     Del real.
                     Del real de la realidad paralela de blogger, claro... 





miércoles, 14 de octubre de 2015

De cómo una madre y una hermana acaban con los legendarios nervios de acero de una chica pacífica.

Hace un año y medio.

Situación laboral: cinco meses y cuatro días en paro.
Estado mental: oscilante entre el enojo y la (aún) mediana desesperación.

¡Hoy tengo una entrevista de trabajo! ¡Al fin!
¿Cómo dices?
Nooooo, qué voy a estar nerviosa;  soy un témpano de hielo dotado de nervios de acero.

—Tú, sobre todo, no te pongas nerviosa—me dice mi madre por teléfono.
—Aha —contesto. He salido demasiado pronto de casa y estoy echando un vistazo en una papelería cerca del lugar de la cita.
—Es lo más importante, nervios fuera.
­—Ya, no estoy nerviosa—. ¡Ohhh, mira que agendas de piel tan bonitas! Mmm…, es probable que si empiezo a trabajar necesite una…
—Que los nervios no te hacen bien, Lili. Lo comentamos ayer en el grupo de meditación.
­—¡Mamá! —exclamo, disgustada—. ¡No cuentes mis cosas a la gente!
—Mi Lili es muy buena, dije, pero cuando le dan los nervios le sale el carácter de su padre y…
—¡Mamá!
­—Y Flordelís dijo que eso es porque tienes el aura alterada y que lo mejor es que no te pongas nerviosa. Y todos estamos de acuerdo en que esa es la clave, que no estés nerviosa, porque hija, tú vales mucho, pero cuando te da el nervio malo que tienes, ahí te pierdes…
¡Ea, ya estoy nerviosa! Mejor cuelgo el teléfono, que empiezo a sentir palpitaciones sospechosas. ¡Y fíjate en mi mano, hasta me tiembla!
Voy a salir a la calle a que me dé el aire…
¡Ehhhhhhhh, qué suena?
Vale, la alarma de la tienda.
Uffffff.
—Señora, por favor, ¿me enseña su bolso? —un vigilante de seguridad se me acerca.
—¿Pero qué se cree, que me voy a llevar un boli? —contesto, ofendidísima—. ¿Y usted qué mira? —increpo a un tipo con cara de lelo que se me queda mirando.
—¿Ha pagado eso? —me pregunta el vigilante.
—¿El qué? —Y me abanico, que me está dando un sofoco tremendo. Con la agenda de piel. Que creo que no…, igual no la he pagado…

La culpa es de mi madre. Te aseguro que no soy yo de repartir culpas cual ventilador, pero en este caso es obvio. Y así se lo he dicho al vigilante:
—Si tuviera usted una madre como la mía sería más benevolente con los despistes ajenos.
Ahora estoy intentando recuperar mis legendarios nervios de acero mientras doy una vuelta por un Salvador Bachiller que hay justo al lado de la oficina. Llámame supersticiosa, pero me parece una señal (del dios de las compras, en el que tengo una fe ciega) que vuelva a ver agendas de piel taaaaaaaan bonitas hoy por segunda vez.
—¡Lili, dice mamá que estás nerviosísima! —es la voz de mi hermana Sofi. Desconcertada, miro alrededor, pero no la localizo—. Tranquilízate, que nerviosa no riges bien.
¿Dónde está?
­—Nervios fuera, ¿está claro? Nervios fuera —y exclama casi a gritos—: ¡NER-VI-OS-FU-E-RA!
Ya, ya… Pero es que esto de que me hable un espíritu no me tranquiliza en exceso, aunque me chille.
—¡Y llama a mamá, que se ha quedado preocupadísima la pobre!
Doy un respingo al localizar el origen de la voz: mi teléfono móvil, que he descolgado y sostengo pegado a la oreja. Cómo ha pasado, es un misterio.
­—¡Y a Flordelís, que le ha dicho mamá que estás con los nervios de punta y dice que la llames, que intentará hacer algo con tu aura! Y nervios fuera, Lili, ¡¡¡NER-VI-OS-FU-E-RA!!!
¡Madre mía, que manera tan atroz de ponerme taquicárdica!
¡Hombre! ¡Ya está bien!
Contemplo el teléfono con resentimiento, lo apago (que poquito me gustan los móviles, es que ni colgarse dando un porrazo se puede) y me lanzo a la calle envuelta en un  manto de humor sombrío.
 ¡Por-amor-de-dios, qué suena ahora?
¡La alarma de la tienda! ¿En serio?
—¡No tenía a Salvador Bachiller en tan bajo concepto! —recrimino al vigilante, que se aproxima con andares de mala persona.
¡Ohhhh! ¿Creerás que de nuevo está el mismo tipo de la otra tienda mirándome, con la misma cara de pánfilo?
—¿Y usted qué quiere, eh? ¡Venga a mirarme, venga a mirarme! ¿Me está siguiendo, tío raro? ¡Qué no llevo nada! —y levanto las manos, una con más dificultad que la otra. La izquierda, en concreto. Será porque sostiene una agenda de piel…


Que no me reconozca…, que no me reconozca…
Me dan ganas de echar un par de rezos, pero es posible que cierto Dios (no el de las compras, a ése le soy fiel; el otro, en el que sólo creo cuando estoy completamente desesperada) me conteste que soy una atea desvergonzada.
Ay, que no me reconozca…
¿Cómo dices?
¡Oh, claro que te lo explico! ¿Ves a ese señor que está sentado justo delante de mí? ¿El que me está haciendo la entrevista? ¿El que sería mi futuro jefe? Fíjate bien, ¿no te suena?
¡Síiiii, justo! ¡Es él! El señor que se me quedó mirando al saltar la alarma en las dos tiendas y al que amablemente le pregunté qué miraba… Ya, sé lo que estás pensando, igual no fui tan amable...
¡Pero es posible que no me reconozca! No dejo de sonreír con cara de bondad extrema y por ahora no veo señales de que…
Oh…
Igual sí me ha reconocido…
Está cogiendo su agenda sin apartar la vista de mí y la aprieta contra su pecho. Y también está acercando el bote de los bolis. Y la grapadora. Y los clips…
Vaya...
¿Podrías echar tú ese par de rezos por mí?

­


jueves, 8 de octubre de 2015

Lili frente al Mal

Lili vs Sr. conductor de autobús aparentemente inofensivo.
Voy para el trabajo, si me acompañas te cuento alguna cosilla de estos dos últimos años. Nada en plan “he estado escribiendo para Vogue” o “tengo cinco churumbeles y un perro”, pero aún así…
¡Oh, viene el autobús! Creo que lo pillo, si acelero un poco…
Igual si acelero un poco más…
¡Vale, voy a tener que correr en serio!
¡¡Por Dios, que alguien pare ese autobús!!
Ea, lo he perdido. ¡Será posible! Llámame suspicaz, pero ese autobús iba por lo menos a 200 km por hora.

Lili vs conductor de autobús ... ¿despistado?
Ayer al final no te conté nada, pero los quinientos metros en tres segundos que me marqué me dejaron exhausta.
¡Ohhhhh, el autobús! Espera, que me subo y seguimos charlando.
¡Ehhhhhhhh, dónde va?
¡No me lo creo, he llegado a la parada y justo-justico ha arrancado el tío! ¿No me ha visto o qué?
¡Pues que sepa que yo me he quedado con su cara!

Lili vs conductor de autobús definitivamente puñetero.
Hoy no se me escapa. He salido de casa quince minutos antes y aquí estoy, esperando al conductor puñetero (he dejado pasar dos autobuses) y repasando el discurso que le voy a soltar: que se prepare.
¡Ja, ahí llega!
Con el corazón acelerado, subo al bus y miro al conductor puñetero con severidad.
—Las cosas no son así, caballero —le digo, con un autocontrol que roza la categoría de superpoder—. Es un gesto de mala fe acelerar de esa forma tan atroz cuando ve que...
—El billete —contesta, indiferente.
­—… que alguien se acerca —continúo, imperturbable—. Es deontología básica del conductor, diría yo. Y de hecho, ya estaba en la parada cuando…
—El billete —insiste.
—… usted decidió acelerar —prosigo con voz firme y austera, mientras echo mano al bolso para coger…
¿¿¿Y mi bolso???
­Diez minutos más tarde estoy en la cocina de mi casa contemplando el bolso, que descansa impasible en la mesa, entre el café y el esquema que me he hecho con las líneas básicas de mi discurso.
En este punto suelto un taco de los gordos. Y otro. Y luego una ristra de ellos, hasta que me quedo sin aliento y siento que la mala uva ha empezado a disminuir y ya no corro peligro de que me dé un infarto.
¡¡¡No es posible!!!

Lili vs autobusero cruel.
Camino rápido hacia la parada, con el mismo ánimo que los Tercios de Flandes al aproximarse a Gembloux; o le suelto al autobusero cruel lo bicho que es o no volveré a dormir tranquila jamás.
Estoy a punto de cruzar la calle cuando oigo aproximarse un autobús; giro la cabeza y veo bandadas de cientos de miles de cuervos negrísimos que siguen al vehículo en una procesión siniestra. El Mal se acerca.
A pesar de lo terrorífico de la imagen, soy una chica valiente y, más aún, soy una chica con un cabreo de los tremendos, de modo que echo a correr, fijando la vista en el autobusero cruel, que me ve y tuerce el gesto en una mueca horrible.
¡Y acelera!
¡¡Y me vuelve a dejar tirada!!
¡¡¡Otra vez!!!
¡¡¡Taaaaaaxiiiiiiii!!! —grito, fuera de mí ante tanta mala idea. Un taxista frena en seco y me cuelo de un salto en el coche, con la sangre en ebullición por la ira.—¡Siga a ese autobús!—exclamo, al borde del colapso. El taxista, hombre práctico y probablemente aficionado al cine de acción, arranca sin dudar.

* * * 

Instructor: 105387           Atestado nº: 8759
Secretario: 1                    Dependencia: Comisaría de Policía Distrito de  xxxxxxx

—En Madrid, siendo las 9 horas 17 minutos del día 7 de octubre de 2015, ante el Instructor y Secretario arriba mencionados.
—COMPARECEN:
—Los funcionarios del Cuerpo de Policía Municipal, con carnets profesionales números: 7298, 0125 y 5647, destinado en Seguridad Ciudadana.
—MANIFIESTAN: Que comparecen para dar cuenta de los hechos ocurridos a las 8 horas 40 minutos, del día 07/10/15, en la calle xxxxxxxxxxxxx, de Madrid, y que se detallan a continuación.
—Que mientras realizaban labores de patrulla por la zona anteriormente indicada para la prevención de la delincuencia, observan que hay una aglomeración de personas en la parada de autobús nº xxxxx de la línea xxx.
—Que se acercan para comprobar lo que sucede y que ven como una mujer está siendo sujetada por un taxista, mientras un hombre, al que identifican como un conductor de autobús por vestir el uniforme correspondiente, es rodeado por varias señoras
—Que la mujer, que posteriormente fue identificada como Lili xxxxx xxxxx,  profería los siguientes insultos y amenazas: “Soltadme, que se va a enterar ese mal bicho, que no se puede ir haciendo el mal y creando traumas y que no le pase nada. Soltadme, que me soltéis de una vez”, todo ello en un tono de voz ciertamente elevado y con claros síntomas de estar fuera de sí.
—Que el conductor de autobús, visiblemente alterado, declaraba: “Está loca, pero loca, loca, loca. Si ni siquiera la conozco”, en clara alusión a la tal Lili.
—Que la mujer, ante tales palabras, afirmó: “¿Qué no me conoce? ¿Cómo puede decir que no me conoce? Pedazo de mentiroso, que me estás haciendo la vida imposible y me estás quitando las ganas de vivir”.
—Que los agentes decidieron en ese punto hacer la prueba de alcoholemia a la mujer, ante el estado de absoluta enajenación en que se hallaba.
—Que la prueba de alcoholemia dio negativo.
—Que los agentes se retiraron del lugar, trasladando a la mujer a las dependencias de esta Comisaria.
—Que el conductor de autobús informó que quería denunciarla por los improperios vertidos contra él.
—Que la mujer afirmó que la que iba a denunciar era ella, porque “ese hombre es un bicho malo de los gordos y un peligro para la humanidad”.

Que no tienen más que decir, firmando su declaración en prueba de conformidad, en unión del Instructor. CONSTE Y CERTIFICO.


  

lunes, 5 de octubre de 2015

Salvo que sea un hombre

Existen únicamente dos razones por las que una mujer puede no estar a dieta:
La primera y más obvia es que esa mujer sea un hombre. Lógico.
La segunda es…
Espera, que se me ha ido…
¡Oh, sí claro!
La segunda es que esa mujer sea un hombre. Igualmente lógico.
En estos dos supuestos la mujer puede estar gorda, flaca o todo lo contrario y el mundo seguirá su feliz devenir sin darle mayor importancia.
Fuera ya de estos dos motivos estrictamente tasados no hay nada, pero nada, nada, nada en absoluto que justifique que una mujer no esté a dieta, contando calorías y pensando en cómo encajar una hora de ejercicio en su día a día. Nada.
—Es una conspiración —le digo a JC, que me mira de refilón y enarca una ceja.
—¿Sí?
—En todos los anuncios de comida-que-no-engorda-porque-no-es-comida sólo salen chicas.
—Ya.
—Y en los de cremas reductoras lo mismo: ni un chico.
—Ajá.
—¡Y en los de las pastillas que se tragan la grasa también! —cierro las páginas de El País, El Mundo, El Confidencial y Vogue que tengo abiertas en el ordenador con el corazón acelerado de justa indignación—. ¡Es una vergüenza!
—Pues no las compres, Lili.
¡Ea, se habrá hecho un esguince cerebral por pensar!
­—¡Eso es imposible! ¡Si nos acosan con artículos chorras como “El método superdefinitivo para perder cinco tallas en media hora” o “Adelgazar respirando”! —exclamo, entregada por completo a la causa—. ¡Si es que desde pequeñas nos tienen achicharradas con las mini cinturas de las princesas Disney! ¡Y mira que yo tengo una personalidad férrea —JC carraspea—, pero tendría que estar sorda y ciega y no leer braille para que no me afectase!
—Ya, claro —contesta, comprensivo—. Pues cómpralas.
Lo observo y valoro la opción de estrangularlo con el cable de la consola.
—¿Y qué tiene de malo la celulitis?
—¿Todo? —responde, cauteloso. Lo miro con ira contenida.
Este chico está muy perdido… 
 —¡Nada! —exclamo—. ¡Pero parece el archienemigo de todas las farmacéuticas! ¡Que nos dejen tranquilas con nuestra celulitis! ­—grito— ¡¡¡Celulitis is the new black!!!


Dos copas de vino (tinto, he dejado el chardonnay una temporadilla) después estoy más calmada. Pero no olvido.
Puñetera conspiración
Y mientras pienso en cómo plantear una de esas consultas en Change.org que movilice las redes sociales y haga tambalear los cimientos de la publicidad y los reportajes,  desde aquí clamo al cielo que estoy muy harta del bombardeo incesante al que estamos sometidas las mujeres, que encadenamos la  “operación bikini” con “recupera la figura después de los excesos del verano” con “preparemos el cuerpo para la navidad” con “desintoxica el cuerpo después de la navidad” con “pierde ese par de kilos que ya-te-digo-yo que-te-sobran esta primavera” con, de nuevo, la gran estrella, la “operación bikini”.

Pd.- ¿Cómo dices? ¿Qué si una mujer está en su peso no tiene que contar calorías y esas cosas?
¡Jajajaja, qué cosas tienes!
¿Esa mujer que está en su peso es una mujer? ¿Sí? Pues en ese caso el pequeño detalle que señalas no justifica en absoluto que no esté a dieta, contando calorías, y pensando en cómo encajar la puñetera hora de ejercicio en su día a día.
Salvo… claro… que esa mujer de la que me hablas sea un hombre.


Que ese chico del centro no te despiste. No es que él se vaya a comer las tortitas de maíz (¿es que acaso es una mujer?). Esas tortitas son sólo "para mujeres de mucho cuidado". Uffff...



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